Y en estas que llegó Mariano a la sede central de La
Caixa, con una actitud corporal a medio camino entre lo que
sería Daniel en el foso de los leones y el maestrillo que
viene a leernos la cartilla. El presidente ¿por delegación?
del Partido Popular, al que no le pegan nada las jeremiadas
a lo Aznar y los exabruptos catastrofistas del dúo
Zaplana-Acebes, habló del secuestro al que la clase
política autóctona tiene sometida a Cataluña. Y, por ahí todo
seguido, repartió, educadamente, capones al respetable presente
y al ausente. Naturalmente, Rajoy estaba en su papel y se
ceñía a lo que es el discurso de su partido. Mayor ortodoxia
pepera imposible.
Claro que Mariano, se puso en una tesitura de "consejos
vendo y para mí no tengo". Todo lo que reprochó a la clase
política catalana (por cierto, de ella también forman parte
los suyos, ¿o no?) se lo podía haber reprochado a su propio
partido allá donde gobierna. Lo mismo que, Rajoy dixit,
hace el tripartito catalán, lo han hecho, durante 17 años
los populares en Galicia, en Murcia, en Castilla y León y,
en especial, desde La Moncloa, en aquellos ocho años del aznarato:
empresas públicas privatizables -posteriormente privatizadas-a
cuyo frente se colocan o compañeros de pupitre o personas
afines. Y, luego, las empresas privatizadas que actúan en
función de los intereses del partido y bailan al son que les
tocan.
Puestas así las cosas, si la Cataluña del tripartito es el
coco colonizador, la fiera corrupia, el ogro devorador de
niños, la rompespañas, el Mal absoluto, no sé a qué diablos
espera el Partido Popular para proponer que el Reino de España
se independice de Cataluña. Porque lo que subyace en el discurso
marianista es eso: un injustificado pánico a una parte de
España, el Principado, al que se le achacan prácticamente
todos los males pasados, presentes y venideros. Quizá para
los españolistas a ultranza (tan separadores como sus contrarios)
les vaya bien esto de independizarse de Cataluña: se liberarían,
de una vez por todas, de sus miedos. No sería mala idea, claro.
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