Quedan tres días para que concluya la campaña electoral en
el País Vasco y, salvo algún acontecimiento muy inesperado,
las tendencias de votos están suficientemente consolidadas
como para empezar a trabajar con hipótesis de alta probabilidad.
Las distintas formaciones políticas se han empleado a fondo
para atraer al electorado con mensajes en los que abundaban
las promesas de reformas y mejoras sobre la base unánime de
acabar con la violencia de ETA por unos u otros medios. Todo
esto puede considerarse componentes normales de unos comicios
en las tierras vascas. También es normal que los populares
resalten su discurso españolista o que los socialistas pongan
el acento en la prevalencia de una política más social y abierta
a todos.
Pero a partir de estos planteamientos convencionales, cabe
apreciar errores en los enfoques de los grandes bloques de
asuntos que interesan a un electorado que, en Euzkadi, tiene
como elemento omnipresente el nacionalismo en una gradación
que lleva desde su ausencia total a su reivindicación absoluta
y sin condiciones. Un muy pequeño porcentaje de los vascos
confiesan no interesarles esta cuestión, y más por su complejidad
e incertidumbre que por verdadera indiferencia.
Resulta normal que la campaña del PNV se haya concentrado
en su proyecto soberanista apoyado en los logros que el autogobierno
ha conseguido para Euzkadi en los veinticinco años de vigencia
del Estatuto de Gernika, algo que sus rivales ponen en duda
por los fallos que se detectan en no pocos renglones de la
administración vasca y pese a que disfrutan de un trato fiscal
privilegiado que permite liberar cuantiosos recursos. Pero
el contraataque de Ibarretxe y los suyos ha tomado
unos derroteros absurdos: sembrar el miedo entre los electores
si perdieran los nacionalistas porque peligraría la identidad
vasca y todos sus valores y, al propio tiempo, acusar a sus
rivales constitucionalistas de tratar a los vascos como niños.
No cuadra.
La candidata del partido popular María San Gil está
haciendo un buen papel en la defensa de su programa que obviamente
tiene en el final de ETA su objetivo primordial para recuperar
una libertad plena, pero que presenta la colaboración con
el Estado como medio idóneo para relanzar el desarrollo del
País Vasco que, relativamente, ha perdido peso en el conjunto
de España. Se equivoca, en cambio, en ver a los socialistas
como contrarios en el proyecto del futuro Euzkadi, porque
en fin de cuentas unos y otros se oponen a cualquier opción
independentista aunque difieran en los contenidos de autogobierno.
Seguramente es Patxi López quien está llevando con
más cordura su campaña, bien arropado por la plana mayor de
su partido. Y lo está haciendo con un discurso sin huir hacia
delante, tentación muy potente cuando se tiene como rivales
a batir a dos partidos nacionalistas que se han lanzado a
la aventura. Sustentado en su plan alternativo al del lehendakari
pero sin insistir en sus propuestas más cortantes, remite
el futuro de los vascos a un diálogo entre las fuerzas políticas
que conduzca a un acuerdo de muy amplia mayoría que garantice
la estabilidad estatutaria e institucional y las libertades.
¿Es que desean otra cosa los vascos?
Hay otros protagonistas en liza que añaden incertidumbre a
los resultados y restan claridad a las propuestas. Lo de Ezker
Batua, exclusión hecha de su atracción por el poder, es de
pasmo, por más que obedezca al principio de fragmentación
dominable. En cuanto a la irrupción del PCTV con un programa
que atraerá votos de Batasuna pero también de la otra formación
comunista, es todo un enigma.
En una campaña necesariamente plana, porque en sus líneas
básicas dio comienzo hace más de un año, hay escaso lugar
para la sorpresa en cuanto a propuestas. Lo que prima es la
incertidumbre de los resultados y, según estos, del futuro.
Porque se juega la exclusión relativa o la integración, las
libertades o el contexto de coacciones, el consenso o el desacuerdo,
todo en distintos modos y medida. Afortunadamente hay una
actitud generalizada que desea ante todo una distensión política
y la ligadura de la fractura social, para poder abordar los
problemas reales. Todos lo prometen, como en otras campañas
anteriores, pero el electorado tiene razones para desconfiar
después de tantos años.
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