La jerarquía
eclesiástica española se ha lanzado a la calle con el colchón
inapreciable del PP. Más bien habría que decir que se han
envuelto peperos y obispos, los unos con los otros, para seguir
acosando a un Gobierno que no se deja provocar, aunque no
oculta superocupación ante este viejo "matrimonio"
entre la derecha más rancia y sus líderes con los hombres
de sotana de lujo.
Ahora que se habla y se escribe tanto sobre la II República,
cabe recordar que, en los primeros años, el Gobierno republicano
puso en marcha una serie de leyes, legislación moderna y necesaria,
pero que suponían auténticas putadas para la jerarquía eclesiástica.
La Iglesia intrigó todo lo que pudo pero no recuerdo que organizase
ninguna manifestación contra el Gobierno, como han hecho los
purpurados actuales.
Vamos de manifestación en manifestación organizadas, apoyadas
o alentadas por los líderes de la derecha más rancia con estrategias
que nada tienen que ver con los motivos de las concentraciones.
Ahí están las elecciones gallegas. Pero como le han tomado
el gusto, habrá más. Esto entraña un peligro y, ya que hemos
hablado de la II República, hay que recordar también que entonces,
con la intransigencia de unos y otros en el horizonte, el
debate político estaba en la calle. A una manifestación de
la derecha, la izquierda respondía con otra. Y viceversa.
Con todos los riesgos que ello suponía, como quedó demostrado.
Ahora algunos pretenden ir por ese peligroso camino de nuevo,
pero resulta que, mientras esos líderes rancios parecen ser
copia de aquellos de hace años, el país, por suerte y por
madurez, ha cambiado y no es de esperar que la desestabilización
que se busca llegue a buen fin. Es más, al centro social no
le gustan estas piruetas, les disgusta el maximalismo y hasta
temen según que soflamas demagógicas. Y en la aritmética electoral,
eso se vuelve con quienes creen lo contrario.
Primero fue la utilización de las víctimas del terrorismo.
Ahí, es de justicia, criticar las palabras de Zapatero
en relación con que las víctimas estaban muertas. Eso es una
falacia, pues, no solamente los heridos y los familiares son
víctimas del terrorismo. Lo somos todos en mayor o menor medida,
desde este momento o potenciales, pero lo somos.
Se ha hablado tanto de esto, que los argumentos, a estas alturas,
sobran para calificar de repugnante la utilización, no ya
política, sino partidista de las víctimas. Hay quienes tratan
todavía de sembrar odios con las medias mentiras. Pero este
país ha cambiado.
Luego vino lo del Archivo de Salamanca y su correspondiente
manifestación. Esperanza Aguirre, cuando era ministra de Cultura,
dijo que la documentación solicitada por la Generalitat sería
devuelta cuando y cómo decidieran los historiadores y los
expertos. Es lo que se ha decidido hoy. La presidenta madrileña
estaba en la manifestación. Sin comentarios.
Dicen que es un expolio. Hubo expolio, cierto, pero este se
perpetró hace más de sesenta años por el régimen franquista,
no ahora. Por cierto, carteles como el de "Carod al paredón"
recuerdan también el lenguaje falangista de la época. Pero
este país ha cambiado.
Y el sábado, los curas. O al menos algunos curas, envueltos
como digo en el manto del PP, salen a la calle contra el gobierno
porque no están de acuerdo con el matrimonio de homosexuales.
La Iglesia no reconoce el matrimonio civil como único matrimonio.
Entonces, ¿ Qué más les da? ¿Acaso la Ley les obliga a que
casen gays por la Iglesia? Por cierto ¿Irán con sotana?
No defienden valores sociales, defienden intereses de poder
y no les importa en absoluto participar en esta siembra de
odios y rencores. Un tertuliano radiofónico, que se autodefinió
como católico practicante, calificó la convocatoria de "blasfema"
y muy alejada de lo que se desprende de los evangelios. Claro
que también he escuchado a otros tertulianos que esta Ley
la ha sacado adelante Zapatero para poder mirar a los ojos
a los homosexuales de su partido. ¿Es posible llegar a semejante
estúpido desatino? Lo es.
Después del sábado, asistiremos de nuevo a una guerra de cifras,
a más mentiras y más medias verdades - la peor de las mentiras
- para sembrar el cabreo generalizado. Pero parece ser que
esa estrategia se disolverá en su propio fango. Porque algunos
siguen en sus trece, pero este país, ha cambiado. |