Paco Vilariño
Dios nos coja confesados
19/04/2005
La puesta en escena de la aparición del nuevo Papa, el hasta ahora panzerkardinal Joseph Ratzinger, en la balconada de San Pedro, no la mejorarían ni Cecil B. De Mille y Alfred Hitchcock, en el supuesto de que hubiesen trabajado al alimón. Mil setecientos años de pompas calcadas del Imperio Romano hacen que la Iglesia Católica sea una maestra en este tipo de espectáculos Pero, incluso quienes se toman al pie de la letra lo de la infalibilidad (el penúltimo de los dogmas definidos y éste lo fue en 1870, en el Concilio Vaticano I) no sólo pontificia -discutible e interpretable- y eclesial saben que ha llegado la hora de la verdad.

El largo pontificado de Juan Pablo II, esos veintiséis años de claroscuros y de contradicciones, es ya agua pasada. A los odres viejos les llega el momento de tener que ser rellenados con vino nuevo, en contra de la recomendación bíblica. Esos 115 varones célibes, decidiendo quién será el nuevo sucesor de Pedro han dado la campanada. De su acierto o de su desacierto (dejemos a la tercera persona de la Trinidad en paz) dependía que el Sumo Pontífice fuera factor de unión y de esperanza y no el monarca absoluto que, hasta ahora, ha venido siendo lo habitual. Y ya tenemos a Benedicto XVI, el alemán que creció a la sombra de su antecesor, el Gran Inquisidor, el dogmático, el miembro cualificado de la Curia que le acogió y a la que controló con mano de hierro, mediante esos sutiles resortes tan habituales en el Vaticano. Y Ratzinger es un inmovilista, de ello no cabe ninguna duda.

Pero, contra lo que dicen los inmovilistas de dentro y de fuera de la Iglesia Católica, al correr de los siglos ésta ha ido adaptando su mensaje (por lo general tarde y mal, y ahí están los anales para corroborarlo) a las exigencias cambiantes de los tiempos. Y si el llamado a ser cabeza visible de los católicos quiere ser fiel tanto a la letra como al espíritu evangélico, que Dios le ayude, porque es de Él de donde le vendrá el único apoyo, porque buena es la Curia romana para ser seguidora sincera del ejemplo que dio el hijo de un carpintero, Jesús de Natzareth.

Como hace dos mil años, son los doctores de la Ley, los curiales, (partidarios de que el hombre se hizo para el sábado, en lugar de lo que dijo Jesús: el sábado se hizo para el hombre), los que, a golpe de cánones, encierran al amor, signo y sustancia del mensaje cristiano. Porque, ¿en qué parte del Nuevo Testamento está escrito que el sucesor de Pedro deba ser elegido por un colegio cerrado y no por toda la comunidad eclesial?. Esta es la gran contradicción que, en los albores del siglo XXI, llama la atención a creyentes y no creyentes. Este es el signo de contradicción de una Iglesia a la que le sobran adherencias corruptas y le falta, más allá de la verborrea curial, fidelidad al ejemplo de Jesús. Con la llegada de Ratzinger al solio pontificio uno no puede menos que decir eso de que Dios nos coja confesados. Porque el alemán viene a completar lo iniciado por su antecesor Wojtila, acabar de cerrar las ventanas y las puertas que el Concilio Vaticano II abrió de par en par. Por ellas entraba el soplo del Espíritu pero también el clamor y el olor de la humanidad.

No sé si los movimientos católico neoconservadores (Opus Dei, Comunión y Liberación, Legionarios de Cristo, los kikos...) están por frivolidades terrenales -que a lo mejor sí-pero hoy tienen un gran motivo de celebración etílica: han vuelto a colocar en la silla de Pedro a uno de los suyos. Lo dicho: Dios nos coja confesados.