Viendo
las honras fúnebres de Juan Pablo II se tiene la sensación
de haber asistido al mayor espectáculo del mundo. La liturgia,
el ceremonial, la pompa, en suma, poco, por no decir nada,
tienen que ver con la simplicidad del hijo de un carpintero
que era sencillo entre los sencillos y pobre entre los pobres.
La homilía del cardenal decano, el afortunadamente cesado
como presidente de la Congregación para la Doctrina de la
Fe (ex- Santo Oficio), el alemán Joseph Ratzinger fue
una laudatio halagadora del difunto. Quizá porque, a la par
que el recuerdo al Papa que vino del frío, en el fondo, el
Gran Inquisidor, por elevación, aprovechaba para justificarse
urbi et orbi. Que el canon de la misa, la plegaria eucarística,
fuese el número uno, conocido también como canon romano, tenía
un tufillo a Trento, al de la misa conocida como de San Pío
V, por el pontífice que, en plena Contrarreforma, la introdujo
como norma universal. Eso sí, todo muy coherente con la esencia
mediática del finado que, hasta dar con su cuerpo en la sepultura,
ha sido una estrella de primera magnitud.
Hereje como uno es, aparte de seguir la norma de esta casa:
"irreverente pero irreprochable", lo del culto a la
personalidad, especie de bálsamo de Fierabrás o parche Sor
Virginia utilizado por los marxistas-leninistas para deshacerse
de dirigentes incómodos, ha tenido su paradigma en el desaparecido
obispo de Roma. Porque, efectivamente, los veintiséis años
de pontificado de Karol Wojtila han sido, en buena
medida, veintiséis años de culto a la personalidad, a su personalidad.
Algo así como cinco lustros y pico de papolatría. O, si lo
prefieren, el irresistible encanto del conservadurismo añejo
en envase ultramoderno. ¡Ah, la vieja sabiduría escenográfica
vaticana!
Los hagiógrafos de Juan Pablo II, sucesor de Pedro y obispo
de Roma, hablan de su figura grandiosa y de lo beneficiosa
que ha sido para la propagación del Evangelio, la buena nueva
anunciada por Jesús. Ciertamente, cada uno habla de la feria
según le fue en ella. Y, ni que decir tiene, que a los hagiógrafos
-ante et post mortem-del Papa polaco, de momento, les ha ido
divinamente (y nunca mejor dicho). ¿Representa eso una mayor
implantación de los valores cristianos en la sociedad desacralizada
del siglo XXI? Témome que no. Juan Pablo II fue un fenómeno
mediático de primerísimo orden. Punto. La esencia del mensaje
cristiano es otra. Más sencilla, pero también mucho más exigente.
Y en contradicción con él entran, por ejemplo, los montajes
de la Iglesia Católica, como también la doctrina calvinista
de la predestinación o la luterana de la justificación sólo
por la fe. El mensaje de Jesús de Natzareth, el código de
conducta de los cristianos, es y será el contenido en el Sermón
de la Montaña y en la angustiosa oración de quien, abandonado
y traicionado por todos, en el huerto de Getsemaní, nos abrió
la puerta de la esperanza más allá de toda esperanza.
Ha caído el telón sobre el escenario de la romana plaza de
San Pedro. El cuerpo de Juan Pablo II reposa en su sepultura.
El duelo de los grandes de este mundo que acudió a sus exequias
se da por despedido... Y, el lunes próximo, la atención mediática
estará volcada en el cónclave que ha de elegir al sucesor
de Wojtila. La vida como el espectáculo debe continuar.
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