Antonio Regalado
Olimpiada de sangre
11/07/2005

La guerra de los mundos está aquí. Los invasores integristas golpearon el 11-S, el 11-M y el pasado jueves. ¿Dónde mañana? Las bombas que explosionaron en las entrañas de la capital británica y en el autobús, simultáneamente, llevándose por delante decenas de inocentes, confirman que la batalla al terrorismo hay que ganarla desde NU, Bruselas, Moscú, China, Japón y el propio CIO. Los españoles sabemos mejor que nadie, después de cuatro décadas de lucha contra la dictadura del terrorismo vasco, que no podemos rendirnos porque nunca tendremos alma de esclavos. De ahí el rechazo masivo a las negociaciones con estos nuevos vándalos del siglo XXI.

¿Comandos musulmanes 'durmientes' en las ciudades finalistas para recrear el infierno en la sede ganadora y recordarnos que el cielo puede esperar? A muchos nos recordó Munich 72 y 'Septiembre negro.' Siempre la sombra fanática árabe de por medio. Antes, la siniestra sombra del rais; hoy, la del miserable Osama Ben Laden. La guerra fría calentó los corazones de los progresistas con las mentiras del Che Guevara. Siempre los mismos ilusos jaleando a estúpidos que se preguntan en voz alta todavía quién nos salvará de George Bush. Desde luego, no Fidel Castro ni Hugo Chávez.

La ejemplar reacción de los ingleses con Tony Blair en primera línea de fuego, manteniendo su agenda y las conclusiones en la cumbre del G-8, y ofreciendo los datos de la tragedia con un protocolo tan simple como que a las familias de los muertos y heridos les asiste el derecho de conocer la verdad antes que a la opinión pública, nos muestra la diferencia de talante con quienes aquí se lanzaron a la yugular del gobierno legítimo en las vísperas del 14-M. Nadie ha acusado de imprevisión a los laboristas ni nadie se ha cuestionado que el mazazo pueda ser consecuencia de la guerra de Irak.

Desgraciadamente, más bien parece una copia de la tragedia de Atoca. Aquí entendemos bien el dolor y las lágrimas de los londineneses. Madrid es Londres y Londres Madrid. Todos somos victimas de esa olimpiada de sangre. El silencio solidario del pasado viernes constata que al terrorismo hay que vencerlo enfrentándose a él desde el imperio de la ley y con toda la fuerza de la democracia. Resistiendo. Y golpeándoles donde más les duela: denunciando el wahabismo que todo lo subvenciona. ¿No son estos mismos terroristas los que asesinaron hace unas horas al embajador egipcio en Bagdad y los que siembran de sangre cada amanecer las calles de Faluya? Quitémonos las máscaras de la tolerancia y analicemos las causas y consecuencias a la luz de los hechos. ¿Quién inculca el odio en las 'madrasas' e interpreta el Corán a la luz del candil de la 'hégira'?, ¿qué religión permite y alienta a los jóvenes con una hiedra de dinamita a la cintura descuartizar seres humanos que viajan en metro o autobús? ¿Cuál es el delito, ser libres, vivir en democracia? ¿Donde está Alá, el misericordioso? Imagino que escondido y avergonzado por tanto horror que se comete en su nombre.

Desde luego, el binomio libertad seguridad tiene que tener un límite para aquellos que imponen sus ideas desde el miedo, el tiro en la nuca y el coche bomba. Las democracias son vulnerables. Hay que blindar los agujeros negros con leyes que nos protejan de los enemigos. De nada vale mirar para otro lado mientras te revientan los horizontes. Tampoco parece oportuno escudarse en que los asesinatos masivos se justifican en un mar de injusticia universal. Otra majadería más del presidente por accidente.

Los colaboracionistas del terror reiteran que la causa radica en la pobreza. Una ignominia. ¿Es que todos los pobres son potenciales terroristas? ¿Se han cometido mayores injusticias en los últimos años que en el área de los Grandes Lagos entre tutsis y hutus? ¿Han puesto éstas etnias alguna bomba en el corazón de Occidente? ¿No es el líder del Al Queda un multimillonario y además un asesino?

Esperemos que hoy, en Bruselas, salga no un comunicado de condena protocolario sino medidas concretas y compromisos comunes de esa cumbre extraordinaria de ministros de Interior y Justicia. Ya es hora de que nos enfrentemos al terrorismo islamista con coraje y decisión. Y no con palabras hueras que mañana se las ha llevado el viento. El ejemplo de los británicos, con la Reina Isabel II a la cabeza, celebrando ayer, de luto y multitudinariamente, el 60 aniversario de la victoria sobre los nazis nos reconcilia con los valores occidentales arrancados al miedo por Wiston Churchil prometiendo sangre sudor y lágrimas frente al pactismo o rendición preventiva de Artur Neville Chamberlain. Los terroristas deben entender que la fuerza de la libertad es un arma más poderosa que su fe ciega y que su odio. Ahora sólo nos queda rezar por los muertos y consolar a las víctimas y a sus familias. Y de paso rezar también por todos nosotros que falta nos hace. Nos vemos en Londres/2012.