Tengo un amigo que dice que esta vez Fraga no gana
ni harto de Albariño, y que ya es hora de que Galicia empiece
a ser gobernada por gente normal. Como si Fraga, Rajoy,
Baltar o Cuíña no fueran normales. "Yo no
digo eso -explica mi amigo-. Lo que digo es que, en
los tiempos que corren, es bueno que la gente del común se
vea reflejada en el gobierno por personas que son como somos
la mayoría, normales y corrientes".
Hay que reconocer que es una idea muy extendida y que, en
buena medida, ha sido explotada hasta la extenuación por los
cerebros grises de las campañas de los distintos partidos
que compiten en las urnas del próximo domingo en Galicia.
Lejos de una hoguera de las vanidades, lo que han encendido
esta vez los políticos gallegos es una parrilla de vulgaridades,
dicho sea en el más estricto sentido de la palabra. Una costilla
de cordero por aquí, un choricillo por allá y un chinchulillo
por acullá, eso si, con sal gorda y mucho ajo apestón. Lo
que se dice un churrasco dominguero.
Y, ya bien colocados en la feria del puedo prometer y prometo,
up!, el conejo de la chistera. Quirófanos que operan
24 horas y 365 días al año (bisiestos 366), traslado de consejerías,
Internet rápido y gratis, herencias sin impuestos, puestos
de trabajo a esgalla, ordenadores a porrillo, english for
everybody, medio metro para Vigo, puta rue para
mil altos cargos de la Xunta... Y un huevo de pasta, como
decía el tonto de mi pueblo cuando quería decir Pascua. Menos
mal que, como bien apuntó Anxel Vence, a ningún candidato
se le ocurrió decir que de las fuentes vaya a manar vino en
vez de agua o que algún partido repartiese vales de cerveza
para todos. Puestos así, yo hubiera preferido que regalasen
una edición conjunta, en papel biblia, de las bitácoras electrónicas
de Quintana y de Touriño con prólogo de Xosé
Manuel Beiras. O un book con las fotos retocadas
de Fraga. La cerveza y el vino, al fin y al cabo, ya los paga
uno voluntariamente.
Bromas aparte, mi amigo, el de la normalidad campante, puede
que lleve razón, pero yo eché de menos aquellas grandes peroratas
con las que nos extasiaba el defenestrado del Bloque e incluso
las antiguas catilinarias de un Manuel Fraga que, en esta
campaña, sólo supo destacar cuando se le llenó la boca de
zafiedad y obsoletismo. ¿Qué culpa tendrán las mujeres y los
homosexuales para que este hombre siempre vaya a por ellos
últimamente?
Ganar ganaríamos en normalidad, pero es evidente que perdimos
genio. Los que nos quieren salvar ya hablan como nosotros
aunque no digan ni piensen las mismas cosas. En el fondo es
una lástima que Quintana no sea Castelao ni Touriño
heredara algo de la dialéctica -no digo del pensamiento- de
Alfonso Guerra. En resumen, que yo eché de menos la
voz de Beiras e incluso la resonancia pasada de un Fraga,
que tampoco es Castelar. Que se apunte todo en la cuenta
de la tranquilidad, serenidad, apaciguamiento, regularidad,
naturalidad, sensatez, cordura, juicio, moderación, calma...
Al fin y al cabo, sinónimos de normalidad. Como medianía,
trivialidad, insignificancia, limitación y vulgaridad lo son
de mediocridad.
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