Paco Vilariño
Talco a Fraga
03/05/2005

Los aficionados a las técnicas escénicas saben que, por ejemplo, en los café-concierto o antiguas salas de varietés, cuando la vedette empezaba a acusar en su rostro, y ¡ay!, en su geografía corporal, los estragos de la edad, el traspunte se dirigía entre bambalinas a los técnicos en iluminación con la frase "¡Talco a la vedette!". ¿Qué quería decir? ¿que había que rociar de polvos -no busque el sufrido lector dobles sentidos-a la estrella del espectáculo? No. Que la luz de los focos debía ser difuminada colocando delante un tul o gasa. Así, con este tamiz lumínico, se atenuaban los evidentes desperfectos cutáneos y/o de maquillaje de la protagonista.

Pues bien, alguien (¿el asesor de imagen, quizá?) del Partido Popular de Galicia, a la hora de confeccionar el cartel electoral de Manuel Fraga, ha dicho eso de "Talco a don Manuel"... O sea, que la fotografía del presidente en funciones de la Xunta de Galicia nos lo saca hecho un jovenzano. Bueno, carallo, bueno... Es que la cara de Fraga parece de cuando hiciera la primera comunión, allá en su Vilalba natal. Hábiles retoques de maquillaje y, por supuesto, cirugía plástica virtual (es que el Photoshop hace milagros), eliminando arrugas, ojeras y las manchas de la edad (octogenaria, por cierto) del prohombre más galaico de todos los prohombres galaicos desde la Edad de Piedra, han obrado el milagro. ¿Alguien encontró la fuente de la eterna juventud? Vayan ustedes a saber.

Socialistas y bloqueiros, han puesto el grito y el berrido en el cielo. Unos y otros hablan de fraude de imagen, de engañifa gráfica, de tocomocho publicitario. Igual tienen razón, que más bien sí. Porque, ¿qué necesidad tenía Fraga, el coriáceo, el bronco de don Manuel, de emperifollarse primero y en dejarse retocar después? Apuéstense una mariscada frente a un manojo de grelos que ninguna. Seguro que gano yo. Pero al autoritario presidente en funciones de la Xunta la disciplina de partido le puede un montón. Porque Fraga es así. ¿Qué tocan elecciones? Pues a lo que digan los publicitarios, aunque lo que digan al de Vilalba, en su fuero interno, le parezcan mariconadas.

Con su imagen gráfica rejuvenecida, Fraga Iribarne sigue encarnando aquello de lo que, por higiene cívica, los gallegos (y las gallegas, gracias Ibarretxe) deberían huir como de la peste: el muladar de dieciséis años, cuatro legislaturas, de corruptelas de todo tipo, de caciquismo nada encubierto, de clielentelismo elevado a la enésima potencia... Y eso, no hay Photoshop que lo retoque. No hay talco que valga. Le guste o no le guste al presidente en funciones de la Xunta de Galicia, persona -por otra parte-de cuya integridad personal no duda en ningún momento el modesto comentarista. Pero todo lo que tiene de honrado Fraga Iribarne como persona, lo tiene de corrupto en su imagen pública. Paradojas de la política. El Fraga que encarna -bien que a su pesar-lo peor de lo peor de lo que ha sido el sino, maloliente sino gallego, desde los tiempos del arzobispo Xelmírez, como mínimo.

La actual imagen electoral de Fraga, su rostro, se asemeja al retrato de Dorian Gray, y, a medida que avance la precampaña y, sobre todo, la campaña, se irá ajando, mostrando las lacras, las máculas envejecidas -y envejecedoras-de un sistema, de un programa, ya de por sí caduco. Y eso que, como detalle de cremita antiarrugas, nos venden que Xesús Pérez Varela, el conselleiro de Cultura y portavoz en funciones, ha sido apeado de las listas electorales. Alguien, en la sede del PP gallego, debió creerse que esto en Lourdes o, cuando menos, el santuario de San Benitiño de Lérez, milagreiro donde los haya.