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Aunque se conozca
es preciso recalcarlo. El PSOE no
pensaba haber ganado las elecciones
el pasado mes de marzo. Zapatero
apuntaba a un buen resultado electoral
que le permitiera durante unos años
de gobierno precario del PP ir consolidando
su mensaje y su liderazgo dentro
y fuera del PSOE. Pero no contaba
con los atentados del 11 de marzo
y que una situación inesperada,
así como la pésima administración
de una tragedia como la efectuada
por Aznar y que un suceso
sin precedentes como semejante tragedia
pudiera hacer cristalizar todas
las energías contenidas contra un
Gobierno que nos había embarcado
en una guerra, había hecho servilismo
político en relación al presidente
Bush, se había enfrentado
reiteradamente a la opinión pública,
había cometido los excesos personales
de la boda de su hija, había tapado
de mala manera el accidente del
Yakolev, y administrado una crisis
como la del Prestige tan
rematadamente mal. Todo eso cristalizó
y el 14 de marzo le permitió decir
a Zapatero que había ganado. Y eso
era verdad sólo en parte.
Tenía la minoría mayoritaria en
el Congreso pero en el Senado el
Partido Popular se quedó a cuatro
escaños de la mayoría absoluta y
en un sistema bicameral como el
español, ese dato sigue siendo ocultado
a una opinión pública que se ha
visto distraída por asuntos que
siendo muy importantes en el fondo
nadie puede rechazar: un tratamiento
especial penal ante el maltrato
a las mujeres y todo ese gran debate
mediático sobre el matrimonio de
los homosexuales y la posibilidad
de que éstos puedan adoptar debates
que siendo muy importantes no afectan
a la médula de la gobernabilidad
de un país. Quiero decir que la
tinta del calamar de estas dos asignaturas
pendientes, que tarde o temprano
se tenía que abordar, ha servido
para ocultar la inmensa debilidad
de un PSOE que sigue actuando como
si tuviera mayoría absoluta. Ha
hecho falta que a duras penas el
acuerdo sobre "estabilidad presupuestaria"
pasara al Congreso y llegara al
Senado para que nada menos que el
muy orgulloso presidente del Gobierno
se viera obligado a llamar al lehendakari
Ibarretxe para que pudiera
sacar este acuerdo en el Senado,
ya que nuestro Grupo, como había
hecho en el Congreso, pensaba abstenerse.
Y la mera abstención del PNV en
el Senado hubiera significado la
derrota de Zapatero. La primera
gran derrota.
Primera constatación por tanto:
Zapatero no tiene mayoría para gobernar
y de momento no ha hecho pacto alguno
con nadie.
La segunda consideración consiste
en creer que tras el 14 de marzo,
el PP pasaba al museo de los partidos
amortizados y que una derrota tan
inesperada le iba a permitir a Zapatero
cargarse de razón ante la opinión
pública española, argumentando la
llamada voracidad de los nacionalismos
y dentro de su estrategia -y cogiendo
como excusa la reforma de la Constitución
con el fin de cambiar la posibilidad
de que la mujer sea equiparada con
el varón en la línea de sucesión
y buscar una mayoría absoluta o
la mayoría suficiente- para intentar
gobernar sin fastidiosas hipotecas.
El resultado de las elecciones europeas
le ha despertado de su sueño. El
PP sigue vivo, Rajoy conecta mejor
que Aznar con el ciudadano medio
y prepara un Congreso donde la apuesta
se dirige al centro derecha de Gallardón
y no a la extrema derecha de Aznar,
con lo que Zapatero ha de tentarse
la ropa antes de iniciar cualquier
aventura de adelantamiento de elecciones.
La tercera constatación es que a
pesar de las buenas palabras estamos
ante el mismo PSOE de siempre, cargado
de mañas, improvisaciones, regates
en corto, y política al día. Prometió
hacer suyo el resultado del planteamiento
de Parlamento catalán en cuanto
a renovación del Estatuto, y ahora
no sabe cómo dilatar el proceso.
Se declara campeón del diálogo y
gana tiempo antes de hablar con
Ibarretxe, porque no tiene respuesta
a la pregunta del lehendakari
de ¿por qué en Cataluña sí y en
Euzkadi no? Trajo las tropas de
Irak pero, acomplejado, refuerza
el contingente en Afganistán y envía
a la Guardia Civil a Haiti, donde
no se nos ha perdido nada. Dice
que va a investigar el 11-M y no
se atreve a llamarle a Aznar como
responsable de un Gobierno que trató
tan mal una crisis. Se comprometió
a ir frecuentemente al Senado y
en tres meses sólo ha ido una vez.
Desea mantener una estrecha relación
con el Rey de Marruecos mientras
no sabe cómo gestionar su discurso
en relación con la situación del
Sahara. Busca sacarse una fotografía
con Bush, mientras juega a un cierto
progresismo de salón y hace lo posible
para que una fuerza como IU sea
borrada del mapa. Dice creer en
la pluralidad y plantea las elecciones
para el Parlamento Europeo como
un pugilato a dos tratando de consagrar
un bipartidismo que la actual Constitución
no contempla. Habla de respeto a
esa España plural y no sabe cómo
administrar las propuestas de los
llamados "Papeles de Salamanca"
y de las selecciones deportivas.
Promueve a Montilla y deja en el
dique seco a Patxi López y
a un PSE al que le quita representación
en la Ejecutiva del PSOE. Es decir,
la política de Zapatero podemos
decir que se basa en aquella famosa
Yenka de un paso adelante y dos
atrás, así como en el marketing,
la venta de humo y en el ganar tiempo.
En cien días, este hombre no ha
hecho absolutamente nada en serio.
Vuelve el viejo PSOE.
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