Frente a la amenaza del terrorismo, España no es diferente
al resto del mundo occidental, como ha dejado patente la serie
de atentados registrados en medios de comunicación de Londres,
tan calcados de los del 11-M en Madrid. En lo que sí somos
diferentes los españoles es en nuestra manera de reaccionar
ante los atentados. Para nuestra desgracia y, por si les sirve
de ayuda, para consuelo de los británicos, aquí se achacó
al Gobierno la responsabilidad de que volaran por los aires
los trenes de cercanías, la masacre condicionó la retirada
de nuestras tropas de Irak, una comisión parlamentaria ha
concluido que el Ejecutivo minusvaloró las amenazas del terrorismo
islámico y todavía se culpa al Gobierno de entonces de no
haber informado adecuadamente. Nada de eso sucedió en Nueva
York tras el 11-S y a buen seguro no se dará en Londres, ni
en los próximos días, ni en el futuro.
En medio de desgracias como la que Londres está viviendo,
qué suerte tiene un país, en este caso Gran Bretaña, cuando
nadie critica a su primer ministro por aparecer en público
por primera vez tres horas después del primero de los atentados
negándose a dar detalles de los mismos, ni siquiera achacar
su auditoría a ninguna organización terrorista; los partidos
de la oposición no se disponen a culpar a Tony Blair por haber
dado pie a la masacre con su participación en la guerra de
Irak; las cadenas de televisión no rivalizan para ver quién
es capaz de ofrecer más imágenes de cadáveres abiertos en
canal; los ciudadanos no se congregan ante las sedes del Partido
Laborista para protestar... A la hora de padecer las secuelas
del terrorismo, España es igual a Gran Bretaña. Pero a la
hora de hacerle frente, qué pena para nuestro país, no.
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