Fernando Jáuregui
Cien días de vino, rosas, humo y contradicciones
21/07/2004

Pocas veces se habrá analizado con lupa tan minuciosa la labor de un Gobierno en sus cien primeros días. Porque del equipo de José Luis Rodríguez Zapatero se podrán decir muchas cosas, pero no, desde luego, que haya permanecido inactivo y cruzado de brazos. Han sido -aún están, en puridad, por cumplirse- cien días intensísimos, en los que algunos ministros han tenido que aprender a serlo, y el propio presidente, pese a la sensación que da de seguridad aplastante en sí mismo, ha debido contener algunos entusiasmos y embridar ciertas excesivas ínfulas.

Yo diría que el Gobierno socialista ha sido una suerte de liberación para quienes estaban hartos del mal talante de Aznar, aunque supiesen que el de Rajoy no iba a ser el mismo. Pero también amenaza con ser una pesadilla para aquellos que sobrevivieron durante el 'aznarato', o que cooperaron con él. Porque hay que lamentar ciertos atisbos de revanchismo, de inestabilidad en la Administración y en algunas empresas, comenzando por el Ente RTVE (no ha ocurrido lo mismo en la agencia Efe, donde su nuevo presidente, Alex Grijelmo, ha extremado el tacto, la cautela y el buen sentido, aunque haya sido criticado por los 'duros' precisamente por no haber querido cortar cabezas).

Por lo demás, y al margen del talante, cien días después hay que seguir esperando a los hechos concretos, dado que apenas un proyecto de ley, el de la violencia de género, ha sido enviado a las cámaras legislativas. Ha habido retirada de Irak, es cierto, pero envío de las mismas tropas a Afganistán. Ha habido rectificación de la hosca política europea de Aznar, pero no se ven resultados tangibles en un eje París-Berlín-Madrid, que es el que gustaría a nuestros gobernantes (y a la generalidad de los españoles): los planes de celebrar una 'cumbre' informal en Madrid, en septiembre, entre ZP, Chirac y Schröder, resultan, obviamente, insuficientes, pero, al menos, indican un camino.

Hay ministerios que permanecen inéditos, como el de Agricultura (al margen del primer resbalón europeo), Cultura (al margen del no menos resbalón del IVA), Fomento (al margen de los despistes en numerosas declaraciones públicas y la guerra abierta al Plan Galicia), Sanidad (le meten desde Cataluña el gol del 'euro por consulta', lo que ha enfurecido a la ministra Salgado) y, por supuesto, Interior, donde al ministro Alonso le han colgado el cartel de 'ni está, ni se le espera'. Justicia lleva una marcha errática, llena de altibajos, pero al menos interesante, Montilla, en Industria, manda cada vez más -no sólo en el PSC, por cierto-, Moratinos anda por la periferia, sin atreverse a coger el toro de Estados Unidos por los cuernos, Caldera en Trabajo prepara la asignatura de la competitividad a negociar en septiembre (y no es pequeña cosa), Medio Ambiente gana la guerra del Plan Hidrológico...

Y luego está Pedro Solbes. Tradicionalmente considerado como el valladar más firme del Gobierno. Es el principio del sentido común, de la independencia de criterio y de la eficacia profesional. Acaso haya abusado de la denuncia de la Difícil Situación Heredada, pero eso se corresponde sin duda con una estrategia global (a mi entender errónea) ideada desde el PSOE, partido en el que ni Solbes ni la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega, otro de los anclajes más firmes del Ejecutivo Zapatero, militan.

Cierto que se sigue echando de menos un poco más de coordinación en la marcha general del Gobierno, cierto que el aparato de comunicación aún no ha dado todos los frutos apetecidos -aunque hay que reconocer que el diseño no es malo, salvadas las divergencias entre Moncloa y quien encarna la figura del portavoz parlamentario-. Pero en estos cien días, que son muy poca cosa en la trayectoria global de un equipo gobernante, se han vivido jornadas triunfales de vino y rosas, y se ha vendido algo de humo (¿cabe más en poco menos de tres meses?).

En efecto, proyectos de ley ha habido pocos, pero declaraciones de intenciones, muchas. Anuncios que, por cierto, habrá que cumplir. Se ha marcado una línea y se ha mostrado que, a la hora de gobernar, había un camino diferente al que nos habían dicho que era inevitable. Echamos, claro, de menos aquellas frecuentes llamadas al consenso de ZP cuando estaba en la oposición y personalmente opino que sobra tanta incriminación -facilitada, entre otras cosas, por la nefasta marcha de la comisión del 11-M- a los gobernantes anteriores, que, la verdad, en algunas cosas tampoco lo hicieron tan mal, aunque en otras, señaladamente la guerra de Irak, se equivocasen rematadamente.