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Fulgor solar, compensado
por la oscuridad. Noche y día. Ying
y Yang. Claroscuro. Gozos y sombras
de cien días que, aparte de su afán,
tienen mucho de laboratorio del
Dr. Mabuse y de los capotazos
de trasteo que da el diestro sobre
la plaza hasta conseguir averiguar
la querencia del toro que le ha
tocado en suerte. El blanco de los
aciertos y el negro de los errores
y, en medio de ambos, la inmensa
gama de grises. Este es el balance
del presunto período de gracia que
todo Gobierno surgido de las urnas
reclama sino como derecho, al menos
como cortesía.
José Luis Rodríguez Zapatero
accedió a la presidencia del Gobierno,
al ser el PSOE la minoría mayoritaria,
urdiendo un pacto multibanda que,
sin serlo formalmente de legislatura,
le hizo superar a la primera votación
la sesión de investidura. La minoría
socialista, dada la correlación
de fuerzas parlamentarias es lo
suficientemente cómoda como para
gobernar sin excesivas apreturas,
incluso con políticas de un cierto
relumbrón y permitiendo, a la vez,
que las diversas fuerzas nacionalistas
de izquierdas e IU que le brindaron
su apoyo tengan ocasiones de lucimiento
que contenten a sus electorados
respectivos. No es el escenario
ideal para el PSOE, partido con
clarísima vocación de gobierno y
si es en solitario mejor, pero tras
los cuatro ominosos años de creciente
crispación del PP de la mayoría
absoluta, la sociedad española pudo
respirar aliviada, que no es poco.
Y a la hora de sopesar los cien
primeros días de ejercicio del Gobierno,
calibrando lo que éste puede dar
de sí durante el tiempo de su mandato,
hay que levantar acta de las promesas
cumplidas, de las aplazadas, de
las formuladas y de las que -así
es la condición humana- sigilosamente
desaparecen del discurso gubernamental.
En el capítulo de cumplimientos
están la paridad (por primera vez
en la Historia un gabinete cuenta
con tantas ministras como ministros),
el retorno de los militares españoles
enviados a Irak, la jurídicamente
controvertida Ley contra la Violencia
Doméstica, el anuncio de la inminente
reforma del Código Civil que permitirá
el matrimonio de gays y lesbianas,
la anulación de los aspectos más
polémicos del Plan Hidrológico Nacional
(el primero de ellos, el trasvase
del Ebro), el vaciado de la Ley
de Calidad de la Enseñanza, el inicio
efectivo de una mejora de la seguridad
vial o la próxima subida del 25%
en las dotaciones para Investigación
y Desarrollo que se incluirá en
la Ley de Presupuestos de 2005.
Eso sin olvidarnos de algo tan importante
como el devolver a España al redil
de la Unión Europea, del que la
había hecho salir el seguidismo
belicista de un Aznar emperrado
en negar las evidencias y en subirse
incondicionalmente al carro de George
W. Bush.
Como también hay que cargar en el
activo del Gobierno, el reciente
acuerdo sobre competitividad y productividad
suscrito por las centrales mayoritarias
(de momento, totalmente entregadas
al nuevo Gobierno) y la patronal
(no tan entregada, pero sí benévolamente
expectante). Para compensar, en
el capítulo de promesas aplazadas,
quizá la más llamativa sea la del
Plan de Vivienda para Jóvenes, lanzado
a bombo y platillo por la inexperta
ministra del ramo, obligada a rectificar,
y hablar de soluciones habitacionales,
signo inequívoco de que este objetivo
se cubrirá a la baja.
Pese al duro marcaje de un Partido
Popular que no ha digerido su derrota
en las urnas y que no entiende de
gracias y cortesías, el cuadro autonómico,
el de las relaciones de las comunidades
con el Estado, ha mejorado desde
el punto y hora en que la crispación
ha desaparecido. Hay tensiones por
uno y otro lado, pero son tensiones
asumibles por la sociedad, dado
el tono más tranquilo -y más pragmático,
cabe añadir-del que hacen gala los
unos y los otros. Se guardan las
formas y se vuelve a intentar encontrar
los puntos de coincidencia más que
los de confrontación. Y así debe
seguir porque es urgente la reforma
de los estatutos de autonomía, para
adaptarlos a la nueva realidad de
la Unión Europea y también es urgente
la reforma de la Constitución. No
obstante, para evitar sobresaltos
posteriores, y en eso habría que
darle la razón a Rodríguez Ibarra,
no se puede comenzar la casa por
el tejado y dejar emplearse a fondo
en una previa reforma en profundidad
de las Haciendas locales. Porque,
desde 1978, las administraciones
municipales -las más próximas, las
más visibles y las que más servicios
deben prestar a los ciudadanos-han
sido las cenicientas del Estado
de las Autonomías. Una España plural,
pero cohesionada, necesita unos
municipios que salgan de la indigencia
en la que están sumidos por el Estado
y por las Comunidades Autónomas.
Donde no ha dado muestras de avanzar
mucho el gobierno de Rodríguez Zapatero,
durante sus primeros cien días,
es en problemas como el de la seguridad
ciudadana. El salvaje atentado del
11M no sólo destrozó vidas humanas,
sino que puso de manifiesto no la
falta de profesionalidad de los
Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del
Estado, pero sí el alto grado de
descoordinación operativa existente
entre ellos. Ahí es donde se requiere
una reforma a fondo. Cosa que, hoy
por hoy, parece de muy difícil logro,
dada la falta de idoneidad del titular
de la cartera de Interior.
Porque, al realizar los nombramientos
ministeriales, Zapatero ha dado
una de cal y otra de arena. Junto
a ministros tan preparados como
Pedro Solbes (Economía y
Hacienda), Miguel Ángel Moratinos
(Asuntos Exteriores), Cristina
Narbona (Medio Ambiente), Elena
Salgado (Sanidad), Jordi
Sevilla (Administraciones Públicas),
Elena Espinosa (Agricultura,
Pesca y Alimentación), Josep
Montilla (Industria), los hay
menos aptos, como podrían ser el
titular de Justicia, Juan Fernando
López Aguilar o el de Trabajo,
Jesús Caldera (hombres que provienen
del grupo parlamentario de la anterior
legislatura) y la vicepresidenta
primera y portavoz María Teresa
Fernández de la Vega. Y, también,
auténticas nulidades, tales los
casos de las ministras de Educación,
Cultura, Vivienda y el ya citado
titular de Interior, José Antonio
Alonso. Quedan dos por analizar.
Los titulares de Fomento y de Defensa.
Magdalena Álvarez, ex consejera
de la Junta de Andalucía, de buena
preparación económica va de sobrada
y prepotente, lo que no deja de
ser un error por parte de quien
la nombró. ¿Y en qué casilla colocamos
a José Bono, ministro de Defensa?
Buena pregunta. Quizá en la poco
ortodoxa y paradójica de los que
siendo brillantes y estando preparados
se empeñan en comportarse como las
nulidades que, en puridad, no son.
Un Gobierno no es gran cosa sin
el partido que le da apoyo y sustancia
parlamentaria. En este aspecto,
tras la celebración del trigésimo
sexto congreso del Partido Socialista
Obrero Español, Rodríguez Zapatero
puede decir que tiene el santo de
cara. Detrás de él y de su gobierno,
se encuentra un partido lo suficientemente
cohesionado -ya se sabe que el mejor
cemento es el ejercicio del poder-y
que le ayuda a mantener e, incluso,
aumentar su fuerza electoral.
Cien días y otras tantas noches
de ejercicio de Gobierno. El balance
podría haber sido mucho mejor que
el actual, que no es malo. Porque
en el actual presidente del Gobierno
hay que apreciar su talante dialogante
y su deseo de contentar a todos
no como una virtud -que, indudablemente,
lo es en el plano personal- sino
como un defecto político. Gobernar
es tomar decisiones y, también,
cabrear a algunos, diciendo que
no, cuando hay que decirlo. Cien
días (largos) y otras tantas noches
(cortas) como corresponde a la estación.
O sea, que ya vendrá el invierno,
cuando, por estas latitudes, los
días son cortos y las noches bastante
más largas.
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