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Puestos a romper
moldes, ya hemos comenzado por eliminar
aquella norma nunca escrita de los
"cien días de gracia" a los
nuevos gobiernos. En verdad que
no era más que una convención sin
contenido real, y que en las actuales
circunstancias de la política española,
tras unas elecciones sorprendentes
por su resultado, estaba llamada
a no respetarse. El ejecutivo socialista
logró su respaldo parlamentario
tras una estrategia basada en el
dialogo con todas las fuerzas minoritarias,
dejando al Partido Popular en un
incómodo y doloroso aislamiento.
Gobernar en minoría no es nuevo
en la historia de la España constitucional
y son muchos los ciudadanos que
consideran más positivos los efectos
de esa obligada limitación al desarrollo
de un programa, necesitado de respaldos
externos y, por tanto, de asumir
reivindicaciones plurales, que los
riesgos de una supuesta debilidad
o, al menos, retrasos, a la hora
de adoptar decisiones de largo alcance.
Seguramente, la acusación de "prepotencia"
al segundo gobierno de Aznar
con mayoría absoluta, caló en
la conciencia de los españoles,
y condicionó su voto, en mayor medida
que la mala gestión de 11-M. A Zapatero
se le intenta ridiculizar por el
uso-abuso de la palabra talante.
Pero los españoles estaban necesitados
de simpatía. El clima político ha
cambiado y resulta muy estimulante
comprobar que la sociedad vasca,
como refleja el último Euskobarómetro,
apuesta decididamente por un entendimiento
entre el PNV y el PSE, y que el
respaldo a ETA, incluso entre los
votantes abertzales, camina hacia
la irrelevancia. El propio Partido
Popular en Cataluña tiene que flexibilizar
sus posiciones y votar con el resto
de las fuerzas catalanas en la cuestión
tan sensible del Archivo de Simancas
o aceptar debatir el concepto "nación"
y el propio Estatuto en trance de
reforma. Ni Fraga ni Herrera
se sienten agredidos en los intereses
de Galicia y Castilla-León, tras
sus entrevistas con Zapatero...
Entramos en el período vacacional
con el único elemento de crispación
de las investigaciones parlamentarias
y mediáticas sobre el atentado terrorista
de Madrid y sus consecuencia políticas.
El gobierno ha actuado con contundencia
ejemplar en el caso del Yakolev
y, antes, en el cumplimiento de
la promesa de retirar las tropas
de Irak. El Tribunal Supremo ha
avalado su decisión de frenar algunas
propuesta educativas del anterior
gobierno y desmoronar así el frente
de resistencia de las comunidades
autónomas populares... La batalla
del agua se desarrolla en los parámetros
previsibles de confrontación y la
ministra Narbona tiene ante sí el
reto de convencer con hechos a los
que no confían en su discurso. La
foto de Zapatero con Cuevas,
Fidalgo y Cándido Méndez
es solo el prólogo de un prolongado
y seguro que nada fácil proceso
negociador sobre el punto clave
de la modernización de las estructuras
productivas en este país. Pero no
suena mal la música de las primeras
declaraciones...
Para muchos, estamos, apenas, ante
una política de gestos, pero para
muchos otros ese nueva clima es
fundamental para conseguir que las
decisiones emanadas del Consejo
de Ministros se entiendan como el
resultado de una política concertada
y no como una imposición adoptada
desde el fundamentalismo de la verdad
absoluta que pone en pie la protesta
ciudadana. Aznar no se ha enterado:
es comprensible; Rajoy, y
un sector de sus colaboradores,
sí: es saludable.
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