Federico Cocho
El fantasma Cuiña
14/06/2005

Cuiña ha reaparecido en los titulares de los periódicos. No es que haya vuelto, porque nunca se ha ido del todo, pero sí que ha devuelto el espinoso asunto de la sucesión de Fraga Iribarne al primer plano. En el momento más inoportuno, cuando el Partido Popular lucha contra las encuestas que, como se sabe, son poco fiables o están manipuladas cuando no le favorecen al interesado.

Ojo a la puesta en escena del ex "hereu" de Fraga. En pleno mitin, en su Lalín natal y político, Cuiña se dirigió expresamente a Rajoy para recordarle las cicatrices por su defenestración, propiciada entonces por una jugada de ajedrez desde la calle Génova. Ojo a la advertencia sobre el contenido galleguista del PP, rechazado por los Rajoy, Nuñez Feijoo y compañía. Y ojo al sarcasmo de Cuiña: mitineaba en gallego y se pasó al castellano para dirigirse directamente a Rajoy, que estaba presente. ¿Será que no entiende gallego el líder del Partido Popular?

Los malos augurios de los sondeos ponen los pelos de punta en las filas conservadores. A Rajoy el primero, porque, por más que haya tenido el cuidado de advertir que él no se presenta a las elecciones, una derrota en el feudo clásico de Galicia le complicaría mucho la vida a él y a los mariachis que apadrinan el singular giro extremista y callejero del PP, que vaya gusto le está cogiendo a las pancartas, las vueltas que dan la vida y la historia.

Con la derrota, si llega, todo serán trastos a la cabeza. Hay ajustes de cuentas pendientes desde hace años y las piedras de afilar ourensanas no dan abasto. Cuiña ha movido ficha antes incluso de que lleguen las presuntas malas noticias. Sigue aspirando a relevar a Fraga. Habrá guerra sucesoria, tanto más sangrienta cuanto peores sean los resultados.

Presentar a un candidato octogenario, con prestigio pero ya sin fuerzas y sin timón, ha sido un error de cálculo. Quizás, vista la situación interna, un mal menor para el PP gallego. Porque lo malo, malo, el pecado original sigue siendo el mismo: no haber solucionado la sucesión con tiempo y sin presión electoral. Ahora el fantasma de la fractura, que lleva años rondando las filas populares, es más real que nunca.