Diego Armario
Terrorismo sin fronteras
17/06/2005

El atentado en Londres, unas horas después de que la capital del Reino Unido hubiera sido elegida como ciudad organizadora de los juegos Olímpicos del año 2012, nos conmueve, nos trae dolorosos recuerdos, nos indigna, nos hace sentirnos solidarios con las víctimas y nos debe llevar a la conclusión de que vivimos una nueva era en la que no valen fórmulas antiguas ni estrategias de otros tiempos.

Lamentablemente, un nuevo y descontrolado enemigo que se mueve como un virus contra el que no se ha encontrado una vacuna, se desplaza no solo por las zonas de conflicto en las que la guerra está declarada o la tensión es permanente, sino también por ciudades en las que la población civil cree vivir en una burbuja exenta de ese tipo de riesgos, como han sido hasta ahora Nueva York, Madrid o Londres.

Si hoy vuelven a surgir voces de "pacifistas" explicando que estas tres capitales podían haber evitado ser víctimas de los aviones o las bombas, de no haber participado en mayor o menor medida en la guerra de Iraq, habría que decirles que tengan la decencia de no justificar con sus comentarios la barbarie que provocan los terroristas de Al Qaeda.

Los nuevos estrategas, los nuevos politólogos, los nuevos expertos en terrorismo islamista, en definitiva, los nuevos pensadores deben darse prisa por establecer una teoría solvente sobre como reaccionar ante este terrorismo sin fronteras, en el que los que ponen las bombas, son suicidas y no les importa serlo porque creen que su crimen tiene premio en la otra vida.

En cualquier caso, lo cierto es que el mundo libre, los países que creen en la democracia y protegen los derechos de los ciudadanos no pueden competir en frivolidad a la hora de analizar estos riesgos y sus consecuencias, echando la culpa de los atentados a quienes no han sabido preverlos. Con un Alberto de Mónaco tenemos suficiente.

Menos mal que su cuñado Ernesto de Hannover, -pacifista reconocido y ejerciente- ha estado callado.