La horrible tragedia de Londres demuestra que el terrorismo
internacional de carácter masivo es tan posterior al fatídico
11-M de Madrid como anterior a él. Sin embargo, la comisión
del Parlamento español responsabilizó al Gobierno de José
María Aznar de insuficiente previsión ante el atentado
de Atocha. ¿Lo hizo alguien antes con George Bush?
¿Se atreverá alguien a hacerlo ahora con Tony Blair?
Es verdad que Aznar gestionó pésimamente la crisis inmediata
tras el 11-M y eso le costó las elecciones a su partido. Pero
el peor pecado del ex presidente parece ser un adusto carácter
que dificulta que se reconozcan sus posibles méritos. El hombre
se fue del Gobierno voluntariamente, sin que nadie se lo hubiera
pedido y, sin embargo, ha dejado una estela de prepotencia.
Llevó a su partido al centro del espectro político y, en cambio,
se le tilda de extremista y autoritario. Hizo una política
económica con aspectos sociales progresivos y, paradójicamente,
se le tacha de come pobres.
Aznar debe tener, pues, el estigma de alguna maldición grabado
en la frente. De los cuatro de la famosa foto de las Azores,
es el único mal parado. Bush, ahí sigue, en su segundo mandato.
Blair se ha convertido en el árbitro incuestionable de Europa,
y Durao Barroso ha encontrado acomodo como Presidente
de la Comisión Europea. Por el contrario, sus feroces enemigos
de antaño, Jacques Chirac y Gerhard Schroeder,
viven sus horas más bajas, en espera de una prematura y penosa
jubilación política.
Debe ser una cuestión de físico. Eso les pasa a algunos actores,
que parecen haber nacido para hacer de malos de la
película. Claro que la historia practica luego impensados
ajustes de cuentas. Miren, si no, el caso de Ronald Reagan.
Muchos se mofaron de él cuando su primera elección. Ahora,
en cambio, los norteamericanos le consideran el mejor político
de su historia, por encima incluso de Abraham Lincoln
y George Washington. Para que vean.
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