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Lo comentó un diputado
-no precisamente afecto al PP, sino
más bien todo lo contrario- en un
intervalo de la Comisión del 11-M:
"A ver, tú, que cómo se nota
que Acebes lleva un mes preparándose
a fondo su intervención. Ha dejado
muy pocos resquicios por donde poder
atacarle". Chico listo de colegio
de bien, con disciplina legionaria
cristiana -doble disciplina, por
cierto- y sucesor in péctore
de Mariano Rajoy como éste
no lo remedie, Ángel Acebes acudió
a la Comisión de Investigación del
11-M como el repelente niño resabido
que acudía en tiempos ha a los 'finales'
del colegio con los deberes hechos,
los libros memorizados, los datos
ordenados, la frente despejada y
clara y, además, vestido como de
respetable ejecutivo con un futuro
brillante. Una pesadilla, vamos.
Pero así fue. Acebes acudió a la
Comisión del 11-M a hacer política,
a vender su producto y lo hizo a
las mil maravillas. De entrada,
larguísima introducción que hacía
adivinar por dónde iba a transcurrir
el interrogatorio, y cuyo cauce
no fue otro que el que marcó el
ex ministro sin salirse ni un ápice
de su guión. Un guión de once folios
y muchos puntos, pero que, como
los Diez Mandamientos, se resume
en uno solo: hubo una gran conspiración
etarro-islamista dirigida por un
"autor intelectual" desconocido
que diseñó el brutal atentado, el
cual fue seguido por una confabulación
político-mediática interna para
rematar el deseo último de los terroristas,
es decir, cambiar el Gobierno de
Aznar. Todo lo demás son
asuntos sin mayor importancia.
Acebes fue todo contundencia -su
reconocimiento es de rigor- basada
en una inaudita conversión sauliana
a la inversa: ha interiorizado de
tal forma que está en la verdad,
que expresa lo que expresa absolutamente
convencido de que dice la verdad.
Donde hay convencimiento, no hay
pecado, y donde no hay pecado, no
tiene por qué haber expiación. Fue
contundente hasta en el juego de
palabras: "Yo no dije Titadyne"
en su rueda de prensa en la tarde
del 11-M. Y dice verdad, porque
lo que dijo fue que los terroristas
utilizaron el tipo de explosivo
"habitual" de ETA. Su teoría
es que el Gobierno no mintió, que
dijo sólo lo que la Policía le informaba
en cada momento y que lo hizo a
tiempo real. Y que solamente descartó
la 'pista prioritaria' de ETA en
la tarde-noche del sábado, cuando
se encontró y tradujo la cinta de
vídeo reivindicativa del atentado.
Sus coartadas estaban perfectamente
planificadas y ni siquiera el siempre
combativo Joan Puig, de ERC,
consiguió sacarle del todo de sus
casillas: bastaba con que el ministro
le dijera algo así como "y Carod-Rovira
más" para que el diputado nacionalista
perdiera el hilo de su argumentario.
En muchos aspectos Puig llevaba
más razón que el ex ministro, pero
resultaba menos convincente. Algo
parecido a lo que le ocurrió a Gaspar
Llamazares, más entrenado, quizá,
que Puig para, al menos, poner nervioso
a un chico de bien que tiene a 'los
de la pancarta' completamente atravesados.
Llamazares, más incisivo y, como
médico que es, más con el bisturí
sobre la llaga, sólo consiguió de
Acebes una muestra de mal talante,
pero no hacerle incurrir en contradicción
o en grave error. Acebes se presentó
realmente con la lección aprendida.
Pero no por ello se dice más verdad.
Después de diez horas y diez minutos
de comparecencia, es cierto que
Acebes salió incólume, o casi, del
interrogatorio. Curiosa sensación
la dejada por el ex ministro: dejó
algo así como un sentir general
de que no ha dicho la verdad, o
toda la verdad, pero sin que se
la haya podido pillar en flagrante
contradicción. Como se descuide
Rajoy -y puede que lo haga- le quitan
el cargo.
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