Rodríguez Zapatero llegó al poder sin
despeinarse y sin dejar de sonreír. La imagen apacible
de cervatillo sin malicia le valió el calificativo
cariñoso de Bambi. El primero en darse cuenta de que
tras aquel semblante dócil de personaje de Walt Disney
había todo un carácter fue Alfonso Guerra:
"Es un Bambi de acero", dijo.
Año y medio después, tras toneladas de talante
y de derrochar una política de buen rollito, nuestro
personaje ya no sonríe. Día a día va
frunciendo un poco más los labios hasta quedarle un
rictus de pertinaz concentración. Ni siquiera la última
adhesión de Tony Blair a su alianza de civilizaciones
le ha alegrado las pestañas: quizá por haber
pagado por ella el peaje de desvincular los atentados terroristas
de la guerra de Irak.
Nadie había podido negarle hasta ahora capacidad resolutiva
a Rodríguez Zapatero; la misma que le llevó
al poder a la primera, a diferencia de sus predecesores, Felipe
González y José María Aznar,
que hubieron de aprender a base de revolcones electorales.
Él está haciendo el aprendizaje en vivo y en
directo, contradiciendo la máxima de Eugenio d'Ors
de que los experimentos hay que hacerlos con gaseosa.
En esa experimentación a corazón abierto le
surge su Prestige en forma de incendio en Guadalajara; se
le rebelan las comunidades autónomas, sin diferencia
de colores y con los argumentos más peregrinos, y,
Dios no lo quiera, la sombra de otra posible masacre terrorista
como las de Londres, Turquía y Egipto, a la que llegó
a creerse inmune, le eriza un vello cada vez más ralo.
De repente, como una Cenicienta cuya carroza vuelve a convertirse
en calabaza, percibe que gobernar no es sólo sonreír
e improvisar sobre la marcha. Tener ideas, proyectos compartidos
y una política de Estado resulta más complejo
que aprobar leyes sociales muy llamativas que no le cuestan
un duro al Erario público.
Es ese duro despertar a la realidad que acomete siempre a
los adolescentes el que le quitaría a cualquiera las
ganas de sonreír.
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