Fernando Jaúregui
Cambios de programas
03/04/2005

Algunos periodistas, que seguimos más o menos por libre la campaña electoral vasca, nos hallábamos ya en San Sebastián para asistir, el domingo, al mítin del Partido Socialista en el que participaría Zapatero junto a Patxi López, cuando nos llegó el anuncio de la muerte del Papa, sábado a las 21,37 horas. Menos de una hora después, los partidos principales anunciaban la suspensión de la jornada de campaña dominical. Cambio de programas ante la jornada de luto y ante la conmoción mundial por el fallecimiento de una figura que ha llenado la actualidad política y social, además, claro, de religiosa, durante más de un cuarto de siglo.

No ha sido el de la suspensión por un día de la campaña del PSE, PP y PNV el único cambio en la programación de los políticos, muchos de los cuales, pese al paréntesis, se apresuraron a ofrecer a la prensa su valoración de la figura de Juan Pablo II. Cuando escribo esta crónica, se desconoce aún quién acudirá a los funerales de Estado, pero no cabe duda de que Zapatero, el hombre que tanto se ha confrontado con la Iglesia en España, será quien encabece la delegación de nuestro país, como manifestó de inmediato el ministro de Justicia y encargado civil de los asuntos religiosos, Juan Fernando López Aguilar. Por lo que respecta a la familia real, ayer estaban a la espera de que el Vaticano, o sea el riojano monseñor Martínez Somalo, que es el camarlengo y quien manda ahora en el Estado papal, fije el protocolo de las exequias. Pero alguien acudirá, qué duda cabe.

Existe, pese a que la muerte de Juan Pablo II no se produjo de manera inesperada, como un desconcierto en la vida civil española ante el vacío que deja un Papa cuya sintonía no pasaba demasiado por las perspectivas y pensamientos del actual Gobierno español, que ha hecho de la laicidad una de sus principales banderas. Pero ahora se abre la ocasión de mostrar el respeto --y Zapatero y sus ministros lo han hecho impecablemente-- por una figura cuyas connotaciones iban bastante más allá de los aspectos estrictamente religiosos...Y hay que tener en cuenta que la religión, y también la ausencia de ella, es una parcela decisiva en la persona, también en su actitud frente a las cosas del Gobierno.

Todos coinciden, en suma, en destacar que se abre una nueva era también para las relaciones entre el Estado español y la Iglesia católica. Hasta ahora, han sido difíciles, tensas, y probablemente no se puedan achacar las culpas a una sola de las partes en liza. Ahora, en el curso de pocos días, ha cambiado el presidente de la Conferencia Episcopal española, sustituyendo a monseñor Rouco una figura, como la de monseñor Blázquez, considerada mucho más flexible que su predecesor. Y cambia la figura de Karol Wojtyla por la de un cardenal aún desconocido, pero que no podrá gobernar la Iglesia como lo ha hecho Juan Pablo II, ni sin duda tendrá las mismas características que el Papa fallecido.

El próximo Papa habrá de instaurar nuevos modos y quizá nuevas permisividades, eliminando algunos vetos. Y, desde luego, una nueva diplomacia en el Vaticano, no tan escorada hacia posiciones fuertemente conservadoras y controladas por las organizaciones menos progresistas en el seno de la Iglesia. Todo ello, de suceder como resulta previsible, facilitaría la instauración de nuevas y más fáciles relaciones que las que han venido caracterizando las existentes entre el poder espiritual y el terrenal en España. Y se eliminaría un foco de tensiones en la gobernación de un Zapatero que de la mejora de los lazos con la Iglesia y con Washington ha hecho dos ejes importantes de su actividad para este 2005 que viene lleno, ya se está viendo, de cambios.