El atentado de hoy en Londres, con su sangrienta estela de
muertos y heridos, ha conmocionado a todo el mundo occidental
por el terror desplegado por sus autores contra unas personas
que parece que deberían estar lejos de sus objetivos. Con
una autoría que según los primeros indicios recae sobre el
grupo Al. Qaeda, la mañana de este siete de Julio ha devuelto
a la sociedad británica especialmente, pero también a todo
el mundo no islamista, la zozobra que han ido alimentado la
sucesión de actos terroristas brutales, sin límite alguno
de magnitud o procedimiento, sin esperanza de tregua o compromiso.
El terrorismo islamista se presenta hoy como un fenómeno progresivo
y en expansión que tiene sus objetivos en todo aquello que
parezca atentar contra las leyes sagradas del Islam en su
interpretación más retrógrada y obcecada. Por esta razón también
tiene entre sus objetivos a los países de cultura musulmana
que consideran que se apartan de la más rígida interpretación
de la doctrina mahometana.
Las reacciones ante el atentado han respondido a una especie
de estereotipo que ya ha echado raíces en nuestro pensamiento:
son los sentimientos de horror, de impotencia y de esperanza
en que se haga justicia y que se erradique el terrorismo perseguido
hasta su desaparición. Es lo que en países como el nuestro,
golpeado por el terror con brutalidad desde hace décadas,
manifiestan los responsables políticos y también los ciudadanos,
aunque entre éstos se acrecienta el sentimiento de venganza
y se reivindica la aplicación talional de la pena. Pero hechos
como el de hoy, o como los que a diario ocurren en Irak o
Afganistan o Chechenia o Filipinas, necesariamente suscitan
nuevas reflexiones sobre el fenómeno y sus soluciones.
La guerra de Afganistán se fundamentó en la anulación de un
santuario de terroristas en donde se instruían los grupos
que atentaban contra los intereses occidentales. Aquella guerra
se ganó en cuanto conflicto bélico convencional, pero no respecto
a su objetivo principal, según se nos vendía. Hoy el terrorismo
sigue presente en el país y alcanza a otros limítrofes, por
lo que se sabe. Lo mismo ocurrió con la malhadada guerra de
Irak que pretendía derrocar al dictador Husein por poseer
armas de destrucción masiva y suponerle la intención de utilizarlas.
Hoy Irak es un irreductible campo de entrenamiento de terroristas
que tienen sus actividades en el propio territorio pero extienden
sus redes letales por todo el mundo.
¿Cuál será la próxima genialidad bélica para acabar con el
terrorismo? ¿Qué actuación sería la aconsejable para eliminar
otros focos latentes o no latentes en Africa, en las repúblicas
centroasiáticas, en el subcontinente indio o en Indonesia?
Es probable que la intervención en Afganistán estuviera justificada
porque además de albergar terroristas dominaba allí un régimen
de terror que pisoteaba los derechos humanos. Pero a partir
de este punto, las consecuencias de la política belicista
contra el terrorismo han sido nefastas para la seguridad mundial:
han constituido un clamoroso fracaso. De poco ha servido el
blindaje de las naciones más poderosas frente a los sutiles
procedimientos terroristas. Hoy ha sido Londres; mañana no
se sabe.
No se trata aquí de plantear una alternativa que entrañaría
una enorme complejidad y que quizá tampoco garantizaría el
éxito. Tampoco sería razonable en términos políticos ni aceptable
por razones éticas buscar un acuerdo con grupos terroristas
para los que no existe el compromiso o la tolerancia. Pero
habrá que encontrar una vía factible para impedir que el terrorismo
de los radicales islámicos siembre de dolor y muerte todo
el mundo, incluso sus propios pueblos. Habrá que encontrar
la fórmula para que la seguridad no se alcance a costa de
la libertad y del recorte de otros derechos cívicos, como
ya está aconteciendo al otro lado del Atlántico. El grupo
del G-8 tienen una buena oportunidad para comprometerse a
remover las causas que mantienen en la pobreza a la tercera
parte de la humanidad, pero también a tratar de encontrar
conjuntamente y con las demás naciones una estrategia distinta
frente al terrorismo islamista. La actual, no sirve.
|