La campaña electoral vasca está ya en la recta final. Atrás
han quedado las encuestas que dan una clara mayoría a la coalición
PNV-EA, pero no han aclarado si Ibarretxe - y en última
instancia el tripartito que ha gobernado durante la última
legislatura- podrá gobernar con mayoría absoluta ni si la
coalición abertzale superará en escaños a los sumados entre
populares y socialistas. Tampoco ha quedado claro el número
de escaños que podría conseguir el Partido Comunista de las
Tierras Vascas, el depositario de los votos de la izquierda
abertzale. No son cuestiones intrascendentes, puesto
que el nuevo pacto político que se tiene que lograr en los
próximos años y que sería deseable que pusiera las bases de
la normalización política y de la paz estará determinado en
buena medida por esas variables.
Zapatero ha sido el gran animador de la campaña estas
últimas jornadas. No tanto por sus promesas electorales, sino
por el especial énfasis que ha puesto en las cuestiones relacionadas
con el proceso de paz. Un proceso que como tal no existe,
pero que todos intuyen que comenzará a partir de la próxima
semana. Las manifestaciones del presidente del Gobierno español
han sido claras. Por un lado ha asegurado que no perderá la
oportunidad, que está preparado para afrontar el reto. Por
otro, que aunque la paz no tenga un precio político, la política
sí puede ayudar a lograr el objetivo. Son afirmaciones esperanzadoras,
incluso ilusionantes para quienes soñamos con la consecución
de la paz. Solo falta llenarlas de contenido.
No le resultará sencillo al presidente del Gobierno español
conjugar paz y legislación vigente. Ley de Partidos y política
para la paz son términos contrapuestos, contradictorios. Esa
ley se concibió para convertir el conflicto político vasco
en mera cuestión policial, se le despojó de toda referencia
política y al unir ETA con Batasuna se puso en marcha una
operación policial que hoy se ha convertido en una pesada
carga para quienes quieran poner en vías de solución el conflicto
vasco, que si algo es, es un conflicto político.
Zapatero, por lo tanto, tiene que definirse. Si, como dice,
apuesta decididamente por la paz y la normalización política
no puede seguir defendiendo la Ley de Partidos. Si la política
tiene que abrirse paso, habrá que hacerla hablando y negociando
con todos, también con la izquierda abertzale porque
representa a una parte importante de la sociedad vasca que
también desea la paz. No encontrar vías para la interlocución
con Otegi es no ser consecuente con el discurso, y
cuando por medio está la paz es un ejercicio demasiado arriesgado.
Ni Otegi ni Batasuna estarán representados en el próximo Parlamento
Vasco. Sin embargo, la irrupción del Partido Comunista al
que Otegi dará su voto debe servir para paliar en lo posible
el desastre que se veía venir con la ilegalización de Aukera
Guztiak. Para Zapatero, para el PSOE, para la sociedad vasca,
la española y para todos los que desean que esta legislatura
se convierta en la legislatura de la paz, es mejor tener un
interlocutor en el Parlamento Vasco que no tenerlo; es deseable
que participen en las negociaciones para el nuevo marco político
que ha de determinar las relaciones entre Euskadi y España
a que no haya representantes de la izquierda abertzale en
esos trabajos parlamentarios. En definitiva, es mejor que
la normalización política comience a partir del día 18 a que
haya que esperar otro ciclo político porque quienes dijeron
que querían hacer la paz no tuvieron la suficiente valentía
para afrontar el reto. Y eso vale para Zapatero y para todos
los demás.
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