Escuchando a José Luis Rodríguez Zapatero, y luego
a Mariano Rajoy, hablar en sus intervenciones iniciales
en el Congreso de los Diputados, debatiendo sobre el estado
de la nación, uno llega a la conclusión de que siguen existiendo
las dos españas de Machado. Una España, la descrita
por Zapatero, idílica, donde todo se hace bien y nada es malo
(excepto, claro, la oposición del PP). Otra, la que nos ofrece
la visión del Partido Popular, catastrófica, donde todo se
hace mal (excepto, claro, la oposición del PP).
Diálogo de sordos, desencuentro total. Lástima, porque ambos
políticos son respetables y estimables, tienen sentido común
(excepto cuando suben al atril) y saben bien lo que quieren
y lo que dicen. No soy capaz de decir quién ganó: se acusaron
mutuamente de lo peor, de falta de responsabilidad, y el opositor
rechazó la mano que le tendía el jefe del Gobierno. Me parece
que esta vez no había tongo: se daban leña de veras, y trataban
de desacreditar al rival con todas sus fuerzas.
Pienso que ambos dramatizaron demasiado. Rajoy dijo alguna
cosa que bordeaba la injuria, como que la actitud del Gobierno
en el País Vasco supone "traicionar a los muertos".
Tremendo. No es de extrañar la irritación patente de Zapatero,
cuando acudió a darle la réplica.
Menos mal que los españoles saben que esto se pasa. El Parlamento
se está quedando como un terreno de juego dialéctico. Luego
vienen las llamadas por teléfono, los encuentros secretos
discretos, perdón--, los intermediarios, las componendas.
Me quedo con ZP, sin entusiasmo, porque Rajoy cargó excesivamente
las tintas. Pero no, presidente, no todo va bien. Autocrítica,
por favor.
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