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Pocas veces se habrá
analizado con lupa tan minuciosa
la labor de un Gobierno en sus cien
primeros días. Porque del equipo
de José Luis Rodríguez Zapatero
se podrán decir muchas cosas, pero
no, desde luego, que haya permanecido
inactivo y cruzado de brazos. Han
sido -aún están, en puridad, por
cumplirse- cien días intensísimos,
en los que algunos ministros han
tenido que aprender a serlo, y el
propio presidente, pese a la sensación
que da de seguridad aplastante en
sí mismo, ha debido contener algunos
entusiasmos y embridar ciertas excesivas
ínfulas.
Yo diría que el Gobierno socialista
ha sido una suerte de liberación
para quienes estaban hartos del
mal talante de Aznar, aunque
supiesen que el de Rajoy no iba
a ser el mismo. Pero también amenaza
con ser una pesadilla para aquellos
que sobrevivieron durante el 'aznarato',
o que cooperaron con él. Porque
hay que lamentar ciertos atisbos
de revanchismo, de inestabilidad
en la Administración y en algunas
empresas, comenzando por el Ente
RTVE (no ha ocurrido lo mismo en
la agencia Efe, donde su nuevo presidente,
Alex Grijelmo, ha extremado
el tacto, la cautela y el buen sentido,
aunque haya sido criticado por los
'duros' precisamente por no haber
querido cortar cabezas).
Por lo demás, y al margen del talante,
cien días después hay que seguir
esperando a los hechos concretos,
dado que apenas un proyecto de ley,
el de la violencia de género, ha
sido enviado a las cámaras legislativas.
Ha habido retirada de Irak, es cierto,
pero envío de las mismas tropas
a Afganistán. Ha habido rectificación
de la hosca política europea de
Aznar, pero no se ven resultados
tangibles en un eje París-Berlín-Madrid,
que es el que gustaría a nuestros
gobernantes (y a la generalidad
de los españoles): los planes de
celebrar una 'cumbre' informal en
Madrid, en septiembre, entre ZP,
Chirac y Schröder,
resultan, obviamente, insuficientes,
pero, al menos, indican un camino.
Hay ministerios que permanecen inéditos,
como el de Agricultura (al margen
del primer resbalón europeo), Cultura
(al margen del no menos resbalón
del IVA), Fomento (al margen de
los despistes en numerosas declaraciones
públicas y la guerra abierta al
Plan Galicia), Sanidad (le meten
desde Cataluña el gol del 'euro
por consulta', lo que ha enfurecido
a la ministra Salgado) y, por supuesto,
Interior, donde al ministro Alonso
le han colgado el cartel de 'ni
está, ni se le espera'. Justicia
lleva una marcha errática, llena
de altibajos, pero al menos interesante,
Montilla, en Industria, manda
cada vez más -no sólo en el PSC,
por cierto-, Moratinos anda
por la periferia, sin atreverse
a coger el toro de Estados Unidos
por los cuernos, Caldera
en Trabajo prepara la asignatura
de la competitividad a negociar
en septiembre (y no es pequeña cosa),
Medio Ambiente gana la guerra del
Plan Hidrológico...
Y luego está Pedro Solbes.
Tradicionalmente considerado como
el valladar más firme del Gobierno.
Es el principio del sentido común,
de la independencia de criterio
y de la eficacia profesional. Acaso
haya abusado de la denuncia de la
Difícil Situación Heredada, pero
eso se corresponde sin duda con
una estrategia global (a mi entender
errónea) ideada desde el PSOE, partido
en el que ni Solbes ni la vicepresidenta
María Teresa Fernández de la
Vega, otro de los anclajes más
firmes del Ejecutivo Zapatero,
militan.
Cierto que se sigue echando de menos
un poco más de coordinación en la
marcha general del Gobierno, cierto
que el aparato de comunicación aún
no ha dado todos los frutos apetecidos
-aunque hay que reconocer que el
diseño no es malo, salvadas las
divergencias entre Moncloa y quien
encarna la figura del portavoz parlamentario-.
Pero en estos cien días, que son
muy poca cosa en la trayectoria
global de un equipo gobernante,
se han vivido jornadas triunfales
de vino y rosas, y se ha vendido
algo de humo (¿cabe más en poco
menos de tres meses?).
En efecto, proyectos de ley ha habido
pocos, pero declaraciones de intenciones,
muchas. Anuncios que, por cierto,
habrá que cumplir. Se ha marcado
una línea y se ha mostrado que,
a la hora de gobernar, había un
camino diferente al que nos habían
dicho que era inevitable. Echamos,
claro, de menos aquellas frecuentes
llamadas al consenso de ZP cuando
estaba en la oposición y personalmente
opino que sobra tanta incriminación
-facilitada, entre otras cosas,
por la nefasta marcha de la comisión
del 11-M- a los gobernantes anteriores,
que, la verdad, en algunas cosas
tampoco lo hicieron tan mal, aunque
en otras, señaladamente la guerra
de Irak, se equivocasen rematadamente.
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