León Buil Giral
Hay que extirpar el terrorismo
07/07/2005

El atentado de hoy en Londres, con su sangrienta estela de muertos y heridos, ha conmocionado a todo el mundo occidental por el terror desplegado por sus autores contra unas personas que parece que deberían estar lejos de sus objetivos. Con una autoría que según los primeros indicios recae sobre el grupo Al. Qaeda, la mañana de este siete de Julio ha devuelto a la sociedad británica especialmente, pero también a todo el mundo no islamista, la zozobra que han ido alimentado la sucesión de actos terroristas brutales, sin límite alguno de magnitud o procedimiento, sin esperanza de tregua o compromiso. El terrorismo islamista se presenta hoy como un fenómeno progresivo y en expansión que tiene sus objetivos en todo aquello que parezca atentar contra las leyes sagradas del Islam en su interpretación más retrógrada y obcecada. Por esta razón también tiene entre sus objetivos a los países de cultura musulmana que consideran que se apartan de la más rígida interpretación de la doctrina mahometana.

Las reacciones ante el atentado han respondido a una especie de estereotipo que ya ha echado raíces en nuestro pensamiento: son los sentimientos de horror, de impotencia y de esperanza en que se haga justicia y que se erradique el terrorismo perseguido hasta su desaparición. Es lo que en países como el nuestro, golpeado por el terror con brutalidad desde hace décadas, manifiestan los responsables políticos y también los ciudadanos, aunque entre éstos se acrecienta el sentimiento de venganza y se reivindica la aplicación talional de la pena. Pero hechos como el de hoy, o como los que a diario ocurren en Irak o Afganistan o Chechenia o Filipinas, necesariamente suscitan nuevas reflexiones sobre el fenómeno y sus soluciones.

La guerra de Afganistán se fundamentó en la anulación de un santuario de terroristas en donde se instruían los grupos que atentaban contra los intereses occidentales. Aquella guerra se ganó en cuanto conflicto bélico convencional, pero no respecto a su objetivo principal, según se nos vendía. Hoy el terrorismo sigue presente en el país y alcanza a otros limítrofes, por lo que se sabe. Lo mismo ocurrió con la malhadada guerra de Irak que pretendía derrocar al dictador Husein por poseer armas de destrucción masiva y suponerle la intención de utilizarlas. Hoy Irak es un irreductible campo de entrenamiento de terroristas que tienen sus actividades en el propio territorio pero extienden sus redes letales por todo el mundo.

¿Cuál será la próxima genialidad bélica para acabar con el terrorismo? ¿Qué actuación sería la aconsejable para eliminar otros focos latentes o no latentes en Africa, en las repúblicas centroasiáticas, en el subcontinente indio o en Indonesia? Es probable que la intervención en Afganistán estuviera justificada porque además de albergar terroristas dominaba allí un régimen de terror que pisoteaba los derechos humanos. Pero a partir de este punto, las consecuencias de la política belicista contra el terrorismo han sido nefastas para la seguridad mundial: han constituido un clamoroso fracaso. De poco ha servido el blindaje de las naciones más poderosas frente a los sutiles procedimientos terroristas. Hoy ha sido Londres; mañana no se sabe.

No se trata aquí de plantear una alternativa que entrañaría una enorme complejidad y que quizá tampoco garantizaría el éxito. Tampoco sería razonable en términos políticos ni aceptable por razones éticas buscar un acuerdo con grupos terroristas para los que no existe el compromiso o la tolerancia. Pero habrá que encontrar una vía factible para impedir que el terrorismo de los radicales islámicos siembre de dolor y muerte todo el mundo, incluso sus propios pueblos. Habrá que encontrar la fórmula para que la seguridad no se alcance a costa de la libertad y del recorte de otros derechos cívicos, como ya está aconteciendo al otro lado del Atlántico. El grupo del G-8 tienen una buena oportunidad para comprometerse a remover las causas que mantienen en la pobreza a la tercera parte de la humanidad, pero también a tratar de encontrar conjuntamente y con las demás naciones una estrategia distinta frente al terrorismo islamista. La actual, no sirve.