Nunca los ciudadanos de una parte de España han acudido
a las urnas, como lo hacen hoy los vascos, de forma tan trascendente
para el futuro de este país. Más allá
de cuantos escaños consigue el PNV, si socialistas
o populares se alzan con el codiciado puesto de fuerza política
número dos, si ETA vuelve al Parlamento de Vitoria
disfrazada con las siglas de un extraño partido lo
que se dirime hoy es la posible ruptura de lo que durante
siglos hemos considerado nuestra nación, España,
convertida en estado democrático desde hace un cuarto
de siglo.
No son las primeras elecciones vascas en las que está
en juego una mayoría nacionalista que cuestione esa
unidad, es cierto. Pero sí las primeras desde que
el nacionalismo ha llevado a Euskadi al borde del precipicio
constitucional. Un paso más y se habrá consumado
la puesta en marcha del Plan Ibarretxe, la celebración
de un referéndum consultivo que se saltaría
todas las reglas de juego, la confrontación abierta
entre el todo y una parte de la nación. Por más
que Zapatero, auténtico candidato socialista
en estas elecciones, se niegue a ver la hondura del precipicio
y, optimista existencial él, piense que se trata
de un saltito sin excesiva importancia, lo que hoy se vota
es la subsistencia de Euskadi como parte integrante del
territorio español. Y la prueba ha quedado patente
en el desarrollo de la campaña electoral recién
terminada, sin discusión de los temas que importan
en una democracia consolidada, sin balance de la gestión
de un Gobierno, sin críticas a los aspectos concretos
de esta gestión. En el País Vasco se elige
hoy entre romper los lazos con el resto de España,
oponerse frontalmente a esa ruptura o ignorar lo dramático
de la situación. Y del recuento de los resultados
esta noche va a depender no solo el futuro de los vascos,
sino, aunque no hayamos podido votar hoy, del resto de los
españoles.
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