Cuiña ha reaparecido en los titulares de los periódicos.
No es que haya vuelto, porque nunca se ha ido del todo, pero
sí que ha devuelto el espinoso asunto de la sucesión de Fraga
Iribarne al primer plano. En el momento más inoportuno,
cuando el Partido Popular lucha contra las encuestas que,
como se sabe, son poco fiables o están manipuladas cuando
no le favorecen al interesado.
Ojo a la puesta en escena del ex "hereu" de Fraga.
En pleno mitin, en su Lalín natal y político, Cuiña se dirigió
expresamente a Rajoy para recordarle las cicatrices
por su defenestración, propiciada entonces por una jugada
de ajedrez desde la calle Génova. Ojo a la advertencia sobre
el contenido galleguista del PP, rechazado por los Rajoy,
Nuñez Feijoo y compañía. Y ojo al sarcasmo de Cuiña:
mitineaba en gallego y se pasó al castellano para dirigirse
directamente a Rajoy, que estaba presente. ¿Será que no entiende
gallego el líder del Partido Popular?
Los malos augurios de los sondeos ponen los pelos de punta
en las filas conservadores. A Rajoy el primero, porque, por
más que haya tenido el cuidado de advertir que él no se presenta
a las elecciones, una derrota en el feudo clásico de Galicia
le complicaría mucho la vida a él y a los mariachis que apadrinan
el singular giro extremista y callejero del PP, que vaya gusto
le está cogiendo a las pancartas, las vueltas que dan la vida
y la historia.
Con la derrota, si llega, todo serán trastos a la cabeza.
Hay ajustes de cuentas pendientes desde hace años y las piedras
de afilar ourensanas no dan abasto. Cuiña ha movido ficha
antes incluso de que lleguen las presuntas malas noticias.
Sigue aspirando a relevar a Fraga. Habrá guerra sucesoria,
tanto más sangrienta cuanto peores sean los resultados.
Presentar a un candidato octogenario, con prestigio pero ya
sin fuerzas y sin timón, ha sido un error de cálculo. Quizás,
vista la situación interna, un mal menor para el PP gallego.
Porque lo malo, malo, el pecado original sigue siendo el mismo:
no haber solucionado la sucesión con tiempo y sin presión
electoral. Ahora el fantasma de la fractura, que lleva años
rondando las filas populares, es más real que nunca.
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