Cuando sea elegido el sucesor de Juan Pablo II, uno
habrá visto ya seis papas. El primero fue un hombre austero
y aristocrático, distante y tradicional: Eugenio Pacelli,
Pío XII. Nada amante del riesgo ni de la experimentación,
su quietismo ante muchos horrores de la Segunda Guerra Mundial
fue criticado hasta con exceso en alguna obra como El Vicario,
de Rolf Hochhut -recientemente llevada al cine-, en
la que se reprochaba su apatía frente al nazismo.
En un contraste radical, su sucesor, el extrovertido y afable
Ángel José Roncalli, Juan XXIII, abrió las puertas de
la Iglesia de par en par. Se cargó la vetusta liturgia secular,
dio mayor participación en ella a los laicos, equiparó en
cierto sentido otras religiones a la católica y contemporizó
con los no creyentes. Para el sector eclesiástico más conservador,
menos mal que su pontificado duró sólo cuatro años y medio:
si no, no habría dejado títere con cabeza.
Le sucedió en 1963 un hombre tan ascético como Pacelli: Juan
Bautista Montini, Pablo VI. Siguió la senda trazada por
su predecesor en el Concilio Vaticano II, pero procuró mitigar
sus consecuencias. En cualquier caso, la década de los 60
y el comienzo de los 70 vieron cómo muchos católicos abandonaban
la Iglesia. ¿Qué habría hecho, para remediarlo, el siguiente
Papa, Albino Luciani, Juan Pablo I? Imposible saberlo,
ya que su efímero pontificado duró 33 días.
Karol Wojtyla, Juan Pablo II, sí que lo tuvo claro
desde un principio: recuperar la presencia pública de la Iglesia
en una sociedad gestual y mediática. Viajero infatigable,
gran comunicador y apóstol de la modernidad formal, ha fustigado
en cambio cualquier desviación doctrinal de la ortodoxia,
como se visualizó en la bronca a pie de avión que propinó
al sacerdote Ernesto Cardenal, entonces ministro en
la Nicaragua sandinista.
Pese a los esfuerzos de Juan Pablo II, "la Iglesia no va
bien", como reconocían en reciente carta pastoral los
obispos vascos -incluido Ricardo Blázquez-, para quienes
"el presente es crudo, y el futuro, sombrío". Con esa
difícil realidad deberá apechugar, pues, el sucesor de Wojtyla,
a quien no le faltarán retos doctrinales, desde los nuevos
desafíos de la bioética y la sexualidad hasta el papel de
la mujer en la Iglesia. Todo un apasionante panorama.
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