Emilio Lahera
Cien días de Cultura: de momento, poco
16/07/2004

Si el tango decía aquello de "que veinte años no es nada", cien días es un lapso irrelevante para el análisis, aunque se tenga por generalmente aceptado como un período suficiente para que un gobierno apunte las líneas más importantes de su proyecto político. Pero si difícil es vislumbrar -más allá de las palabras que, como todo el mundo sabe, se las lleva el viento- las líneas generales del proyecto político, la dificultad se multiplica en el caso de la cultura, concepto asaz impreciso y siempre escurridizo a la hora de determinar los límites de su territorio. Porque llevar a cabo una reforma en Defensa, tomar una medida como, por ejemplo, el regreso de las tropas de Irak, tiene unas consecuencias inmediatas y un eco social importante, además de una definición clara sobre el comportamiento del Gobierno ante ese conflicto; pero no ocurre tal cosa en sectores tan evanescentes como el cultural, en el que medidas tomadas hoy darán frutos, más o menos sanos o podridos, a medio y largo plazo. Cesar a los generales bajo cuya jerarquía se produjo el dislate del Yakolev-42 tiene una repercusión inmediata que no se produce, por ejemplo, tras la sustitución del intertextualizador Luis Racionero como Director de la Biblioteca Nacional por Rosa Regás, cuyas consecuencias, positivas o negativas, se verán con la perspectiva del tiempo. En relación a este caso, no obstante, hay que convenir en que, cuando menos, algo había de disparate en el hecho de mantener a un "copiador" confeso al frente de una institución cual es la Biblioteca Nacional, la Casa de todos los Libros, intertextualizados e intertextualizables o no.

Apenas balbuceos, buenas palabras en todo caso, vehículos de mensajes cuya bondad está por ver. Así ocurre con el nombramiento de César Antonio Molina, ex director del madrileño Círculo de Bellas Artes, como Director del Instituto Cervantes; suponer que eso conlleva una mejora automática sobre la gestión del director anterior, Jon Juaristi, sería sólo eso, una suposición, porque la inmensa e importantísima labor que tiene por delante el Instituto Cervantes escapa a la capacidad del director del mismo, ya que es responsabilidad de la ministra Carmen Calvo y de su equipo, de lo que el Gobierno esté dispuesto a hacer por difundir la cultura española en el extranjero.

A los pocos días de tomar posesión de su cargo, la ministra anunció una medida relativa al sector del libro: la disminución del IVA, del 5 al 1%, para esos objetos de papel llenos de letras que tan poco se venden por estos pagos donde la industria editorial es, sin embargo, la más poderosa de Europa y la segunda del mundo, después de Estados Unidos, cuyos habitantes son también, al parecer, poco aficionados a la lectura. La medida desgravatoria tiene por objeto, según la ministra, fomentar la lectura y ha sido aplaudida por el conjunto de las empresas editoras. ¿De verdad cree la ministra que bajando el precio de un libro de, por ejemplo, 12,02 € a 11,54 € los ciudadanos españoles que compran libros van a comprar más y que los que no compran van a empezar a hacerlo? Y por otra parte, ¿la compra de qué libros es la que supuestamente fomenta esa medida? Porque el libro en sí mismo no es sino un objeto comercial y mercantil y una gran parte de los libros que se editan anualmente en España merecerían, en aras de la cultura, una mayor carga impositiva y no al contrario.

La consecuencia cierta de esa medida desgravatoria es que el Estado recaudará menos impuestos a emplear en beneficio del conjunto de los ciudadanos, mientras lo más probable es que se venderán igual o menos libros (lo que siempre es posible, aunque no lo parezca) y que las empresas que detentan el oligopolio del sector editorial no verán mermados sus beneficios, al ser el IVA un impuesto aplicado sobre el comprador, es decir, sobre el mismo ciudadano contribuyente de ese Estado que renuncia a recaudar un 4% para que los ciudadanos lean más. Esa medida tendría un relativo sentido si se marcara un precio fijo para el libro, inamovible durante un determinado período de tiempo. En cuanto a medidas industriales, o se interviene o se respetan las leyes del libre mercado; en cuanto a la escasa afición lectora de los españoles, este es un tema que, la verdad, se encuentra enquistado mucho más profundamente, mucho más allá de cuatro puntos de IVA.

Otra medida anunciada en grandes titulares es la de destinar el 5% de los beneficios de las televisiones a la producción cinematográfica, a la financiación de películas hechas en España por españoles, una forma de "solucionar" la crisis del cine español. Es esta una medida continuadora -y por tanto ineficaz- de anteriores políticas relativas a este sector que, año tras año, levanta su voz para llamar públicamente la atención sobre la situación de crisis en que se haya; productores, directores, actores y técnicos aportan datos irrefutables. Y llevan razón: el cine español está en crisis, no existe una industria sólida. Lo que ocurre es que siempre ha sido así, la crisis del cine español es ya casi legendaria; ¿cuándo ha habido una industria cinematográfica sólida en España? ¿Dónde la hay, salvo en Estados Unidos e India? Por otro lado, es coherente que el cine español esté en crisis y no exista industria de sector: ¿acaso no están en crisis otros sectores industriales españoles, acaso no existe precariedad generalizada en el empleo? Con ese 5% obligatorio no se van a solucionar los problemas de un sector incapaz de luchar contra el gran enemigo de las distribuidoras multinacionales estadounidenses que controlan el mercado internacional y copan las salas de exhibición con sus paquetes de productos fílmicos. El cine es un producto cultural, un producto artístico; pero también un producto industrial; y aún más, una película es reflejo de alguna parte más o menos explícita o recóndita de la sociedad en la que se produce y que, por ello, atrae a los espectadores a la sala de exhibición. Y lo que es cierto y sencillamente verificable es que las películas que se hacen en España no interesan a la inmensa mayoría de espectadores españoles, como muestran las recaudaciones de taquilla obtenidas por películas de aparente éxito y hechas por afamados directores.

Queda, pues, la subvención directa del Estado o a través de medidas como la que ha anunciado la ministra con connotaciones de solución salvadora. Pero la experiencia dice que todo seguirá igual; es decir, se financiarán proyectos de largometrajes con créditos públicos que habrán de ser devueltos si la película no alcanza un mínimo de venta de entradas en taquilla, lo que nunca ocurrirá porque hay trampas para conseguir esos mínimos; de tal manera que se estará financiando el trabajo de los equipos de rodaje de un producto que, salvo excepciones, será olímpicamente marginado por los espectadores de cuyos bolsillos salieron esos créditos públicos. Nada nuevo bajo el sol.

Queda el tan traído y llevado concepto de la excepción cultural, acuñado por Francia y puesto en marcha con valentía y decisión en el país vecino, protegiendo firmemente al cinema francés y plantando cara a las multinacionales, lo que, por cierto, tampoco ha terminado con la crisis del cinema francés. Hace pocos días, la ministra Carmen Calvo se refirió de una manera positiva a esa excepción cultural en un foro latinoamericano. Algo es algo; pero, de momento, poco.