Acabamos de entrar en otro de los momentos que hacen historia
en España. La que creemos algo irresponsable ocultación del
sexo de la heredera del heredero de la Corona, una irresponsabilidad
de la que somos todos partícipes, nos sitúa ahora ante la
necesidad de abordar aprisa y corriendo una trascendental
reforma constitucional que ya debería haber comenzado a plantearse
de manera más tangible. No es, en efecto, una reforma cualquiera:
implica, una aprobación parlamentaria de mayoría cualificada,
disolución de las Cortes, nuevas elecciones y celebración
de referéndum. Esta delicada cuestión no debería posponerse
mucho tiempo: lo lógico sería que doña Letizia se quedase
embarazada nuevamente en un plazo razonable de meses, acaso
en un año. Si el nuevo descendiente fuese varón y no estuviese
para entonces lista y refrendada esta reforma constitucional,
se generaría un conflicto dinástico, al hacerse necesaria
la retroactividad para privar de sus derechos al varón. Un
lío, vamos, de consecuencias difíciles de sopesar (la Historia
española conoce lamentablemente de estas cuestiones).
Un lío que, en opinión de una mayoría de observadores, debería
haberse acometido ya (incluso en tiempos de Aznar,
para hacerla coincidir con las elecciones de marzo de 2004),
pero que se ha ido posponiendo: primero, porque nadie quería
lógicamente unas elecciones anticipadas por esa causa; segundo,
porque estábamos todos en reformas estatutarias y otros interminables
debates parlamentarios. Y tercero, muy propio de este país
nuestro, porque siempre hay alguien que dice que 'doctores
tiene la Iglesia' y deja en manos de expertos constitucionalistas
el remiendo a las dejadeces propias. Ahora llega la hora en
la que los constitucionalistas se pelearán acerca de la fecha
en la que esta reforma debe producirse, sobre si ha de tener
o no efectos retroactivos, su alcance... ).
Y ésa es otra: ahora lo que viene, con toda esta discusión
que estamos planteando y que va a llegar irremediablemente
pronto, es el otro gran debate nacional. Estamos inmersos
en plena pelea sobre los postergados temas territoriales y
ahora irrumpe la otra enorme cuestión que está ahí, latente,
desde el inicio de la transición y el fin del franquismo,
hace treinta años: la cuestión Monarquía o República).
Resulta indudable que, a la hora de plantear la reforma constitucional,
los partidos republicanos y los ciudadanos partidarios claramente
de la República van a querer hacer oír su voz de una manera
que no se ha producido en las últimas tres décadas. Y ha de
tenerse en cuenta que las formaciones declaradas republicanas
en las Cortes, son varias, no solamente Izquierda Unida y
Esquerra Republicana de Catalunya. El propio PSOE sigue siendo
teóricamente republicano, aunque la pasada madrugada emitiese
un comunicado saludando el nacimiento de la todavía infanta
doña Leonor como "una gran noticia para la democracia").
Va a ser éste un debate bastante gratuito -nadie en el fondo,
quiere plantear cambios sociales de este tenor en un país
que va bien como está actualmente-, pero será desgastante
para la institución monárquica, que va a perder enteros en
este envite. Y el referéndum preceptivo sobre la reforma constitucional
se va a convertir en un plebiscito entre Monarquía o República.
Ganará, sin duda, la primera opción, que es la más lógica
y la más acorde a nuestras tradiciones, pero...Los españoles
no son republicanos, según las encuestas, pero tampoco abrumadoramente
monárquicos: son, como tantas veces se ha dicho, accidentalistas
juancarlistas. ¿Serán también felipistas de Felipe VI?
¿Y de Leonor I?
Pues eso solamente el tiempo y la actuación de la Familia
Real en el desempeño de sus funciones podrá aclararlo: Felipe
VI, un hombre preparado, abierto, de su tiempo, tendrá que
ganarse la Corona día a día, en un mundo rápidamente en cambio,
y no digamos ya doña Leonor. Pero esto es ya apuntar demasiado
lejos en el tiempo; ahora, lo inmediato es que, tras la convulsión
del debate territorial, viene la de la reforma constitucional,
dejada tan de lado hasta ahora.
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