Antonio Regalado
Sin miedo al miedo
03/04/2005
Vivió sin miedo. Se notaba en la fuerza que tenía al andar, al hablar y al mirar. Ahí radicaba su indomable fuerza y su ilimitado potencial de comunicación. Juan Pablo II se apagó en unas horas tras iluminar la Iglesia más de un cuarto de siglo. Este polaco creyente en Jesucristo y en María, bajo la advocación de Virgen de Chestacova -sus dos pilares, sus dos principios, sus dos amores-, acabó con la guerra fría, desmanteló el comunismo después de setenta y dos años de mentiras y asesinatos ininterrumpidos y derribó con la firmeza del diálogo el muro de Berlín. Él contribuyó más que nadie a que la democracia se instalara definitivamente en la Europa del Este y hasta en la misma URSS. Este actor teatral en sus años mozos, este peregrino de la esperanza, supo aprovechar la causa de la libertad como elemento esencial para la dignificación del género humano.

Ningún pontífice romano ha sido tan querido en la historia; ninguno ha predicado como él el Evangelio por todos los confines de la tierra. Juan Pablo II ha sobrellevado su calvario con la abnegación de un siervo de Dios. Hasta el último momento ha mantenido la lucidez, negándose a volver a la clínica Gemelli para que lo entubaran. Ha muerto un hombre en el buen sentido de la palabra bueno; nos queda el recuerdo de un sacerdote de oración, de silencio, de paz. Un hombre defensor de los derechos humanos y de la vida.

Juan Pablo II pasará a la historia, también, como el gran amigo de los jóvenes. Nunca les reprendía. Les animaba a vivir una existencia digna, plena, sin drogas, sin tabúes, una vida cristiana pegada al trabajo. Por eso le cantaban siempre lo de "¡Juan Pablo II, te quiere todo el mundo¡". Y él sonreía agradecido, tocando palmas. Su avariciosa voz de enamorado le llevó a cantar en todas las latitudes y en todas las lenguas. Abrió caminos cortados para la Iglesia, en Rusia y China; denunció la injusticia, el sida y el hambre en Sudamérica, África y Oceanía, y se abrazó con ortodoxos, musulmanes, protestantes y anglicanos "porque, todos somos hijos -decía- del mismo Dios".

El Papa Woytila deja un legado enriquecedor a las generaciones venideras. De hecho, ha sido el personaje mundial más influyente de las últimas décadas, desde el minúsculo estado del Vaticano. Su magisterio guiará a sus sucesores y a la curia durante todo este siglo. Católicos y no católicos le lloran por igual mientras todos rezan por su eterno descanso. Se lo tiene ganado. El papa que llegó del frío, de la verde Cracovia, y al que el turco Alí Agca le disparó por orden del Kremlin, en colaboración con los servicios secretos búlgaros- nos reconcilió con la Iglesia redentora, con la iglesia de los pobres, de los necesitados, de los marginados; con la iglesia real de la Madre Teresa de Calcuta, con la iglesia misionera, con la iglesia que está siempre cerca de los seres humanos que sufren más allá de su credo, color o religión. El último obispo de Roma ha sido amado como nadie por los italianos. La peregrinación constante hasta la plaza de San Pedro, de fieles y curiosos llegados de todo el mundo para recibir su bendición cada domingo, nos recuerda que su carisma traspasaba todas las fronteras e ideologías.

Fue un líder. Ha muerto tras concelebrar la misa en la mitad de la noche, cuando el alba se asomaba a este abril recién estrenado. Aprendimos con él, lustro tras lustro, que no hay que tener miedo ni al propio miedo. Que la fe todo lo puede. Ahí, ahí radica la verdadera génesis de la libertad. La libertad individual y colectiva. Este esquiador, andariego y hombre de acción, este santo de nuestro tiempo, creía firmemente en que el secreto de la felicidad era muy simple: dar y darse. Entregarse y perdonar al prójimo sin perder la sonrisa, porque "un día sin risa o un día sin amor es-era un día sin vida". San Pedro, con una sonrisa, le estaba esperando a las puertas del cielo.