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Enrique Arias Vega
"Bambi" ya no sonríe
30/07/2005

Rodríguez Zapatero llegó al poder sin despeinarse y sin dejar de sonreír. La imagen apacible de cervatillo sin malicia le valió el calificativo cariñoso de Bambi. El primero en darse cuenta de que tras aquel semblante dócil de personaje de Walt Disney había todo un carácter fue Alfonso Guerra: "Es un Bambi de acero", dijo.

Año y medio después, tras toneladas de talante y de derrochar una política de buen rollito, nuestro personaje ya no sonríe. Día a día va frunciendo un poco más los labios hasta quedarle un rictus de pertinaz concentración. Ni siquiera la última adhesión de Tony Blair a su alianza de civilizaciones le ha alegrado las pestañas: quizá por haber pagado por ella el peaje de desvincular los atentados terroristas de la guerra de Irak.

Nadie había podido negarle hasta ahora capacidad resolutiva a Rodríguez Zapatero; la misma que le llevó al poder a la primera, a diferencia de sus predecesores, Felipe González y José María Aznar, que hubieron de aprender a base de revolcones electorales. Él está haciendo el aprendizaje en vivo y en directo, contradiciendo la máxima de Eugenio d'Ors de que los experimentos hay que hacerlos con gaseosa.

En esa experimentación a corazón abierto le surge su Prestige en forma de incendio en Guadalajara; se le rebelan las comunidades autónomas, sin diferencia de colores y con los argumentos más peregrinos, y, Dios no lo quiera, la sombra de otra posible masacre terrorista como las de Londres, Turquía y Egipto, a la que llegó a creerse inmune, le eriza un vello cada vez más ralo.

De repente, como una Cenicienta cuya carroza vuelve a convertirse en calabaza, percibe que gobernar no es sólo sonreír e improvisar sobre la marcha. Tener ideas, proyectos compartidos y una política de Estado resulta más complejo que aprobar leyes sociales muy llamativas que no le cuestan un duro al Erario público.

Es ese duro despertar a la realidad que acomete siempre a los adolescentes el que le quitaría a cualquiera las ganas de sonreír.

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