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Acabados los fastos
nupciales, marchitas las flores,
ajadas las banderolas de la no muy
afortunada decoración callejera,
el alivio se adueña del alma del
ciudadano. Este gran publirreportaje,
reiterativo, monocorde, palaciego
y cortesano de los de cerviz servilmente
abatida, ha finalizado. ¿Sale con
ello la Monarquía fortalecida? El
tiempo lo dirá. La vigilia del enlace,
el Gobierno decidió mojarse y calificó
el enlace matrimonial del heredero
de la Corona de boda de Estado.
Ya era hora. La duda se despeja:
si es una boda de Estado, hasta
la última croqueta y el último chupito
de orujo que consuman los invitados
va a cargo del contribuyente. Quizá
ahora consigamos poner en claro,
negro sobre blanco, las cuentas
del enlace.
José Luis Rodríguez Zapatero
llegó a La Moncloa prometiendo,
entre otras cosas, transparencia.
Durante los últimos siete días,
con todos los preparativos del enlace
en marcha y la sociedad española
letiziada hasta la saciedad, el
Ejecutivo se ha mostrado remiso
a dar la cifra real del coste del
festejo. Hombre, si empezamos a
fallar por ahí... El evasivo argumento
de la vicepresidenta Fernández
de la Vega de que, en todo caso,
la boda resulta rentable para España,
no es precisamente lo que pensábamos
escuchar. Quizá esta reserva gubernamental
vaya al hilo de la percepción de
derroche que la boda del Príncipe
de Asturias con Letizia Ortiz
Rocasolano ha dejado en los
ciudadanos.
Los españoles empezamos a despertar
del sueño nupcial. Cierto que la
pareja de esposos despierta simpatía:
son jóvenes, guapos y se quieren,
pero... Ese pero es el de una ciudadanía
adulta, ¿realmente hacía falta todo
este despliegue? ¿Las cosas debían
desarrollarse precisamente así,
como se hicieron? Algo más de austeridad
en las formas. Algo más de sentido
común al establecer las medidas
de seguridad. Algo más de contención
en los ditirambos que todos los
medios y los profesionales que los
hacemos dirigimos a los contrayentes
y sus respectivas familias y quizá
el bocado hubiese resultado más
digerible.
Letizia Ortiz Rocasolano, la periodista
de clase media-media, es desde hoy
y por matrimonio, S.A.R. la Princesa
de Asturias. No deja de ser un título
protocolario, ya que la única función
del heredero de don Juan Carlos
I, la que justifica su razón
de ser, es la de procrear y estar
en la reserva para acceder un día
al trono. Que las normas de protocolo
no pasen nunca por encima de la
Constitución, porque mucho me temo
que la tendencia puede ser ésta.
Y, este, con o sin Monarquía, es
un país de ciudadanos, que no de
súbditos. De momento -y a ver, quéremedio,
habrá que decir eso de bodón y cuenta
nueva.
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