Paco Vilariño
Papolatría
08/04/2005

Viendo las honras fúnebres de Juan Pablo II se tiene la sensación de haber asistido al mayor espectáculo del mundo. La liturgia, el ceremonial, la pompa, en suma, poco, por no decir nada, tienen que ver con la simplicidad del hijo de un carpintero que era sencillo entre los sencillos y pobre entre los pobres. La homilía del cardenal decano, el afortunadamente cesado como presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex- Santo Oficio), el alemán Joseph Ratzinger fue una laudatio halagadora del difunto. Quizá porque, a la par que el recuerdo al Papa que vino del frío, en el fondo, el Gran Inquisidor, por elevación, aprovechaba para justificarse urbi et orbi. Que el canon de la misa, la plegaria eucarística, fuese el número uno, conocido también como canon romano, tenía un tufillo a Trento, al de la misa conocida como de San Pío V, por el pontífice que, en plena Contrarreforma, la introdujo como norma universal. Eso sí, todo muy coherente con la esencia mediática del finado que, hasta dar con su cuerpo en la sepultura, ha sido una estrella de primera magnitud.

Hereje como uno es, aparte de seguir la norma de esta casa: "irreverente pero irreprochable", lo del culto a la personalidad, especie de bálsamo de Fierabrás o parche Sor Virginia utilizado por los marxistas-leninistas para deshacerse de dirigentes incómodos, ha tenido su paradigma en el desaparecido obispo de Roma. Porque, efectivamente, los veintiséis años de pontificado de Karol Wojtila han sido, en buena medida, veintiséis años de culto a la personalidad, a su personalidad. Algo así como cinco lustros y pico de papolatría. O, si lo prefieren, el irresistible encanto del conservadurismo añejo en envase ultramoderno. ¡Ah, la vieja sabiduría escenográfica vaticana!

Los hagiógrafos de Juan Pablo II, sucesor de Pedro y obispo de Roma, hablan de su figura grandiosa y de lo beneficiosa que ha sido para la propagación del Evangelio, la buena nueva anunciada por Jesús. Ciertamente, cada uno habla de la feria según le fue en ella. Y, ni que decir tiene, que a los hagiógrafos -ante et post mortem-del Papa polaco, de momento, les ha ido divinamente (y nunca mejor dicho). ¿Representa eso una mayor implantación de los valores cristianos en la sociedad desacralizada del siglo XXI? Témome que no. Juan Pablo II fue un fenómeno mediático de primerísimo orden. Punto. La esencia del mensaje cristiano es otra. Más sencilla, pero también mucho más exigente. Y en contradicción con él entran, por ejemplo, los montajes de la Iglesia Católica, como también la doctrina calvinista de la predestinación o la luterana de la justificación sólo por la fe. El mensaje de Jesús de Natzareth, el código de conducta de los cristianos, es y será el contenido en el Sermón de la Montaña y en la angustiosa oración de quien, abandonado y traicionado por todos, en el huerto de Getsemaní, nos abrió la puerta de la esperanza más allá de toda esperanza.

Ha caído el telón sobre el escenario de la romana plaza de San Pedro. El cuerpo de Juan Pablo II reposa en su sepultura. El duelo de los grandes de este mundo que acudió a sus exequias se da por despedido... Y, el lunes próximo, la atención mediática estará volcada en el cónclave que ha de elegir al sucesor de Wojtila. La vida como el espectáculo debe continuar.