Lo fue desde el primer
día. Se asomó a la loggia de la gran basílica con humildad,
con apenas un temblor en la sonrisa, y habló en italiano a
los fieles reunidos en la plaza de San Pedro…. Pero también
a los millones que le veían por la televisión. " Vengo
de un país lejano, pero muy cercano en la fe..". Era insólito.
Ningún Papa había pronunciado palabra en ese momento de temblor,
cuando el peso de la elección se debe sentir con la gravedad
del plomo bajo el nivel del mar. "Y si me equivoco con
el italiano me corregiréis"…. Dos veces insólito para
un pontífice que daba sus primeros pasos como Santo Padre,
y que se ganó en unos segundos el cariño de la ciudad de Roma.
No es fácil tenerlo. El último Papa no italiano antes de Juan
Pablo II había sido Adriano de Utrecht, un holandés,
preceptor del emperador Carlos I de España, que conoció
la noticia en tierras hoy alavesas, cuando preparaba la guerra
contra el francés Francisco I. Adriano llegó a Roma
con malos humos, dispuesto a terminar con el lujo de una corte
de artistas, poetas y retóricos, y la ciudad le aborreció,
y dio gracias al cielo de que se lo hubiera llevado.
Este nuevo Papa extranjero era diferente, sabía en qué lugar
situarse, sabía templar la voz, y dirigirse al público, conocía
los resortes necesarios de la oratoria y de la retórica para
ganarse la simpatía de las gentes. Lo había probado en las
parroquias de Cracovia, y lo había aprendido, mucho antes,
en las obras de teatro clandestino que armaba con sus compañeros
de Universidad. Desde aquella noche del 16 de octubre de 1978,
Juan Pablo II no ha dejado de fabricar iconos, imágenes reveladoras,
toda una teología catódica en la que ha puesto lo mejor de
su magisterio. Nunca antes un Papa ha sabido traducir en escenas
el mensaje de Cristo. Woytila cruzó el Tíber para rezar
junto con el Gran Rabino Toaff en la sinagoga de Roma.
¡Cuántos años de desencuentros rotos en ese abrazo! ¡Cuánta
mala conciencia de los romanos lavada en esa escena en la
que el Papa llamaba a los judíos los hermanos mayores de los
católicos. Poco después Woytila reunía a budistas, sintoístas,
animistas, indios americanos con sus plumas adornando las
pieles rojas, sintoístas japoneses, ortodoxos, protestantes,
en aquellas jornadas de oración ecuménica en Asís, al amparo
del poverello. Le vimos postrado en Auschwitz, recogido en
el Museo del Holocausto, absorto en el Muro de las lamentaciones.
Y le hemos visto enfermo, en ese calvario que comenzó en la
plaza de San Pedro, cuando la bala de Agca le partió el abdómen
para segar la fuerza con la que ya empujaba el muro de la
vergüenza comunista.
El papado no habría sido lo mismo sin la televisión, ese medio
capaz de llevar el mensaje hasta los últimos rincones de la
tierra. El pastor Woytila siempre ha sido consciente de que
la grey se pastorea a través de las ondas hertzianas. Su carisma
era multiplicado por millones. Pero yo le visto dominar grandes
y pequeños escenarios. Cuando en los viajes papales, en el
avión que nos llevaba a Manila, o a Ciudad de Guatemala, en
rutas agotadoras, el Papa salía a charlar con los periodistas,
se establecía la misma comunicación que en los grandes auditorios,
cuando ante cientos de miles de personas, Juan Pablo II alargaba
las ceremonias más allá de la prudencia protocolaria, y pasaba
horas antes concentraciones de jóvenes que ningún otro líder
mundial ha sido capaz de reunir. ¿Qué los jóvenes le han seguido
pero no le han obedecido? Eso forma parte del misterio. El
sabía cuál era su misión en el mundo. Hacer un balance del
papado en esta hora difícil y oscura es imposible. Tendrán
que pasar muchos años para que el tiempo dibuje la verdadera
dimensión de un pontificado que ha puesto semillas que tardarán
en florecer. Cuando Woytila muera habremos perdido a uno de
los grandes comunicadores del siglo XX. Pero también a un
hombre que nos hablaba desde la identidad y desde la memoria,
sin complejos, con valentía, imposible de clasificar en los
romos y limitados esquemas de la política o de la vida civil,
a una conciencia mundial.
De Juan Pablo II nos quedarán muchos mensajes, pero también
una buena colección de imágenes, estampas de un gigante colosal,
y también otras muchas que no han podido ser: no le hemos
visto en Moscú, verdadero sueño de este hombre que ayudó como
nadie a derribar el muro pero se encontró después con la hostilidad
ortodoxa o con la indiferencia de unas gentes que abrazaron
primero las luces de neón del capitalismo. Imposible olvidar
a aquel pontífice que levantaba la cruz en Managua, para que
los católicos del fondo, arrinconados y silenciados por la
vociferante tropa sandinista pudieran escuchar sus palabras.
Imposible dejar en el olvido las escenas de la Plaza de la
revolución en La Habana, donde Cristo compartía escenario
con el perfil extraviado de Guevara. Difícil de echar en el
olvido su cabeza cubierta con el casco de los obreros bolivianos,
regalo de uno de los mineros que le pidió que no se olvidara
de ellos y que defendiera sus derechos. Son escenas que ilustran
uno de los testimonios más trascendentes de este tiempo.
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