Las prisas son malas consejeras. También para la política.
Hay quien a raíz de los resultados electorales no ve otra
solución a la gobernabilidad que no sea un pacto entre socialistas
y nacionalistas. Sin embargo, es demasiado pronto para aventurar
que eso vaya a suceder. No porque los números den otras posibilidades,
que las dan, sino porque para pactar el futuro gobierno de
Euskadi además de en los números hay que reparar en los mensajes
de fondo que depositaron los vascos en las urnas conjuntamente
con las papeletas.
El mensaje fundamental es que Euskadi necesita la paz y la
normalización política con urgencia. Los dos partidos triunfadores
de los comicios -PSE y EHAK- son quienes más han incidido
en la necesidad de la paz y aunque ello no explique por sí
mismo el ascenso en las urnas (hay que tener en cuenta que
provenían de una situación en la que habían cedido muchos
votos a sus respectivas derechas, es decir PP y PNV-EA) sí
es un dato a tener muy en cuenta. Por el contrario, el partido
más castigado ha sido el PP que ha perdido un tercio de los
votos cosechados hace cuatro años. Sus planteamientos inmovilistas
han sido claramente rechazados por la sociedad vasca.
Los pasos a dar para lograr la normalización política se basan
en tres ejes sin los cuales no habrá solución posible. PNV-EA
sigue siendo la opción fundamental y cuenta con una base social
cercana al 40% de los votantes. Una cosa es que el plan Ibarretxe
haya salido perjudicado, aunque no porque el descontento se
haya canalizado a posiciones de socialistas y populares sino
a la izquierda abertzale más soberanista aún que el
lehendakari, y otra que haya perdido peso específico
en el escenario político vasco. El segundo eje es el PSE-EE.
Ha recogido los votos que ha perdido el PP porque en el péndulo
vasco tocaba girar a la izquierda. Pero lo ha hecho reclamando
un nuevo acuerdo político y un plan de paz. El tercer eje
es la izquierda abertzale. Ha salido fortalecida del
envite electoral en las peores condiciones que puede alguien
presentarse: sin líderes conocidos, sin programa y con la
espada de la ilegalización sobre sus cabezas. Si han conseguido
superar los 150.000 votos en esas condiciones es entre otras
razones porque en la sociedad vasca se considera que no habrá
solución sin contar con ellos. El voto a los comunistas-nacionalistas
vascos ha sido un voto para intentar la paz.
¿Tiene sentido, por lo tanto, un gobierno entre nacionalistas
y socialistas? Lo tendría si fueran capaces de pactar una
vía hacia la normalización política. Pero eso requiere tiempo,
deshacer caminos andados e inventar otros capaces de atraer
a todas las fuerzas políticas. No hay tiempo para todo eso
y, además, hay que cambiar también actitudes con respecto
a todos los demás, y eso es algo más difícil en la Euskadi
de hoy.
Descartado ese pacto al corto plazo -está por ver lo que pueda
ocurrir dentro de dos o tres años- no queda otra solución
más que el gobierno en minoría de Ibarretxe. Sin apoyos.
Imposible con la izquierda abertzale y no recomendable
con Madrazo porque en esta ocasión aporta poco. Sus tres votos
ya no son tan decisivos como antes. Podría parecer débil un
gobierno de Ibarretxe que accedería después de haber perdido
parte del botín de hace cuatro años. Pero esa misma situación
le debe obligar a hacerse fuerte y negociar con todos, sin
excepciones. Hacer de la necesidad virtud es a veces un ejercicio
muy sano.
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