Algunos periodistas, que seguimos más o menos por libre la
campaña electoral vasca, nos hallábamos ya en San Sebastián
para asistir, el domingo, al mítin del Partido Socialista
en el que participaría Zapatero junto a Patxi López,
cuando nos llegó el anuncio de la muerte del Papa, sábado
a las 21,37 horas. Menos de una hora después, los partidos
principales anunciaban la suspensión de la jornada de campaña
dominical. Cambio de programas ante la jornada de luto y ante
la conmoción mundial por el fallecimiento de una figura que
ha llenado la actualidad política y social, además, claro,
de religiosa, durante más de un cuarto de siglo.
No ha sido el de la suspensión por un día de la campaña del
PSE, PP y PNV el único cambio en la programación de los políticos,
muchos de los cuales, pese al paréntesis, se apresuraron a
ofrecer a la prensa su valoración de la figura de Juan
Pablo II. Cuando escribo esta crónica, se desconoce aún
quién acudirá a los funerales de Estado, pero no cabe duda
de que Zapatero, el hombre que tanto se ha confrontado con
la Iglesia en España, será quien encabece la delegación de
nuestro país, como manifestó de inmediato el ministro de Justicia
y encargado civil de los asuntos religiosos, Juan Fernando
López Aguilar. Por lo que respecta a la familia real,
ayer estaban a la espera de que el Vaticano, o sea el riojano
monseñor Martínez Somalo, que es el camarlengo y quien
manda ahora en el Estado papal, fije el protocolo de las exequias.
Pero alguien acudirá, qué duda cabe.
Existe, pese a que la muerte de Juan Pablo II no se produjo
de manera inesperada, como un desconcierto en la vida civil
española ante el vacío que deja un Papa cuya sintonía no pasaba
demasiado por las perspectivas y pensamientos del actual Gobierno
español, que ha hecho de la laicidad una de sus principales
banderas. Pero ahora se abre la ocasión de mostrar el respeto
--y Zapatero y sus ministros lo han hecho impecablemente--
por una figura cuyas connotaciones iban bastante más allá
de los aspectos estrictamente religiosos...Y hay que tener
en cuenta que la religión, y también la ausencia de ella,
es una parcela decisiva en la persona, también en su actitud
frente a las cosas del Gobierno.
Todos coinciden, en suma, en destacar que se abre una nueva
era también para las relaciones entre el Estado español y
la Iglesia católica. Hasta ahora, han sido difíciles, tensas,
y probablemente no se puedan achacar las culpas a una sola
de las partes en liza. Ahora, en el curso de pocos días, ha
cambiado el presidente de la Conferencia Episcopal española,
sustituyendo a monseñor Rouco una figura, como la de monseñor
Blázquez, considerada mucho más flexible que su predecesor.
Y cambia la figura de Karol Wojtyla por la de un cardenal
aún desconocido, pero que no podrá gobernar la Iglesia como
lo ha hecho Juan Pablo II, ni sin duda tendrá las mismas características
que el Papa fallecido.
El próximo Papa habrá de instaurar nuevos modos y quizá nuevas
permisividades, eliminando algunos vetos. Y, desde luego,
una nueva diplomacia en el Vaticano, no tan escorada hacia
posiciones fuertemente conservadoras y controladas por las
organizaciones menos progresistas en el seno de la Iglesia.
Todo ello, de suceder como resulta previsible, facilitaría
la instauración de nuevas y más fáciles relaciones que las
que han venido caracterizando las existentes entre el poder
espiritual y el terrenal en España. Y se eliminaría un foco
de tensiones en la gobernación de un Zapatero que de la mejora
de los lazos con la Iglesia y con Washington ha hecho dos
ejes importantes de su actividad para este 2005 que viene
lleno, ya se está viendo, de cambios.
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