Enrique Arias Vega
Seis papas
01/04/2005

Cuando sea elegido el sucesor de Juan Pablo II, uno habrá visto ya seis papas. El primero fue un hombre austero y aristocrático, distante y tradicional: Eugenio Pacelli, Pío XII. Nada amante del riesgo ni de la experimentación, su quietismo ante muchos horrores de la Segunda Guerra Mundial fue criticado hasta con exceso en alguna obra como El Vicario, de Rolf Hochhut -recientemente llevada al cine-, en la que se reprochaba su apatía frente al nazismo.

En un contraste radical, su sucesor, el extrovertido y afable Ángel José Roncalli, Juan XXIII, abrió las puertas de la Iglesia de par en par. Se cargó la vetusta liturgia secular, dio mayor participación en ella a los laicos, equiparó en cierto sentido otras religiones a la católica y contemporizó con los no creyentes. Para el sector eclesiástico más conservador, menos mal que su pontificado duró sólo cuatro años y medio: si no, no habría dejado títere con cabeza.

Le sucedió en 1963 un hombre tan ascético como Pacelli: Juan Bautista Montini, Pablo VI. Siguió la senda trazada por su predecesor en el Concilio Vaticano II, pero procuró mitigar sus consecuencias. En cualquier caso, la década de los 60 y el comienzo de los 70 vieron cómo muchos católicos abandonaban la Iglesia. ¿Qué habría hecho, para remediarlo, el siguiente Papa, Albino Luciani, Juan Pablo I? Imposible saberlo, ya que su efímero pontificado duró 33 días.

Karol Wojtyla, Juan Pablo II, sí que lo tuvo claro desde un principio: recuperar la presencia pública de la Iglesia en una sociedad gestual y mediática. Viajero infatigable, gran comunicador y apóstol de la modernidad formal, ha fustigado en cambio cualquier desviación doctrinal de la ortodoxia, como se visualizó en la bronca a pie de avión que propinó al sacerdote Ernesto Cardenal, entonces ministro en la Nicaragua sandinista.

Pese a los esfuerzos de Juan Pablo II, "la Iglesia no va bien", como reconocían en reciente carta pastoral los obispos vascos -incluido Ricardo Blázquez-, para quienes "el presente es crudo, y el futuro, sombrío". Con esa difícil realidad deberá apechugar, pues, el sucesor de Wojtyla, a quien no le faltarán retos doctrinales, desde los nuevos desafíos de la bioética y la sexualidad hasta el papel de la mujer en la Iglesia. Todo un apasionante panorama.