Hay elecciones en el País Vasco dentro de dos semanas exactamente,
pero el resto de España vive ajena al hecho, quizás porque
entre la agonía del Papa y las nuevas averiguaciones del 11-M,
las noticias de una nueva campaña electoral -y van cuatro
en un año- se nos ofrecen al final de los telediarios. O,
a lo peor, porque estamos tan resignados a una victoria de
los nacionalistas que tenemos aplazada la tragedia en el subconsciente
hasta el día, aún no tan próximo pero sí inevitable, en que
Ibarretxe mande a Madrid su plan de separación de España.
Recién empezada, la campaña vasca nos suena a hueca. Ahí está
María San Gil, desgañitándose en defensa de la libertad
ante un páramo de pueblo que tan poco la aprecia; López, reconvertido
en únicamente Patxi para parecer más vasco en los carteles,
tanto marketing y tan poca sustancia. E Ibarretxe,
dando palmaditas de aliento a Batasuna en negro y blanco,
situándose ante los vascos y las vascas en la centralidad
de ETA y Madrid, aspirante a ganador de los premios al cinismo
político y a las frases grandiosamente vacías de contenido.
La emoción de unas elecciones, saber quien ganará, no existe
esta vez. Ganará el PNV, gobernarán los nacionalistas. La
incógnita se sitúa a varios meses vista y su protagonista
es Zapatero. Qué hará el presidente del Gobierno cuando
tenga encima de la mesa el plan que quiere partir España,
si seguirá dándole vueltas... si se enfrentará a los secesionistas
al fin. Una incógnita mucho mayor que la que los vascos despejarán
dentro de dos domingos en las urnas. |