Comentaba recientemente un alto cargo del Partido Popular,
en el mitin de cierre de la campaña vasca de este partido,
en Vitoria, que el País Vasco, tras las elecciones de este
domingo, debe dejar de ser un pretexto para la pelea de las
fuerzas políticas, para el retraso en las soluciones de temas
urgentes y para montar cada día un 'laboratorio' de ideas
y alianzas imposibles en busca de la solución de un problema
que dura ya más de tres décadas, según unos, o un par de siglos,
según el lehendakari (en funciones) Ibarretxe. Es una
idea que, formulada de otro modo, se había escuchado también
en algunos círculos gubernamentales socialistas: las elecciones
de este domingo, ya consumadas, deben significar un punto
y aparte. Hay que seguir haciendo cosas, en Euskadi y en el
resto de España, aprovechando que ya no hay que contener la
respiración a la espera del resultado en las urnas vascas.
Se ha abierto, tras las elecciones de este domingo, un período
interesantísimo que durará más de un mes, previsiblemente.
Patxi López (y Zapatero) es un triunfador y
se le abren expectativas hasta de formar gobierno. O entrar
en el gobierno. Porque ahora, lo lógico, sería una coalición
PNV-PSE, la única que garantizaría una cierta estabilidad
de gobierno. Una coalición presidida por Ibarretxe, o por
alguien del PNV, que ha sido, al fin y al cabo, y pese al
descenso en votos y escaños, el ganador.
Claro que, para ello, Ibarretxe tendría que superar su famoso
'Plan', que no es que haya cosechado un gran éxito, precisamente.
Veremos en qué quedan todas las bravatas lanzadas durante
la campaña electoral.
Porque no es cierto que haya habido dos campañas correspondientes
a las dos 'sensibilidades' (vamos a llamarlo así) de la sociedad
vasca. Es que, en realidad, ha habido cuatro campañas, irreconciliables.
Porque no hay dos, sino cuatro, fracturas en el cuerpo social
vasco.
La primera de estas fracturas es el constitucionalismo del
PP, absolutamente alejado del nacionalismo y anclado en valores
tradicionales, y cuenta con la adhesión de un porcentaje significativo,
pero no lo suficientemente importante, de la población vasca.
María San Gil ha sido, acaso, mejor candidata que
Jaime Mayor Oreja. Su campaña ha sido brillante, sólida
en sus postulados. Lo que no acaba de encajar son precisamente
esos postulados, que en el fondo no han evolucionado nada
en los últimos cuatro años, aunque el tono sí lo haya hecho.
Y la ausencia de Jaime Mayor y de José María Aznar
en esta campaña evidencia que el propio estado mayor del PP
entendió que hacía falta un giro en las formas, sin asumir,
en cambio, que también era necesario en el fondo. De ahí el
fracaso.
La segunda de estas fracturas es el relativo constitucionalismo
del Partido Socialista de Euskadi, del que Patxi López es
líder indiscutido tras la traumática ruptura con Nicolás
Redondo Terreros. Una parte minoritaria del PSE se ha
escorado hacia el PP (no necesariamente el propio Redondo,
pero sí otros notables militantes, como las profesoras Gotzone
Mora y Edurne Uriarte, o casi todo el entramado
de 'Basta Ya'). Pero el mensaje del PSE ha sido bueno, intentando
arrebatar al nacionalismo banderas como el nuevo estatuto
o incluso el referéndum. Ello ha supuesto, desde luego, una
ruptura del mensaje de unidad constitucionalista con el PP.
No puede hablarse ya de ese utópico frente constitucionalista.
Sólo el tiempo dirá si ha sido un acierto o un error ese paso
del PSE hacia la posición de 'bisagra' entre las tesis 'populares'
y las del PNV-EA. De momento, el resultado ha sido bueno.
El bando nacionalista moderado PNV-EA es, por supuesto, la
tercera y mayoritaria fractura en la sociedad vasca. Aferrada,
aunque más verbalmente que de hecho, a los viejos principios
del fundador Sabino Arana, la coalición de los peneuvistas
con Eusko Alkartasuna, partido este último que se proclama
abiertamente independentista, parecería en principio, en cualquier
lugar que no fuese Euskadi, una opción tradicional, excesivamente
conservadora, poco moderna quizá. Y el 'plan Ibarretxe', que
al final apenas ha sido esgrimido durante la campaña, podría
recordar a una opción utópica ya desde ese prólogo en el que
se habla de la imposible Euskal Herría. Pero, aparentemente
el PNV, representado por un Ibarretxe marmóreo, por un Imaz
pragmático e inteligente, pero como desdibujado, y EA, dirigida
por una personalidad de la escasa talla política de Begoña
Errazti, siguen contando con el favor del electorado.
Aunque cada vez con menor peso: el 'Plan Ibarretxe' ha sido
el gran derrotado.
Y contando con la ayuda de un partido que solamente tiene
explicación en la confusión vasca, Ezker Batua-Berdeak, de
Javier Madrazo, aliado desde el no nacionalismo con
los nacionalistas, que apoya desde la crítica el 'Plan Ibarretxe'
y que canaliza unos votos muy importantes procedentes de la
antigua izquierda obrerista que se desengañó de las siglas
socialistas. Pero, en un futuro, la opción Madrazo bien podría
acudir en auxilio de un socialismo vencedor en las urnas.
En un futuro. Porque todos ven en la Legislatura que ahora
se abre un período de transición hacia ese cambio que muchos,
en el fondo, ansían y que ahora no se ha producido por falta
de otra opción clara. En ese sentido, tanto el PP como el
PSE tienen mucho que meditar.
La cuarta fractura también sería imposible en otro territorio
que no fuese esta Euskadi donde tantos errores se han cometido
históricamente, la mayor parte de ellos procedentes 'de Madrid'.
Se trata, claro, de ese mundo alejado del sistema, que no
condena la violencia como forma de acción política, cada vez
más desideologizado y quizá también más disperso, pero fiel
a la idea de que 'cuanto peor, mejor'. Pese a todo, una de
las grandes equivocaciones recientes de los políticos nacionales
posiblemente haya sido tratar de mantener a esta parte de
la sociedad vasca alejada de las urnas, lo que ha favorecido
la tentación de alejarse de una necesaria evolución hacia
planteamientos más acordes con una sociedad democrática moderna.
Inevitablemente, sin embargo, esta cuarta fracción, que lamentablemente
ha polarizado, con sus avatares hasta desembocar en el increíble
PCTV, toda la campaña, habrá de ir aproximándose hacia planteamientos
políticos más templados. Aunque lo cierto es que esos nueve
escaños del PCTV, partido sin programa y sin líderes, que
no está claro que esté respaldado directamente por ETA, son
el resultado del apoyo de los que quieren romper son el sistema.
Y ello, el cambio en el mundo batasuno (y de sus herederos),como
todo lo demás, ocurrirá en estos cuatro años de transición,
en los que, al margen del veredicto de las urnas, irán produciéndose
cambios de gran relieve en una Euskadi que, simplemente, así
no puede seguir. Y conste que muchos de los que hemos acompañado
ya 'in situ' casi todas las elecciones vascas coincidimos
en que el clima ya ha cambiado bastante, a mejor, y la crispación,
quizá a pesar de los esfuerzos del lehendakari (en funciones)
en contrario, ha disminuido de manera perceptible.
Sí, definitivamente, el cambio, el lento cambio, ha empezado
a llegar.
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