No iban muy descaminadas las encuestas: Fraga no llegaría
a la mayoría absoluta, subidón del PSOE y retroceso nacionalista.
Se esperaba un resultado muy ajustado en las elecciones gallegas
y así ha sido. Ahora son los emigrantes pontevedreses en el
extranjero (no los del País Vasco, Madrid o de Cataluña) y
sus hijos los que tienen la sartén por el mango para determinar
si Fraga (perdón, el PP gallego) sigue en el poder o no.
Las urnas evidencian lo que hay. Una sociedad plural, dividida
en dos grandes ámbitos ideológicos, como en tantas otras partes
y en España en su conjunto, con la particularidad -lógica,
visto desde Galicia- de la existencia de una coalición que
recoge los postulados nacionalistas en una comunidad con lengua
y cultura propias. Una sociedad más ideologizada de lo que
se suele creer, movilizada por afinidades políticas de fondo.
Así es como el PP ha logrado rozar de nuevo una mayoría absoluta
que habría sido histórica.
Pero el recuento del domingo revela que hay mayoría de votantes
de izquierdas (PSOE + Bloque), que se refleja en un escaño
más que el voto de derechas, concentrado sólo en unas siglas
(PP). Las dos fuerzas de la izquierda gallega tienen todo
el derecho, legitimidad moral y apoyo social para configurar
una mayoría parlamentaria y un gobierno de coalición. Ese
es el juego en las democracias, pactar ¿o no? ¿O es que los
pactos sólo valen si son entre fuerzas conservadoras o estatalistas?
Si al final gobierna la izquierda gallega, en repetición de
un pacto con el que ya rigen o han regido algunas de las principales
ciudades, será consecuencia de un mandato popular incuestionable.
De igual modo que si Fraga rasca ese último escaño emigrante
tendrá todo el derecho y legitimidad del mundo para gobernar.
Por más que el peculiar sistema electoral permite los lotes
de votos y la participación de los muertos.
Cabría recordar, además, cómo desde los propios medios de
la derecha española se deslegitimó en su día a los dirigentes
del PP más rural cuando hubo crisis interna. Entonces, los
Baltar y Cacharro eran residuos del XIX (que lo son, vive
Dios), amañadores, chantajistas, caciques y mil cosas más.
Ahora nadie cuestiona su contribución a la meritoria victoria
del PP en Galicia. Han sido fundamentales, una vez más, con
votos ganados puerta a puerta, no a golpe de invectivas televisivas
y simplonas contra ZP como otros. Pero la notoria contribución
de los caciques a la victoria no restaría derecho al PP para
gobernar.
No caigamos en la tentación de creer que los caciques tienen
más derecho a gobernar que los nacionalistas por el mero hecho
de pertenecer a partidos de obediencia estatal y estar aglutinados
en siglas únicas.
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