Fernando Jáuregui
Las diecisiete españas
06/11/2005

Hay quien dice que no hay dos españas, como decía Machado, sino, ahora, diecisiete. Una por autonomía. Así de desvertebrado y territorialmente insolidario ven algunos a nuestro país. Personalmente, y con todas las mezclas que se quiera, pienso que no hay diecisiete, pero tampoco dos, españas: al menos, tres. La de las autonomías socialistas, la de las populares y la de los nacionalismos. Y se van a encontrar (¿enfrentar?) este lunes en el Senado, en el marco del tras tantos años recuperado debate sobre el estado autonómico.

¿Es bueno, malo, regular, el estado actual de las autonomías? Todo depende, claro, del punto de vista del que se observe. Y del grado de optimismo que se exhiba ante el futuro: optimismo máximo en la versión de Zapatero, para quien todas las cuadraturas del círculo son posibles. Pesimismo extremo el de Mariano Rajoy, que ve una clara ruptura de la nación si las cosas siguen así. En medio, opiniones para todos los gustos.

Ocupar las posiciones moderadas, centradas o centristas, debería ser la función de los dos principales partidos políticos nacionales. Eso, y ganar tiempo para que los nacionalismos sigan sintiéndose lo más cómodos que sea posible en el marco de España. Pero las recetas de socialistas y populares son radicalmente diferentes, ahora mismo parece que irreconciliables, y eso, claro, hace mella en el terreno del estado autonómico. Así, vemos que las distancias sobre la teoría del territorio entre Castilla-La Mancha, Andalucía, Extremadura, Galicia y Asturias, es decir, las comunidades socialistas, se agrandan con respecto a las comunidades que tienen presidentes del Partido Popular o asimilados, como Navarra (con sus peculiaridades), La Rioja, Baleares, Valencia, Murcia, Castilla y León y, sobre todo, Madrid, donde parece forjarse, de la mano de Esperanza Aguirre, el vértice de la resistencia frente al poder socialista de La Moncloa. Lo de Ceuta y Melilla reclama soluciones muy específicas en estos tiempos de globalización de la inmigración.

En este marco, los nacionalismos (Cataluña y País Vasco) o regionalismos (Cantabria y Canarias) se acercan más al PSOE que al PP, que se queda solo, aunque acompañado de bastantes millones de opiniones de españoles, en su defensa de una concepción más clásica de cómo debe evolucionar el desarrollo territorial. Y esta concepción pasa también por el establecimiento de mayores cautelas en algunos puntos de la prevista reforma constitucional, en general, y en lo que se refiere al propio Senado, marco del debate de este lunes, martes y miércoles, en particular.

Porque, cómo no, en este recuperado debate, que llevaba casi dos legislaturas sin producirse (Aznar lo temía, precisamente porque era el espejo de una cierta desvertebración nacional), habrá de abordarse seriamente la reforma de la ahora bastante inoperante Cámara Alta, para que sirva como cámara autonómica, casi como el 'sancta santorum' de los afanes federalistas que algunos alientan y otros, nacionalistas sobre todo, torpedean. Hay que cambiar desde el sistema electoral hasta la enumeración de sus funciones, desde la circunscripción hasta, quizá, el número de senadores y sus responsabilidades.

La impresión, no obstante, es la de que en los discursos de los presidentes van a primar las reivindicaciones particulares, las guerras y guerrillas del agua, de la inmigración, de los costes de la Sanidad, sobre los planteamientos ideológicos de quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Aunque todos sepan que el estado autonómico, inventado hace ya casi tres décadas, sigue sin cerrarse a plena satisfacción. Puede, dicen, que de algo de eso hable también Zapatero este lunes, en el que puede que sea uno de los discursos más difíciles -sí, más que el del Estatut o el del 'Plan Ibarretxe', que algo tienen que ver también con todo esto- de su vida política. Y es que sean tres o diecisiete, hay demasiadas españas conviviendo sin un plan definitivo que las cohesione.