El atentado en Londres, unas horas después de que la capital
del Reino Unido hubiera sido elegida como ciudad organizadora
de los juegos Olímpicos del año 2012, nos conmueve, nos trae
dolorosos recuerdos, nos indigna, nos hace sentirnos solidarios
con las víctimas y nos debe llevar a la conclusión de que
vivimos una nueva era en la que no valen fórmulas antiguas
ni estrategias de otros tiempos.
Lamentablemente, un nuevo y descontrolado enemigo que se mueve
como un virus contra el que no se ha encontrado una vacuna,
se desplaza no solo por las zonas de conflicto en las que
la guerra está declarada o la tensión es permanente, sino
también por ciudades en las que la población civil cree vivir
en una burbuja exenta de ese tipo de riesgos, como han sido
hasta ahora Nueva York, Madrid o Londres.
Si hoy vuelven a surgir voces de "pacifistas" explicando
que estas tres capitales podían haber evitado ser víctimas
de los aviones o las bombas, de no haber participado en mayor
o menor medida en la guerra de Iraq, habría que decirles que
tengan la decencia de no justificar con sus comentarios la
barbarie que provocan los terroristas de Al Qaeda.
Los nuevos estrategas, los nuevos politólogos, los nuevos
expertos en terrorismo islamista, en definitiva, los nuevos
pensadores deben darse prisa por establecer una teoría solvente
sobre como reaccionar ante este terrorismo sin fronteras,
en el que los que ponen las bombas, son suicidas y no les
importa serlo porque creen que su crimen tiene premio en la
otra vida.
En cualquier caso, lo cierto es que el mundo libre, los países
que creen en la democracia y protegen los derechos de los
ciudadanos no pueden competir en frivolidad a la hora de analizar
estos riesgos y sus consecuencias, echando la culpa de los
atentados a quienes no han sabido preverlos. Con un Alberto
de Mónaco tenemos suficiente.
Menos mal que su cuñado Ernesto de Hannover, -pacifista
reconocido y ejerciente- ha estado callado.
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