Paco Vilariño
Blanco y negro
23/07/2004

Fulgor solar, compensado por la oscuridad. Noche y día. Ying y Yang. Claroscuro. Gozos y sombras de cien días que, aparte de su afán, tienen mucho de laboratorio del Dr. Mabuse y de los capotazos de trasteo que da el diestro sobre la plaza hasta conseguir averiguar la querencia del toro que le ha tocado en suerte. El blanco de los aciertos y el negro de los errores y, en medio de ambos, la inmensa gama de grises. Este es el balance del presunto período de gracia que todo Gobierno surgido de las urnas reclama sino como derecho, al menos como cortesía.

José Luis Rodríguez Zapatero accedió a la presidencia del Gobierno, al ser el PSOE la minoría mayoritaria, urdiendo un pacto multibanda que, sin serlo formalmente de legislatura, le hizo superar a la primera votación la sesión de investidura. La minoría socialista, dada la correlación de fuerzas parlamentarias es lo suficientemente cómoda como para gobernar sin excesivas apreturas, incluso con políticas de un cierto relumbrón y permitiendo, a la vez, que las diversas fuerzas nacionalistas de izquierdas e IU que le brindaron su apoyo tengan ocasiones de lucimiento que contenten a sus electorados respectivos. No es el escenario ideal para el PSOE, partido con clarísima vocación de gobierno y si es en solitario mejor, pero tras los cuatro ominosos años de creciente crispación del PP de la mayoría absoluta, la sociedad española pudo respirar aliviada, que no es poco.

Y a la hora de sopesar los cien primeros días de ejercicio del Gobierno, calibrando lo que éste puede dar de sí durante el tiempo de su mandato, hay que levantar acta de las promesas cumplidas, de las aplazadas, de las formuladas y de las que -así es la condición humana- sigilosamente desaparecen del discurso gubernamental.

En el capítulo de cumplimientos están la paridad (por primera vez en la Historia un gabinete cuenta con tantas ministras como ministros), el retorno de los militares españoles enviados a Irak, la jurídicamente controvertida Ley contra la Violencia Doméstica, el anuncio de la inminente reforma del Código Civil que permitirá el matrimonio de gays y lesbianas, la anulación de los aspectos más polémicos del Plan Hidrológico Nacional (el primero de ellos, el trasvase del Ebro), el vaciado de la Ley de Calidad de la Enseñanza, el inicio efectivo de una mejora de la seguridad vial o la próxima subida del 25% en las dotaciones para Investigación y Desarrollo que se incluirá en la Ley de Presupuestos de 2005. Eso sin olvidarnos de algo tan importante como el devolver a España al redil de la Unión Europea, del que la había hecho salir el seguidismo belicista de un Aznar emperrado en negar las evidencias y en subirse incondicionalmente al carro de George W. Bush.

Como también hay que cargar en el activo del Gobierno, el reciente acuerdo sobre competitividad y productividad suscrito por las centrales mayoritarias (de momento, totalmente entregadas al nuevo Gobierno) y la patronal (no tan entregada, pero sí benévolamente expectante). Para compensar, en el capítulo de promesas aplazadas, quizá la más llamativa sea la del Plan de Vivienda para Jóvenes, lanzado a bombo y platillo por la inexperta ministra del ramo, obligada a rectificar, y hablar de soluciones habitacionales, signo inequívoco de que este objetivo se cubrirá a la baja.

Pese al duro marcaje de un Partido Popular que no ha digerido su derrota en las urnas y que no entiende de gracias y cortesías, el cuadro autonómico, el de las relaciones de las comunidades con el Estado, ha mejorado desde el punto y hora en que la crispación ha desaparecido. Hay tensiones por uno y otro lado, pero son tensiones asumibles por la sociedad, dado el tono más tranquilo -y más pragmático, cabe añadir-del que hacen gala los unos y los otros. Se guardan las formas y se vuelve a intentar encontrar los puntos de coincidencia más que los de confrontación. Y así debe seguir porque es urgente la reforma de los estatutos de autonomía, para adaptarlos a la nueva realidad de la Unión Europea y también es urgente la reforma de la Constitución. No obstante, para evitar sobresaltos posteriores, y en eso habría que darle la razón a Rodríguez Ibarra, no se puede comenzar la casa por el tejado y dejar emplearse a fondo en una previa reforma en profundidad de las Haciendas locales. Porque, desde 1978, las administraciones municipales -las más próximas, las más visibles y las que más servicios deben prestar a los ciudadanos-han sido las cenicientas del Estado de las Autonomías. Una España plural, pero cohesionada, necesita unos municipios que salgan de la indigencia en la que están sumidos por el Estado y por las Comunidades Autónomas.

Donde no ha dado muestras de avanzar mucho el gobierno de Rodríguez Zapatero, durante sus primeros cien días, es en problemas como el de la seguridad ciudadana. El salvaje atentado del 11M no sólo destrozó vidas humanas, sino que puso de manifiesto no la falta de profesionalidad de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, pero sí el alto grado de descoordinación operativa existente entre ellos. Ahí es donde se requiere una reforma a fondo. Cosa que, hoy por hoy, parece de muy difícil logro, dada la falta de idoneidad del titular de la cartera de Interior.

Porque, al realizar los nombramientos ministeriales, Zapatero ha dado una de cal y otra de arena. Junto a ministros tan preparados como Pedro Solbes (Economía y Hacienda), Miguel Ángel Moratinos (Asuntos Exteriores), Cristina Narbona (Medio Ambiente), Elena Salgado (Sanidad), Jordi Sevilla (Administraciones Públicas), Elena Espinosa (Agricultura, Pesca y Alimentación), Josep Montilla (Industria), los hay menos aptos, como podrían ser el titular de Justicia, Juan Fernando López Aguilar o el de Trabajo, Jesús Caldera (hombres que provienen del grupo parlamentario de la anterior legislatura) y la vicepresidenta primera y portavoz María Teresa Fernández de la Vega. Y, también, auténticas nulidades, tales los casos de las ministras de Educación, Cultura, Vivienda y el ya citado titular de Interior, José Antonio Alonso. Quedan dos por analizar. Los titulares de Fomento y de Defensa. Magdalena Álvarez, ex consejera de la Junta de Andalucía, de buena preparación económica va de sobrada y prepotente, lo que no deja de ser un error por parte de quien la nombró. ¿Y en qué casilla colocamos a José Bono, ministro de Defensa? Buena pregunta. Quizá en la poco ortodoxa y paradójica de los que siendo brillantes y estando preparados se empeñan en comportarse como las nulidades que, en puridad, no son.

Un Gobierno no es gran cosa sin el partido que le da apoyo y sustancia parlamentaria. En este aspecto, tras la celebración del trigésimo sexto congreso del Partido Socialista Obrero Español, Rodríguez Zapatero puede decir que tiene el santo de cara. Detrás de él y de su gobierno, se encuentra un partido lo suficientemente cohesionado -ya se sabe que el mejor cemento es el ejercicio del poder-y que le ayuda a mantener e, incluso, aumentar su fuerza electoral.

Cien días y otras tantas noches de ejercicio de Gobierno. El balance podría haber sido mucho mejor que el actual, que no es malo. Porque en el actual presidente del Gobierno hay que apreciar su talante dialogante y su deseo de contentar a todos no como una virtud -que, indudablemente, lo es en el plano personal- sino como un defecto político. Gobernar es tomar decisiones y, también, cabrear a algunos, diciendo que no, cuando hay que decirlo. Cien días (largos) y otras tantas noches (cortas) como corresponde a la estación. O sea, que ya vendrá el invierno, cuando, por estas latitudes, los días son cortos y las noches bastante más largas.