|
Es la condición humana. La de ayudar a los poderosos, escribo.
Acontece en todas las actividades, fundamentalmente en las
económicas, y el fútbol, que mueve miles de millones a nivel
planetario, no iba a ser una excepción. Más todavía en el
caso español, con dirigentes tan impresentables como Ángel
María Villar (presidente de la Federación) y
Victoriano Sánchez Arminio ('jefe' de los árbitros)
y con unos colegiados profesionales -aunque muy malos- y
multimillonarios -ganan o les dan más que al presidente
del Gobierno- a los que les va muy bien en el sistema y
no quieren que cambie. Razón por la que siempre favorecen
a los clubes poderosos cuando se enfrentan a los débiles
y como norma general de sus arbitrajes, por otro lado nefastos
y polémicos casi siempre.
Porque la fuerza del Real Madrid y Barcelona, algo por
encima, y de Valencia, Dépor, Atlético y Athletic, en un
nivel inferior, es mayor que la del resto y los favores
en forma de decisiones injustas que reportan puntos se pagan
a más alto precio. Sin ir más lejos, en esta última jornada
de Liga, del pasado fin de semana (podríamos coger cualquier
otra, porque la historia se repite y volverá suceder -qué
se apuestan que también en la de este martes, miércoles
y jueves-, los colegiados favorecieron claramente a azulgranas
y blancos.
A los de Rijkaard con un penalti sobre Márquez
que no fue y encarriló su victoria en Cádiz -que seguramente
se habría producido igual, pero esa es otra cuestión-. A
los de López-Caro, con dos varas de medir: la dura
para el osasunista Puñal expulsado a los 15 minutos
por un codazo a Roberto Carlos -quien le echó mucho
teatro- y que no parecía más que de tarjeta amarilla. La
blanda: cuando el propio brasileño había realizado un entradón
a Valdo que le lesionó y le obligó a retirarse y
no vio ni amarilla. O cuando Baptista agredió a otro
rival sin balón y sin castigo alguno. Y si a pesar de todo
el Madrid no fue capaz de pasar del empate, posiblemente
el colegiado sí fue decisivo en el resultado final.
Estos ejemplos son dos de los centenares que se repiten
campaña tras campaña y que en cierto modo desvirtúan la
competición de una forma muy superior a otras Ligas comparables
como las de Inglaterra, Alemania, Francia, y hasta Italia
(que ya es decir). Los denuncian los futbolistas de los
clubes modestos y pobres, sus presidentes y la prensa de
sus ciudades. Se arma un pequeño revuelo…y se olvidan hasta
otra siguiente ocasión.
Porque los responsables -mejor irresponsables- con autoridad
para evitarlo o para aconsejar desde las altas instancias
federativas a los jueces -léase árbitros-
que no sean tan facilitos para castigar a los pobres, ni
tan comprensivos para perdonar a los ricos, están encantados
con que el sistema continúe así. Y los árbitros, también,
que luego llegan ascensos, descensos e internacionalidades
que deciden los citados Villar (con problemas en los tribunales
a la hora de justificar gastos) y Sánchez Arminio (casi
tan desprestigiado como el anterior).
Como diría el portero Emilio -de la serie 'Aquí
no hay quien viva', no confundir- "un poquito de por
favor". O sea, de dignidad y ética. Una petición que
caerá en el olvido. Porque si a nivel mundial en el deporte
rey el único inocente es el balón; a nivel español, quizás
ni él.
|