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Durante largo tiempo, con toda probabilidad, asistiremos
al debate sobre si Zapatero logró el acuerdo básico
acerca de las cifras de la financiación sanitaria o si los
populares arrancaron los 1.700 millones de euros anuales,
tan alejados del planteamiento inicial del Gobierno, de
500 ó seiscientos nada más. Esperanza Aguirre, que
a menudo ejerce de líder del PP, compendió perfectamente
el sentido y mensaje de su partido, con su refrán: "A
caballo regalado..." O sea, aceptemos sin rechistar
esa cantidad de dinero pero neguemos que se haya conseguido
el consenso básico que se atribuye Zapatero.
En ocasiones, los políticos, que sólo son administradores
y gerentes del dinero de los contribuyentes, piensa y actúan
como si esos dineros fueran propios. Lo malo del caso es
que, tal y como están produciéndose los acontecimientos,
y tal y como funcionan los debidos controles, no resultará
fácil que el ciudadano votante y contribuyente termine conociendo
con suficiente detalle si esos administradores resultan
leales o resultan eficaces, y pueda actuar de acuerdo con
esos criterios fundamentales para la marcha de la cosa pública
como de los intereses privados, por igual. Nadie ha sabido
ni querido explicar si de verdad eran imprescindibles esos
1.700 ó 1.800 millones anuales más, y de dónde deberán proceder
esos dineros, si de lo que el Estado obtiene por todos los
procedimientos en marcha o si procede a solicitar nuevas
aportaciones a ese contribuyente que parece desvirtuado
y olvidado en el planteamiento del problema y en la búsqueda
de soluciones. ¿Se ha logrado trasmitir a ese contribuyente,
ahora en forma de eventual paciente, que también se requiere
de su colaboración para que los gastos sanitarios no se
sigan desmadrando? Es evidente que el político se resiste
a hacer ver a ese ciudadano esa necesidad de su contribución
consciente: ni copago ni más impuestos sobre el tabaco,
el alcohol, la gasolina o la tarifa de la luz, fórmulas
que harían reflexionar sobre los costes reales de esa asistencia
sanitaria que se traga miles de millones y siempre reclamará
más y más.
En cualquier caso, la utilidad de la Conferencia de Presidentes,
como la del Consejo de Política Fiscal y Financiera, parece
bien comprobada para afrontar reales problemas y buscarle
soluciones entre todos. Y poco a poco se van cumpliendo
los requisitos mínimos: planteamiento del asunto a resolver,
debate previo, soluciones de cada cual con su correspondiente
argumentario, y debate final, incluso con votación.
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