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¿Quién ha sido
el genio que planificó este inicio
de viaje de luna de miel para Don
Felipe y Doña Letizia?
Eso es, más o menos, lo que se pregunta
mucha gente estos días, cuando ve
la simpatía con la que diversas
localidades españolas acogen a los
Príncipes, tras una boda deslucida
por el agua, por la frialdad de
la realización televisiva y por
la propia falta de calor puesta
en la ceremonia por los contrayentes.
Felipe de Borbón, quien suscribe
lo ha repetido en múltiples ocasiones,
era un gran desconocido para los
españoles: está lleno de valores.
La boda ha sido una baza enorme
para acercar al heredero de la Corona
a su pueblo: la novia no podía estar
mejor elegida para propiciar esa
aproximación. Ahora queda todo lo
demás.
Ya se ha dicho muchas veces que
la Corona hay que ganársela, en
esta sociedad moderna, cada día.
Los españoles, dicen que dicen algunas
encuestas nunca hechas públicas,
son mayoritariamente juancarlistas;
no monárquicos. Ni republicanos.
Incluso muchos de quienes se proclaman
republicanos, como el propio PSOE
gobernante, quieren asentar el sistema
actual para el futuro. Don Felipe
y doña Letizia han avanzado muchas
leguas en los últimos días en el
aprecio popular; eso se nota, aunque
no haya aún sondeos que lo avalen.
Se están dando un baño de masas
por el interior de España, y hay
que comprender que no es fácil muchas
veces enfrentarse a las multitudes,
que a veces pueden resultar hostiles,
o incómodas para una pareja de recién
casados. Pero es evidente que el
primer sacrificio que ha de hacer
quien aspire a reinar en un país
es el de la intimidad: en este sentido,
parece que se están corrigiendo
algunos errores, como el de las
vacaciones de la pasada Semana Santa.
Incluso será positivo que, en una
segunda etapa de lo que parece que
será un largo viaje de novios, la
pareja principesca recorra algunos
países de especial interés para
España, para que ciertos dirigentes
políticos del mundo conozcan a quienes
serán reyes de España, una potencia
que cuenta lo suyo en el tablero
internacional. Y también se ha repetido
muchas veces que el papel primordial
de un Rey (y de un futuro Rey) es
vender imagen de su país.
Ojalá así lo comprendan todos. Porque
no bastará con el esfuerzo de los
dos jóvenes que contrajeron matrimonio,
arropado por multitudes televisivas,
el pasado sábado. Resulta urgente
hacer una Casa del Príncipe, tarea
hasta ahora incomprensiblemente
postergada. Don Felipe debe tener
unas actividades nuevas, más responsabilidades,
visitar otros ambientes, contar
con sus propios asesores, preparándose
para ejercer las que serán sus futuras
tareas. No podrá reinar como lo
ha hecho, y lo está haciendo, Don
Juan Carlos, porque encuentra
una España nueva, que nada tiene
que ver con la que inició la primera
transición -algunas personas dicen
que estamos al borde de comenzar
la segunda- en 1976. Lo mismo sea
dicho en el caso de doña Letizia.
Es la hora, quizá ya estamos retrasándonos,
de fortalecer la figura del Príncipe
y de su familia. No puede ser que
el heredero de la Corona de España
apenas cuente con un fiel asistente,
el muy válido Jaime Alfonsín,
que ha de atender a casi todo y
a casi todos. Entramos en una nueva
era, dice todo el mundo. La era
del Príncipe, a punto de convertirse
en una figura casi mítica -y no
exagero- tras una boda discutida:
puede que todas esas buenas gentes
que se abalanzan a dar la mano a
la pareja quieran convertirla en
un símbolo de ese tiempo inédito
que nos está llegando. Ahora, ya
digo, falta canalizar todo eso con
inteligencia, imaginación y una
dosis de valor.
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