Gorka Knörr
La Europa insostenible
30/03/2005

No corren buenos tiempos para el proyecto europeo. Y, como algunos ya hemos repetido hasta la saciedad, no porque no haya una mayoría de ciudadanos y ciudadanas que quieren ese espacio de libertad y de justicia, de valores compartidos que debe representar la Unión Europea, sino porque una y otra vez las autoridades de los estados miembros se empeñan en hacer las cosas de modo y manera que es difícil que la ciudadanía europea se identifique con ese proyecto.

Es cierto que la construcción europea es un proceso complejo, que no se puede comparar miméticamente con la construcción democrática de un espacio más reducido como es el de un solo estado, por ejemplo. En un artículo que escribí en octubre del 2004, cuatro meses antes de celebrarse el referéndum sobre el Nuevo Tratado Europeo, yo señalaba lo siguiente a este respecto: "Es cierto que tanto el nacimiento de la CEE como el posterior desarrollo de la llamada "integración europea", son procesos singulares, sin parangón en la escena mundial, y que, por lo tanto, configuran la construcción de un espacio económico, político y cultural supraestatal de indudable alcance e importancia. Es, por lo tanto, un proceso al que en principio resultaría no aplicable un método de construcción y de cambios estructurales como el que se aplicaría a escalas estatales. Así ha sido durante décadas. Debemos ser conscientes de ello. Pero no hasta el punto de aceptar una suerte de determinismo o fatalismo europeísta que pretende convencernos de que esto es lo que hay y que, como aquello de la democracia, no hay otro modelo mejor, y, por lo tanto, procede aceptarlo, sin más explicaciones".

Sin embargo, no solamente es cierto sino que resulta evidente que algo se está haciendo mal cuando la ciudadanía europea da la espalda a sus dirigentes en las urnas, protagonizando unas cifras escandalosas de abstención, tanto en los comicios europeos como cuando más recientemente, en el estado español, se les llama a ratificar un texto del que se dice nada menos que va a ser su Constitución. Hay pues una tremenda contradicción entre los propósitos de aquella cumbre de Laeken que marcaban el camino para la reforma estructural de la Unión, y los resultados que se están obteniendo en términos de identificación de la ciudadanía europea con el proyecto que representa la Unión Europea. Parece que nadie escarmentó tras aldabonazos como el rechazo de Irlanda al Tratado de Niza, por ejemplo. Es cierto que se emprendió el camino de la Convención Europea para acabar con el método Intergubernamental de cambio de los Tratados de la UE, pero, al final, quienes decidieron fueron los de siempre, reunidos a puerta cerrada, desfigurando a su antojo los trabajos de más de 2 años de Convención Europea, para ajustarlos, en gran medida, a los intereses prevalentes de los estados. Nada de compromisos en materia social que vayan más allá de enunciados voluntariosos, nada de hincar el diente a la política fiscal común, nada de aventuras en materia "regional", y tantas otras cosas.

Si se quiere que la ciudadanía europea apruebe un nuevo texto, llamado constitucional, ¿cómo es posible que ni se les ocurriera a los dirigentes europeos pasar ese texto por el Parlamento Europeo, aunque solamente fuera para guardar las apariencias? ¿Cómo pretenden luego que vayamos como corderitos a elegir un Parlamento que no puede más que dar su opinión a un texto constitucional, cuando las constituciones, salvo las de las dictaduras, deben salir de los Parlamentos?


Dos acontecimientos de calado

Y tras ello, se producen dos acontecimientos que en modo alguno han de pasar desapercibidos. El primero se refiere al Pacto de Estabilidad, y el segundo al terremoto que han significado las encuestas sobre el posible resultado del referéndum sobre el Nuevo Tratado en Francia.

Acerca del primero, resulta revelador que se cambien las reglas de juego cuando los problemas afectan a Alemania y a Francia. Ya casi nadie recuerda los debates que se suscitaron por la falta de disciplina presupuestaria, por ejemplo, de Portugal o de Italia, y mucho menos de los rifirrafes que mantuvo la República de Irlanda cuando pretendió mantener su modelo de crecimiento. Entonces primaba aquello de que las reglas son para todos las mismas. Y yo lo recuerdo especialmente, puesto que como miembro de la Comisión de Asuntos Económicos y Monetarios del Parlamento Europeo me tocó encargarme del Informe sobre adaptación del método de cálculo del déficit excesivo.

Ahora no. Ahora la prioridad es sacar de apuros a algunos estados, y flexibilizar las reglas, reglas cuya observancia tantos sacrificios ha costado a otros estados miembros. Y eso tiene una lectura demoledora, y hace el discurso más fácil a quienes se oponen a un proyecto europeo fuerte y compartido.

Y ahora que toca referéndum en Francia, les tiemblan las piernas no solamente al Presidente Chirac y al secretario general del Partido Socialista francés, François Hollande, sino a los burócratas de Bruselas. No será porque no se les advirtió a tiempo. El ex primer ministro francés Laurent Fabius ya dijo en su día que había que tener cuidado con determinadas directivas de liberalización a ultranza, por ejemplo en materia de servicios públicos, y exigió medidas cabales para despejar las incógnitas que la deslocalización industrial arrojaban sobre la ciudadanía. El debate en el seno del socialismo francés evidenció que un 40% de los socialistas votaría en contra del Nuevo Tratado de la Unión. Y más tarde, la votación interna en los Verdes de Francia arrojó un preocupante 42% de opositores al Nuevo Tratado. Nadie se debe sorprender, en consecuencia, de lo que dicen los sondeos sobre el próximo referéndum en Francia.

El proyecto europeo ha de ser un proyecto sostenible, no solamente porque la sostenibilidad se mencione en sus políticas sectoriales, como valor del siglo XXI, sino porque la propia Unión se proyecte como modelo estructuralmente sostenible. Para ello se requiere actuar de otra manera, hacer realidad el protagonismo de la ciudadanía, acabar con las reuniones a puerta cerrada, dar protagonismo a los pueblos europeos. Giscard d´Estaing, presidente de la Convención Europea, cuando conoció los resultados obtenidos por el 'no' a la Cosntitución Europea en Euskadi y Cataluña, dijo que no tenemos un enemigo en Bruselas, que tenemos que resolver nuestros problemas con Madrid. De acuerdo. ¿Pero qué hacemos cuando una Convención Europea que ha estado reunida durante más de dos años, solamente fue capaz de dedicar una mañana al llamado "tema regional", y porque se insistió en ello hasta el aburrimiento? ¿Alguien se cree que esta Europa de los 25 es realmente sostenible cuando pueblos como el nuestro, o como importante regiones y estados federados son relegados a simples observadores, mientras pequeños estados tienen papel estelar en el reparto y cuentan con europarlamentarios, comisarios europeos y votos en el Consejo?

Siempre estaremos a tiempo de cambiar las cosas, a condición de que haya voluntad política para ello. Pero los dirigentes europeos, enfrascados en sus propios intereses internos y entrampados en sus estrategias electorales, no parecen estar por la labor. Se aventura una Europa insostenible, a la que se le irán poniendo parches, como ha sucedido hasta ahora, y una ciudadanía europea cada día más alejada, y quizás resignada, con respecto al proyecto de la Unión. Una ciudadanía a la que le llegue a parecer, parafraseando a lo que Hippolyte Taine decía sobre un fumador de opio, que el único medio eficaz para soportar a Europa sea acaso olvidarse de ella.