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Los 100 primeros
días del ejecutivo de Zapatero
han coincidido prácticamente con
el período de evaluación académico.
En estos términos, si tuviéramos
que valorar la acción del Gobierno
socialista de estos tres largos
meses lo calificaríamos con un aprobado.
Un aprobado holgado, tirando hacia
el bien.
Y es que Zapatero y su equipo han
implantado una nueva manera de hacer
las cosas. Han devuelto la política
al Congreso, han devuelto el diálogo.
Las formas, a veces, son tan o más
importantes que el fondo y Zapatero
lo sabe. También hay que reconocer
que su antecesor en el cargo le
puso las cosas fáciles: los últimos
años de Gobierno popular fueron
de una extrema tensión y prepotencia
de Aznar y los suyos que,
con un poco de mano izquierda, era
fácil caer mejor.
La cara de la acción de Gobierno
más tangible puede concretarse en
cuatro hechos. El primero, el restablecimiento
de la política internacional: el
Estado español ha vuelto a Europa
y ha visto la luz al fondo de un
largo túnel en que se había instalado
en política internacional. La retirada
de las tropas de Irak ha sido buena
prueba de ello. El segundo y no
por ello menos importante -al contrario-
ha sido la derogación de un transvase
del Ebro basado en buscar el enfrentamiento
entre territorios y favorecer los
intereses de los empresarios del
cemento, la especulación urbanística
y los campos de golf: el modelo
obsoleto de turismo de los populares.
También es altamente destacable
el compromiso de modificación de
la Ley de Estabilidad Presupuestaria
para que sean las comunidades las
que puedan decidir su propio nivel
de endeudamiento.
Pero detrás de una cara siempre
aparece la cruz. El Gobierno de
Zapatero y Montilla ha pecado
en timidez a la hora de reformar
algunas herencias de sus antecesores
populares así como las contradicciones
que han emergido entre ministros
a la hora de tramitar la Ley de
Horarios Comerciales o la de Subvenciones.
Además, ha faltado decisión para
derogar la LOCE, la denominada ley
de calidad de la enseñanza que sacó
masivamente a la calle a estudiantes,
profesores y padres. Se debería
haber llegado hasta el final.
Pero una vez pasados los cien primeros
días deberemos esperar otros 100
para hacer el verdadero balance
que permitirá desterrar algunas
dudas surgidas a lo largo de estos
meses. El balance de verdad. Será
entonces, poco después de iniciar
el nuevo curso, cuando el calendario
marcará el comienzo de la negociación
de los presupuestos para el 2005.
Las cuentas del Estado para el año
que viene serán la piedra de toque
del ejecutivo del PSOE y Esquerra
tiene claro que no podrá apoyarlas
sin un giro pronunciado a la izquierda
y un abandono de la excesiva concentración
de recursos en Madrid en detrimento
de las denominadas, por algunos,
'periferias'.
ERC no piensa asumir un papel de
conseguidor que busca únicamente
arrancar partidas presupuestarias
concretas para poder vender estos
logros y obtener con ellos réditos
electorales. La izquierda independentista
catalana asumió el compromiso sellado
por los tres partidos de progreso
catalanes y piensa defenderlo en
Madrid. El acuerdo del Saló del
Tinell es el marco que dio origen
al gobierno catalanista y de izquierdas,
un acuerdo de País, y éste será
la base de la negociación para los
presupuestos del 2005.
Unas cuentas en las que ERC tiene
bien claras sus prioridades: superar
el déficit endémico de infraestructuras
que padece el arco mediterráneo,
los Països Catalans; destinar partidas
para poder atender a la nueva inmigración
que llega en masa a tierras catalanas
y que está dejando vacías las arcas
de ayuntamientos y instituciones
que se están vaciando en esfuerzos
para poder dar una atención digna
a los nuevos catalanes; en materia
ambiental la implementación de protocolo
de Kioto; en el ámbito económico
redistribuir la presión fiscal de
manera que mejoren las condiciones
para las PYMES y los autónomos además
de invertir -en serio y no minucias-
en I+D+i. Por último, destinar recursos
para potenciar la lengua y cultura
catalanas. Sin cultura normalizada
para todas y todos los catalanes
no hay sociedad de progreso.
Dentro de 100 días el PSOE deberá
demostrar que la tan nombrada España
plural es una pretendida realidad
o bien una entelequia de algunos.
Deberá visualizarse si un sector
importante del partido que gobierna
el Estado apuesta por la pluralidad
como valor de riqueza y no como
un estorbo. Más allá de pronósticos,
lo único realmente seguro es que
acabará siendo el tiempo -como siempre-
quien ponga las cosas en su sitio.
En 100 días lo comprobaremos.
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