Fernando Jáuregui
Una gran operación de imagen
25/05/2004

¿Quién ha sido el genio que planificó este inicio de viaje de luna de miel para Don Felipe y Doña Letizia? Eso es, más o menos, lo que se pregunta mucha gente estos días, cuando ve la simpatía con la que diversas localidades españolas acogen a los Príncipes, tras una boda deslucida por el agua, por la frialdad de la realización televisiva y por la propia falta de calor puesta en la ceremonia por los contrayentes. Felipe de Borbón, quien suscribe lo ha repetido en múltiples ocasiones, era un gran desconocido para los españoles: está lleno de valores. La boda ha sido una baza enorme para acercar al heredero de la Corona a su pueblo: la novia no podía estar mejor elegida para propiciar esa aproximación. Ahora queda todo lo demás.

Ya se ha dicho muchas veces que la Corona hay que ganársela, en esta sociedad moderna, cada día. Los españoles, dicen que dicen algunas encuestas nunca hechas públicas, son mayoritariamente juancarlistas; no monárquicos. Ni republicanos. Incluso muchos de quienes se proclaman republicanos, como el propio PSOE gobernante, quieren asentar el sistema actual para el futuro. Don Felipe y doña Letizia han avanzado muchas leguas en los últimos días en el aprecio popular; eso se nota, aunque no haya aún sondeos que lo avalen. Se están dando un baño de masas por el interior de España, y hay que comprender que no es fácil muchas veces enfrentarse a las multitudes, que a veces pueden resultar hostiles, o incómodas para una pareja de recién casados. Pero es evidente que el primer sacrificio que ha de hacer quien aspire a reinar en un país es el de la intimidad: en este sentido, parece que se están corrigiendo algunos errores, como el de las vacaciones de la pasada Semana Santa.

Incluso será positivo que, en una segunda etapa de lo que parece que será un largo viaje de novios, la pareja principesca recorra algunos países de especial interés para España, para que ciertos dirigentes políticos del mundo conozcan a quienes serán reyes de España, una potencia que cuenta lo suyo en el tablero internacional. Y también se ha repetido muchas veces que el papel primordial de un Rey (y de un futuro Rey) es vender imagen de su país.

Ojalá así lo comprendan todos. Porque no bastará con el esfuerzo de los dos jóvenes que contrajeron matrimonio, arropado por multitudes televisivas, el pasado sábado. Resulta urgente hacer una Casa del Príncipe, tarea hasta ahora incomprensiblemente postergada. Don Felipe debe tener unas actividades nuevas, más responsabilidades, visitar otros ambientes, contar con sus propios asesores, preparándose para ejercer las que serán sus futuras tareas. No podrá reinar como lo ha hecho, y lo está haciendo, Don Juan Carlos, porque encuentra una España nueva, que nada tiene que ver con la que inició la primera transición -algunas personas dicen que estamos al borde de comenzar la segunda- en 1976. Lo mismo sea dicho en el caso de doña Letizia.

Es la hora, quizá ya estamos retrasándonos, de fortalecer la figura del Príncipe y de su familia. No puede ser que el heredero de la Corona de España apenas cuente con un fiel asistente, el muy válido Jaime Alfonsín, que ha de atender a casi todo y a casi todos. Entramos en una nueva era, dice todo el mundo. La era del Príncipe, a punto de convertirse en una figura casi mítica -y no exagero- tras una boda discutida: puede que todas esas buenas gentes que se abalanzan a dar la mano a la pareja quieran convertirla en un símbolo de ese tiempo inédito que nos está llegando. Ahora, ya digo, falta canalizar todo eso con inteligencia, imaginación y una dosis de valor.