Yo no sé por qué extraña circunstancia o convenio, no se habla
para nada de la salud de Fraga, de cómo lleva el estrés
de la precampaña y el agobio de sus apretadas agendas. Ya
saben que cuando Superfraga se pone en marcha, todo
su séquito va con la lengua fuera. O, mejor, iba.
Es notorio que en algunas de sus comparecencias públicas -por
ejemplo, tras el Consello del jueves último o en la recepción
del Día de las Fuerzas Armadas- mostraba evidentes signos
de cansancio, que no hicieron otra cosa que incrementar los
rumores e informaciones sin confirmar sobre una indisposición
en Silleda, en donde la semana pasada reunió a miles de campesinos
-22.000, según las cuentas del PP-.
Unos días después, Touriño hizo una alusión metafórica a la
"falta de oxígeno" político de Fraga. Algunos han querido
ver que el candidato socialista ironizaba, en plan Rajoy,
sobre estas informaciones que se oyen en los corrillos políticos.
Sea como fuere, lo cierto es que en el Partido Popular están
aterrados ante la hipótesis de un nuevo vahído captado en
directo por las cámaras de televisión. Les destrozaría la
campaña, en la que insisten en presentar a un Fraga imperturbable
ante el paso del tiempo (físico), lozano como hace treinta
años, dominador del escenario y aglutinador de las derechas
rurales, urbanas, centralistas, galleguistas y mediopensionistas.
Pero la realidad no es así.
El viejo político gallego está cansado, muy cansado. Y se
le nota. Quizás él, cabezota donde los haya, y su partido,
que se juega mucho más que la presidencia de la Xunta en esta
batalla, deberían ser más prudentes porque queda mucha campaña.
El equipo electoral popular anuncia unas semanas muy movidas,
porque las encuestas siguen dando la mayoría a la izquierda.
Como dicen los futboleros, el partido está abierto, pero sería
deseable que no hubiese lesionados.
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