León Buil Giral
Cien días, una causa
13/07/2004

Aún no se han cumplido los cien días de Rodríguez Zapatero como Presidente del Gobierno pero, por lo que sea, todo el mundo tiene prisa en hacerle el balance de su gestión, como si su mandato fuera a extinguirse o se levantara la veda para dar caza a sus errores en el gobierno. Estas prisas tienen escasa explicación porque, si bien parecía aceptado aquel plazo de gracia para quienes estrenaban responsabilidad al frente de alguna institución, lo cierto es que en el caso del actual Presidente la toma de cuentas empezó incluso antes de la sesión de investidura y ha seguido día a día auditando cada uno de sus acuerdos y también sus opiniones y las de sus ministros. Tanto entusiasmo fiscalizador que alcanza a las grandes decisiones de fondo, a los gestos que escenifican un cambio ideológico o de talante, y también a los acuerdos que, por el contrario, suponen una continuidad de la política anterior por considerarla conveniente, han sumado a la responsabilidad de gobernar un suplemento de diligencia y un especial esfuerzo de coordinación, porque el equipo de gobierno no venía armonizado como ocurre cuando se renueva mandato.

Por estas razones, hacer un balance de cien días del gobierno socialista no resulta novedoso, cuando se ha venido haciendo arqueo diario. Saltará de inmediato el reproche más esgrimido hasta ahora como es alguna que otra descoordinación; le seguirán las pautas marcadas por el ministro Solbes que acata los dictados de una política presupuestaria saneada, y que ahora parece disgustar a sus oponentes; se censurará la política europeísta y el apoyo a la Constitución europea por no haber defendido a machamartillo los acuerdos de Niza; se juzgará inútil el reforzamiento de relaciones con el mundo árabe y el abandono de la política seguidista de estos últimos años respecto a los Estados Unidos; se tachará de aventurerismo el proyecto de moderada reforma constitucional sobre la base de un consenso básico; y muchas otras decisiones. Pero lo más asombroso es que se estén criticando algunas medidas por considerarlas apresuradas (retirada de las tropas de Irak, supresión del trasvase del Ebro del Plan Hidrológico, ley sobre violencia de género, etc) y se critique también el aplazamiento o modulación de otros proyectos que exigen acuerdos de principio con otras fuerzas políticas o estudios rigurosos. Resulta disparatado que se critique la prudencia.

El programa del partido socialista ha tenido un escaso desarrollo durante estos cien días. Esto es algo normal. El tiempo ha sido corto y el hecho de encontrarse con un Presupuesto elaborado por el Partido Popular y ya aplicado o comprometido en un alto porcentaje ha limitado notablemente la capacidad de maniobra. Habrá que esperar a la nueva Ley que se presentará en septiembre y que podrá dotar económicamente muchos de los objetivos marcados en el programa electoral.

Pero es más importante que lo anterior haber puesto en práctica un estilo de hacer política bien distinto a la última etapa de la presidencia de Aznar que, por cierto, no parece retirarse a los cuarteles de invierno. Es mucho más trascendental para la democracia española haber transitado esos cien días sin mentir a los ciudadanos, sin prometer obras que no se realizan o plazos que no se cumplen; abriendo cauces de comunicación con las Comunidades Autónomas y desterrando el insulto y la condena sistemática de las discrepantes, recibiendo a sus responsables o visitándoles sin hacer distinción por su adscripción partidista; marcando objetivos para recuperar unas políticas sociales que se iban deteriorando últimamente y caminaban hacia una sociedad más injusta.

Quizá a algunos les parezcan entelequias o brindis al sol. Pero, cuando España ha alcanzado un nivel muy generalizado de bienestar económico, parece imprescindible reivindicar algunas esencias políticas devaluadas en su sentido: la paz, las libertades, la justicia, la solidaridad interna y externa, la veracidad. Todas componen la causa y razón de la política y de la democracia que late en nuestra Constitución. Adoptar actitudes para rescatar aquellos y otros valores es mucho más importante que poner primeras piedras o enviar al Congreso un cúmulo de proyectos de Ley.