Los aficionados a las técnicas escénicas saben
que, por ejemplo, en los café-concierto o antiguas
salas de varietés, cuando la vedette empezaba a acusar
en su rostro, y ¡ay!, en su geografía corporal,
los estragos de la edad, el traspunte se dirigía entre
bambalinas a los técnicos en iluminación con
la frase "¡Talco a la vedette!". ¿Qué
quería decir? ¿que había que rociar de
polvos -no busque el sufrido lector dobles sentidos-a la estrella
del espectáculo? No. Que la luz de los focos debía
ser difuminada colocando delante un tul o gasa. Así,
con este tamiz lumínico, se atenuaban los evidentes
desperfectos cutáneos y/o de maquillaje de la protagonista.
Pues bien, alguien (¿el asesor de imagen, quizá?)
del Partido Popular de Galicia, a la hora de confeccionar
el cartel electoral de Manuel Fraga, ha dicho eso
de "Talco a don Manuel"... O sea, que la
fotografía del presidente en funciones de la Xunta
de Galicia nos lo saca hecho un jovenzano. Bueno, carallo,
bueno... Es que la cara de Fraga parece de cuando hiciera
la primera comunión, allá en su Vilalba natal.
Hábiles retoques de maquillaje y, por supuesto, cirugía
plástica virtual (es que el Photoshop hace milagros),
eliminando arrugas, ojeras y las manchas de la edad (octogenaria,
por cierto) del prohombre más galaico de todos los
prohombres galaicos desde la Edad de Piedra, han obrado
el milagro. ¿Alguien encontró la fuente de
la eterna juventud? Vayan ustedes a saber.
Socialistas y bloqueiros, han puesto el grito y
el berrido en el cielo. Unos y otros hablan de fraude de
imagen, de engañifa gráfica, de tocomocho
publicitario. Igual tienen razón, que más
bien sí. Porque, ¿qué necesidad tenía
Fraga, el coriáceo, el bronco de don Manuel, de emperifollarse
primero y en dejarse retocar después? Apuéstense
una mariscada frente a un manojo de grelos que ninguna.
Seguro que gano yo. Pero al autoritario presidente en funciones
de la Xunta la disciplina de partido le puede un montón.
Porque Fraga es así. ¿Qué tocan elecciones?
Pues a lo que digan los publicitarios, aunque lo que digan
al de Vilalba, en su fuero interno, le parezcan mariconadas.
Con su imagen gráfica rejuvenecida, Fraga Iribarne
sigue encarnando aquello de lo que, por higiene cívica,
los gallegos (y las gallegas, gracias Ibarretxe)
deberían huir como de la peste: el muladar de dieciséis
años, cuatro legislaturas, de corruptelas de todo
tipo, de caciquismo nada encubierto, de clielentelismo elevado
a la enésima potencia... Y eso, no hay Photoshop
que lo retoque. No hay talco que valga. Le guste o no le
guste al presidente en funciones de la Xunta de Galicia,
persona -por otra parte-de cuya integridad personal no duda
en ningún momento el modesto comentarista. Pero todo
lo que tiene de honrado Fraga Iribarne como persona, lo
tiene de corrupto en su imagen pública. Paradojas
de la política. El Fraga que encarna -bien que a
su pesar-lo peor de lo peor de lo que ha sido el sino, maloliente
sino gallego, desde los tiempos del arzobispo Xelmírez,
como mínimo.
La actual imagen electoral de Fraga, su rostro, se asemeja
al retrato de Dorian Gray, y, a medida que avance
la precampaña y, sobre todo, la campaña, se
irá ajando, mostrando las lacras, las máculas
envejecidas -y envejecedoras-de un sistema, de un programa,
ya de por sí caduco. Y eso que, como detalle de cremita
antiarrugas, nos venden que Xesús Pérez
Varela, el conselleiro de Cultura y portavoz en funciones,
ha sido apeado de las listas electorales. Alguien, en la
sede del PP gallego, debió creerse que esto en Lourdes
o, cuando menos, el santuario de San Benitiño de
Lérez, milagreiro donde los haya.
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