¿Hasta
qué punto, en un debate sobre el Estado de la Nación, el líder
del primer partido de la oposición puede permitirse el lujo
ser tan apocalíptico como ayer lo fuera Mariano Rajoy?
Muchos, naturalmente, dirán que hasta allá donde sus fuerzas
y su ingenio se lo permitan. Otros, no necesariamente socialistas
o del conglomerado de pequeños partidos que han brindado su
apoyo a la investidura de Rodríguez Zapatero, dirán
justamente lo contrario. Pero lo cierto es que al presidente
ejecutivo (ya saben la tricefalia de los conservadores) del
Partido Popular se fue por una vía que, salvo el regocijo
de los hooligans de su propio grupo parlamentario, Acebes
y Zaplana incluidos, pocos dividendos políticos
les va a producir.
Y no es que ZP estuviese especialmente brillante en rebatir
los argumentos de todos los grosores que cual balas de cañón
le lanzó Rajoy. Lo que ocurre es que el pontevedrés
hizo de la descalificación a ultranza, y en un tono inusualmente
crispado, el leit-motiv de su intervención. Sus diatribas
sonaban a aquel "¡Váyase, señor González, váyase!"
con el que Aznar iniciara, en 1993, su corta marcha hacia
La Moncloa.
Eso por un lado... Porque por el otro, el anverso si quieren,
los venablos escasamente dialécticos de don Mariano, sonaban
a pataleta por haber perdido las elecciones de aquel 14M.
Y, todo hay que decirlo, con el infumable argumento de acusar
al Gobierno y al grupo parlamentario que le da su apoyo, nada
menos que de traicionar la memoria de las víctimas de ETA.
Aquí el apocalíptico Rajoy metió el remo hasta el corvejón.
Porque ni es cierto ni mucho menos justo. Hay que tener mala
fe (propia o inducida por sus asesores) para decir lo que
dijo y cómo lo dijo. Y escribo mala fe, porque la frase de
marras, tan seria, tan fuerte, no puede ser achacada a un
error o a un repentino rapto de estupidez. Aquello sonó a
tremenda bofetada propinada en el rostro de la sociedad española.
Ahora sólo falta por saber si la deriva apocalíptica de Mariano
Rajoy va a ser temporal o bien, una vez apagados los ecos
del debate sobre el Estado de la Nación, va a tener continuidad.
Porque de ser así, magras serán las ganancias políticas.
Y es que la oposición lo tiene crudísimo para actuar como
tal, porque los errores del gobierno, en puridad, han sido
siempre en clave menor. Y, en el peor de los casos, achacables
a algunos estúpidos comportamientos ministeriales, de esos
que magnificamos -estamos en nuestro derecho-los periodistas.
Aunque, habría que reconocer, determinados/as ministros/as
parecen instalados permanentemente en la categoría mental
de los tontos/as con balcones a la calle.
Porque, al fin y a la postre, tontunas como las protagonizadas
por algunos de los miembros del Gobierno paritario son perfectamente
equiparables a las cometidas por sus antecesores ministeriales
en los dos gobiernos de José María Aznar. Y no fueron, precisamente,
los opositores socialistas los que, pese a poner a caldo a
los ministros populares, los que lo hicieran en tonos tan
apocalípticos como los empleados por Mariano Rajoy. Conclusión,
¿cuándo dicen que habrá movida en la cúpula del PP? Quizá,
no tan indisimuladamente como pueda parecer a primera vista,
en la madrileña Casa de Correos, sí la de la Puerta del Sol,
alguien se está frotando sus blancas y finamente manicuradas
manos.
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