A comienzos de la última década del siglo pasado, algunos
hablamos mucho y hasta escribimos algún libro sobre la 'conexión'
gallega, que antetitulamos del tabaco a la cocaína. Cuando
queríamos presumir de geografía europea, buscábamos paralelismos
entre Galicia y Sicilia, sin caer suficientemente en la cuenta
de que la conexión era más con Colombia y sin percatarnos
tampoco de que nosotros no teníamos un Giovanne Falcone
ni, felizmente, un Totó Riina o un Gaetano Badalamenti.
Al fin y al cabo, Baltasar Garzón es andaluz, en acto
de servicio sólo se desplazó una vez a Galicia para comer
nécoras en el restaurante Camilo de Compostela, antes de ir
a pescar la gran 'Nécora' que no acabó capturándola
de todo, y, últimamente, hasta tiró la toalla dejándose pagar
en dólares por los yanquis, como José María Aznar.
Está visto que, en materia de jueces, andamos algo escorados
y lo nuestro puede dar para dos o tres tele-movies, pero no
alcanza para ningún Padrino. Después de todo, nuestros
Laureano Oubiña, Sito Miñanco o Marcial Dorado
difícilmente podrían inspirar a ningún Mario Puzo,
y tampoco andamos sobrados de Francis Ford Coppola
por el finis terrae de Europa. Por otra parte, últimamente
estamos sobrados de corrección política y de la otra, hemos
dejado de amar el far west y nos refugiamos cobardemente
en asuntos de heroínas, remilgadas epopeyas de andar por casa
y recetarios más o menos de apostolado político. Estamos en
la hora punta del tono medio, que tantas veces nos acerca
a la mediocridad, en la década de oro del pragmatismo y del
seny sin sentido. Si seguimos así, acabaremos siendo todos
una especie de falsos suizos o de suecos de garrafón que no
sé muy bien cómo nos van a recibir por ahí adelante cuando,
dentro de unos cuantos años todavía, viajemos también nosotros
en un tren de alta velocidad que pueda pasar por una mina
del ex ministro Villar Mir sin costar a los contribuyentes
895 millones de euros.
En fin, que pasamos de la conexión gallega, que en materia
de infraestructuras de comunicación está aún en pañales, a
eso que los franceses denominan tan bien con la palabra liaison.
Ya no estamos conectados, en realidad nunca lo estuvimos sino
que más bien los gallegos fuimos siempre auténticos off sides
en casi todo, con la excepción de Manuel Fraga y Pío
Cabanillas que siempre estuvieron in en todo tiempo y
lugar, con Franco y sin su dictadura. Lo nuestro ahora es,
repito, la liaison, el enlace, la ilación, el attachment.
Beiras le da por saco a Quintana y a toda la dirección del
Bloque, pero sigue diciendo que pondrá su granito de arena
para echar a Fraga y para que los nacionalistas hagan que
Galicia sea respetada. Paco Vázquez le hace un corte de mangas
a la ley del matrimonio de homosexuales y lesbianas, de paso
que estrena casa de millonario en La Coruña, pero ahí está
para honra y fausto del partido que fundó Pablo Iglesias.
¿Y qué decir del triángulo amoroso, cuadrángulo en realidad,
que componen Fraga, Rajoy, Baltar y Cuíña?
Sin olvidar el repentino amour fou, el flechazo beau comme
l'amour, hermoso como el amor hermoso, que le inspiró
el escritor Suso de Toro al presidente Zapatero,
a pesar de que uno es nacionalista y el otro socialista de
toda la vida.
Lo dicho, de la conexión gallega a la liaison de lo mismo
y, a jugar, porque nos toca. En mi pueblo aún se sigue diciendo
que comer no comeremos, pero reírnos...
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