Vivió sin miedo.
Se notaba en la fuerza que tenía al andar, al hablar y al
mirar. Ahí radicaba su indomable fuerza y su ilimitado potencial
de comunicación. Juan Pablo II se apagó en unas horas
tras iluminar la Iglesia más de un cuarto de siglo. Este polaco
creyente en Jesucristo y en María, bajo la advocación de Virgen
de Chestacova -sus dos pilares, sus dos principios, sus dos
amores-, acabó con la guerra fría, desmanteló el comunismo
después de setenta y dos años de mentiras y asesinatos ininterrumpidos
y derribó con la firmeza del diálogo el muro de Berlín. Él
contribuyó más que nadie a que la democracia se instalara
definitivamente en la Europa del Este y hasta en la misma
URSS. Este actor teatral en sus años mozos, este peregrino
de la esperanza, supo aprovechar la causa de la libertad como
elemento esencial para la dignificación del género humano.
Ningún pontífice romano ha sido tan querido en la historia;
ninguno ha predicado como él el Evangelio por todos los confines
de la tierra. Juan Pablo II ha sobrellevado su calvario con
la abnegación de un siervo de Dios. Hasta el último momento
ha mantenido la lucidez, negándose a volver a la clínica Gemelli
para que lo entubaran. Ha muerto un hombre en el buen sentido
de la palabra bueno; nos queda el recuerdo de un sacerdote
de oración, de silencio, de paz. Un hombre defensor de los
derechos humanos y de la vida.
Juan Pablo II pasará a la historia, también, como el gran
amigo de los jóvenes. Nunca les reprendía. Les animaba a vivir
una existencia digna, plena, sin drogas, sin tabúes, una vida
cristiana pegada al trabajo. Por eso le cantaban siempre lo
de "¡Juan Pablo II, te quiere todo el mundo¡". Y él
sonreía agradecido, tocando palmas. Su avariciosa voz de enamorado
le llevó a cantar en todas las latitudes y en todas las lenguas.
Abrió caminos cortados para la Iglesia, en Rusia y China;
denunció la injusticia, el sida y el hambre en Sudamérica,
África y Oceanía, y se abrazó con ortodoxos, musulmanes, protestantes
y anglicanos "porque, todos somos hijos -decía- del mismo
Dios".
El Papa Woytila deja un legado enriquecedor a las generaciones
venideras. De hecho, ha sido el personaje mundial más influyente
de las últimas décadas, desde el minúsculo estado del Vaticano.
Su magisterio guiará a sus sucesores y a la curia durante
todo este siglo. Católicos y no católicos le lloran por igual
mientras todos rezan por su eterno descanso. Se lo tiene ganado.
El papa que llegó del frío, de la verde Cracovia, y al que
el turco Alí Agca le disparó por orden del Kremlin, en colaboración
con los servicios secretos búlgaros- nos reconcilió con la
Iglesia redentora, con la iglesia de los pobres, de los necesitados,
de los marginados; con la iglesia real de la Madre Teresa
de Calcuta, con la iglesia misionera, con la iglesia que
está siempre cerca de los seres humanos que sufren más allá
de su credo, color o religión. El último obispo de Roma ha
sido amado como nadie por los italianos. La peregrinación
constante hasta la plaza de San Pedro, de fieles y curiosos
llegados de todo el mundo para recibir su bendición cada domingo,
nos recuerda que su carisma traspasaba todas las fronteras
e ideologías.
Fue un líder. Ha muerto tras concelebrar la misa en la mitad
de la noche, cuando el alba se asomaba a este abril recién
estrenado. Aprendimos con él, lustro tras lustro, que no hay
que tener miedo ni al propio miedo. Que la fe todo lo puede.
Ahí, ahí radica la verdadera génesis de la libertad. La libertad
individual y colectiva. Este esquiador, andariego y hombre
de acción, este santo de nuestro tiempo, creía firmemente
en que el secreto de la felicidad era muy simple: dar y darse.
Entregarse y perdonar al prójimo sin perder la sonrisa, porque
"un día sin risa o un día sin amor es-era un día sin vida".
San Pedro, con una sonrisa, le estaba esperando a las puertas
del cielo.
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