¡Qué hermoso respirar de nuevo los aires del Santuario en
este otoño-invierno castigado por la sequía¡ Tan bello como
regresar a casa después de un interminable viaje iniciático
por la historia y por la vida. No pasa el tiempo; pasamos
nosotros. Tornar al Monte Cabezo es volver a empezar. Tengo
la seguridad de que la Virgen Morena nos ha protegido a todos
con su manto.
La silueta del Monasterio se divisa colgada en el horizonte
media hora antes de llegar; y el corazón y el alma se serenan
tras decenas de curvas imposibles. ¡Allí, allí está! le digo
a Marcial Alvarez, de Mayalde (Zamora) compañero de
curso -y sin embargo amigo- en el 63-64. Recordamos la llegada
en aquel verano de fuego del 60 al seminario de la provincia
trinitaria sur tras un recorrido en tren desde Salamanca a
Madrid-Príncipe Pío y con trasbordo hasta Atocha para llegar,
entrada la noche, a Alcázar de San Juan (Ciudad Real). Teníamos
entonces todos un denominador común: salíamos por vez primera
de casa y éramos, en su mayoría, hijos de labradores. Los
más, monaguillos.
Pero no es el momento de reencontrarse con la nostalgia ni
mucho menos de mirar hacia atrás. Al fin y al cabo, solo han
pasado nueve lustros. Por el espejo retrovisor, en este sábado
de mediados de octubre, víspera de Santa Teresa, mientras
serpenteamos desde Andujar, divisamos un cortejo de coches
que, intuíamos, se dirigían al mismo punto: el I Encuentro
de Antiguos Alumnos.
La idea, coincide en el tiempo con los 75 años de la llegada
de los PP. Trinitarios a la Roca. Mil preguntas se agolpan
en la mente y en el corazón mientras se acortan, metro a metro,
las distancias de "regreso a casa". Los corzos observan
la comitiva con curiosidad de una tarde soleada. En un restaurante
próximo al final del trayecto tenemos la primera cita; el
padre José María Ledesma, compañero desde primer curso
(y junto a Gregorio Reyes, los únicos elegidos) reponían fuerzas.
A pesar de que estaba a rebosar, fue fácil encontrar el grupo
"trinitario"; bullicioso, extrovertido, ingenioso… el Padre
Francisco Lillo nos da un abrazo. Cuesta un poco reconocer
al resto. Luego, a todos nos suenan los apellidos, el curso,
las anécdotas… De pronto, Marcial y yo reconocemos a ABC (Antonio
Berdión Cortés) llegado de los confines de Zamora, junto al
Duero; él fue el segundo, tras Pitena, en abandonarnos en
el Santuario, en el invierno del sesenta y cuatro. Está hecho
un chaval. La muchachada va aumentando.
Tras los postres, enfilamos en caravana los últimos kilómetros.
Las curvas se suceden; el horizonte del santuario se divisa
en todo su esplendor.
Veinte minutos después ganamos la explanada. Y allí, colgado
del cielo, el Santuario de la Virgen de la Cabeza. Parece
más grande que nunca. A pesar de que la sequía ha golpeado
los paisajes por los cuatro puntos cardinales, la paz solo
se rompe por una juventud que asciende ilusionada hasta la
cumbre. La montaña ha removido conciencias y la fe se refleja
en los ojos de los caminantes. Ese resurgir mariano es un
logro trinitario más, un premio a la lealtad de servicio a
las gentes y a la morenita.
Hoteles, apartamentos, casas de cofradías… todo invita a quedarse.
El viaje desde Madrid es largo pero no sentimos el cansancio.
La cita tiene hora: las siete y media. El sol acaricia poniente.
Ascendimos a pie, como en los viejos tiempos para ganar esa
panorámica serena que únicamente tiene sentido desde el epicentro-plataforma
del santuario. La iglesia y el convento 'flotan' sobre las
crestas de las sierras superpuestas del este al suroeste.
El paisaje se recrea en la retina al igual que ocho lustros
largos atrás. Las mismas sensaciones de inmensidad. El pantano,
Jaén, los pueblos encrestados y encalados, las haciendas del
sur del sur… todo parece nuevo y distinto, viejo y distante
a la vez. Las querencias se funden con los recuerdos. La alegría
se sobrepone a la añoranza.
Las presentaciones se suceden vertiginosamente. Hay que reconocer
-sin equivocarse- los rostros y sonrisas de la niñez… ¿Manuel
Cabezas? Nos damos un abrazo…
- Sí, tú eres Antonio. ¿Y aquél que habla con Paquito? Paquito
se ha presentado con su esposa e hija pequeña.
- Marcial; es profesor en los jesuitas de León.
El grupo va agrandándose curso a curso. Las anécdotas se suceden.
Los más "progresistas" cuentan la batalla de la huelga como
si se tratara de la revolución del 68 en Paris. A los veteranos
lo de la 'huelga' nos sonaba a chino. ¿Huelga? ¿Quien sabía
entonces qué era y para qué servía una huelga? Yo, desde luego,
no.
Rodeamos caminando el convento. Por la parte sureste las escaleras
han quedado cortadas por el tiempo. Al frontón se lo llevó
un viento traicionero de una noche invernal. Se ha levantado
la parte izquierda. La fachada frontal, equilibrada. El paisaje
es el mismo aunque ya no encontré con la vista la calzada
romana. El Parador, otrora centro del poder terrenal se ha
venido abajo. Lástima que Patrimonio no lo ceda al Santuario
para ampliar los servicios. Entramos en la iglesia donde la
piedra es una prolongación de las rocas. (" … Y sobre esta
piedra edificaré tu iglesia)"
A pesar de la sequía, los horizontes desde la explanada de
la Iglesia, magníficos. Los identifiqué enseguida. Habían
pasado 41 años de nuestra primera estancia y 45 desde que
nos conocimos a mediados de septiembre del curso 60-61 en
Alcázar de San Juan. Nos reunimos 150 de los 656 seminaristas
que pasamos por el Seminario durante 25 años y parte de las
familias.
El acto fue sencillo: rezamos la Salve ante la Virgen después
de la bienvenida del padre general que había llegado 'ex profeso'
de Roma -nos dijeron- para la ocasión. ¡Cuántos recuerdos
acumulados, qué sensaciones tan iguales a las de la juventud¡
La situación se presentaba mágica. Cuando bajamos a cenar
la luna estallaba en el cielo. Era una noche preciosa. No
hacía frío. Ni calor. No faltaron los coros "romeros" (que
no rocieros) que cantaron a la Virgen. Todo era nuevo, distinto,
diferente… y a la vez tan igual. Nos retiramos al hotel -han
construido tres o cuatro- a la una. Noche cerrada, abierta
de en par a fraternidad.
Los padres (ministros, servidores) que han llevado el peso
del Santuario fueron explicando sus experiencias. Era como
si el tiempo se hubiera detenido en la mitad de la sierra.
En mi hoja de notas tengo anotada esta frase de alguno de
los oradores, quizás del padre Rector Domingo Conesa: "somos
los enchufados de Dios".
Tardé en conciliar el sueño, más que nada porque unos jóvenes
de algún centro próximo les dio por tocar las campanas de
la puerta de entrada de alguna cofradía. Cuando aterrizamos
en el restaurante para desayunar Fernando Alonso había ganado
su séptima G Premio F1 y había consagrado su liderato mundial.
Prueba de que con esfuerzo, se triunfa porque mientras se
lucha no se fracasa.
El domingo, amaneció primaveral. A las diez y media teníamos
cita los alumnos en el salón de actos, un espacio nuevo para
nosotros. De la salutación del Padre José Hernández Sánchez
recuerdo la voluntad de servicio que hemos adquirido los que
tuvimos el privilegio de estudiar y aprender en esta casa
y del ambiente familiar que disfrutamos. No había oído hablar
de Juan Gil Antonio de la Bella ni de los 200.000 cautivos
liberados por los trinitarios. Yo más de una vez y más de
diez he tenido que salir defendiendo a la Orden porque siempre
son 'otros' los que rescataron a Cervantes de Argel. Tengo
que reconocer que aunque el periodismo me ha llevado, demasiado
aprisa por a medio mundo nunca he olvidado que comencé mi
educación en los Trinitarios. No me he hecho rico más que
en experiencias y me precio de seguir siendo honrado. Ética,
austeridad, son dos conceptos que se cimentaron en la "domus"
trinitaria desde la casa familiar de labranza. Y, a decir
verdad, ha resultado un equipaje liviano en el proyecto de
vida social y profesional.
Luego, cada uno de nosotros se fue presentando. Más allá de
las anécdotas, tengo que reconocer que el ser trinitario,
"marca"; es un estilo. Supimos entonces que los de Vitigudino
eran más… pero terminamos descubriendo que len equipo somos
los mejores. Es curioso pero tengo la sensación de que la
Virgen nos ha protegido a todos desde que entramos en la orden.
Peinábamos canas la mayoría pero creo que seguimos siendo
unos "enchufados" de la Virgen.
La proyección del DVD nos retrotrajo a la niñez. La presencia
trinitaria en el Santuario y en la Historia ha sido ingente.
Un servicio a la comunidad como predicaron y practicaron los
Padres Fundadores. Y aquí estamos, laicos y seglares en el
mismo barco, "en la casa de la Trinidad y de los cautivos".
Asistimos a la misma solemne de mediodía. El templo abarrotado.
Cuánta fe; el amor, como decía San Agustín no pasa nunca.
Acudieron las cofradías de Sevilla y Granada para amenizar
la Misa con canciones romeras. Allí comprendí que esta gente
buena y andaluza canta con tanta pasión, fe y entusiasmo que
la interpretación es toda una confesión a corazón abierto
para agrandar la vida y la esperanza. Enseguida contagian
a los peregrinos. En el momento de la paz me fundí en un abrazo
con el amigo y paisano José María Ledesma, (de Aldeadávila
de la Ribera (Salamanca) otro semillero de vocaciones trinitarias),
un abrazo extensivo al resto de compañeros de viaje.
Con sus canciones, creen y crean esperanzas colectivas. Durante
la comunión una joven interpretó el "Ave María", de Haendel,
con una letra especial dedicada a la Virgen de la Cabeza que
es chiquita y morena... Luego, foto de rigor (más de 200 personas)
en la peña sobre la que se asienta el Santuario, fotos por
cursos para plasmar el momento histórico y almuerzo de confraternidad;
más canciones "romeras" (ya sabéis, cantar es rezar dos veces)
y de vuelta a Madrid. Las despedidas luchando contra el tiempo,
apresuradas; nos acercamos a la falda del Santuario, donde
otrora jugábamos al fútbol y pudimos comprobar que aquellos
árboles que bañamos plantado, como pioneros de la defensa
de la tierra de la naturaleza habían sido arrasados por la
desidia.
Con el bolígrafo en ristre, con las canciones romeras de fondo,
aún tuve tiempo para recuperar la inscripción que puede leerse
en el monolito frente al restaurante montero:
"Cuando termine la cruzada, haremos de este monte y de
estas ruinas un lugar de recogimiento y de recuerdo, para
que, cuando vengan aquí nuestros hijos y los hijos de nuestros
hijos, puedan sentirse en su propia casa y puedan bañar su
espíritu en nuestro espíritu". Nuestra cruzada era de
paz y estaba escrita sobre el viento con esta plegaria "Bienvenido
el pueblo que canta y reza a la Virgen bonita de la Cabeza".
Revivir vivencias tan lejanas pasadas por el tiempo resulta
gratificante. Todo estaba tan fresco. ¡Todo ha ido tan aprisa...¡
Ha sido hermoso pararse a rememorar, sin ira, el pasado…¡
La vida ha sido mucho más fácil tras pasar cuatro años entre
estos muros cargados de tanto pasado como futuro. Visualizando
el reencuentro desde la orilla del nuevo milenio, ¡qué manera
de sentir¡ ¡qué manera de soñar¡
Un recuerdo a los ausentes: Me hubiera gustado, compañero
trinitario, que hubieras estado allí... La verdad es que por
lo escuchado -yo lo dije en mi presentación- a todos nos había
impactado y condicionado la vida el paso por el Seminario.
Al regreso, paramos un momento en el monumento al jabalí que
está a unos cuatro o cinco kilómetros del Santuario - a unos
2 en línea recta por la sierra- para hacernos unas fotos.
Vimos dos ciervos y un jabalí. Ningún lince. Regresamos s
Andujar por una carretera que en sus 32 kilómetros tiene 365
curvas... Al tomar la autovía Córdoba Madrid, uno empezaba
a entrar en contacto con la otra civilización. El viaje fue
corto, ameno y sin sobresaltos. He dormido perfectamente pero
mi pensamiento todavía seguía allí. Le pedí a la Virgen algunas
cosas que espero que con el tiempo nos conceda... Al fin y
al cabo, allí aprendimos a ser buenas personas...
Este I Encuentro Trinitario de Antiguos Alumnos ha encendido
el "fuego" sagrado cubierto, quizás por el polvo del camino;
no nos vamos con las manos vacías. Debe ser el preámbulo de
otro encuentro antes de que nos alcance la década siguiente.
Volveremos, amigos. ¡Que la Virgen nos bendiga¡
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*Antonio Regalado es periodista y fue alumno trinitario del
Santuario en el curso 63-64.
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