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Rajoy ha tendido la mano, aunque sea retóricamente,
a Zapatero.Le ha ofrecido, aunque sea ante los micrófonos
convencionales, colaboración. De manera imprecisa, con condiciones,
lo que usted quiera. Pero se la ha ofrecido, su tono ha
sido considerado como algo distinto, quizá no tan distante,
del duro empleado por sus predecesores en el uso de la palabra
en la convención: era más dialogante. Quizá sea mero reparto
de papeles, quién sabe. Pero entiendo que ahora le toca
mover al presidente del Gobierno. Difícilmente podría no
hacerlo. Sigo sin entender en qué puede perjudicar a Zapatero
mantener un diálogo fluído entre gobierno y oposición con
Rajoy.
Si el presidente del PP se equivoca en su estrategia --y
hay cuestiones en las que entiendo que comete errores de
bulto; por ejemplo, al empecinarse en condenar al Estatut
catalán, que es algo que al Gobierno va a salirle bien--,
allá Mariano Rajoy. Zapatero habría logrado quitarse de
encima una de las principales acusaciones políticas que
pesan sobre él, la de despreciar a una fuerza política que,
como el PP, tiene diez millones de votos tras de sí. Esta
sensación de que el presidente 'castiga' al principal partido
tras el PSOE con el desprecio de su alejamiento del sofá
monclovita resulta grotesca y penosa: actúa mucho más contra
el gobierno que contra la oposición, que, al fin y al cabo,
ha hecho lo que tenía que hacer en esta convención tan 'americana':
tender una mano con condiciones al Ejecutivo para salir
de algunos atolladeros. Y quién sabe si lo de ETA es un
atolladero.
Muy seguro está Zapatero de que va a salirle bien, y ojalá
así sea. No comparto las acusaciones, tremendas, de que
algunos en el PP no quieren el fin de la banda terrorista
porque entonces se quedarían sin materia a la que oponerse.
Hay muchas materias para atacar al gobierno proponiendo
soluciones alternativas --ahí esta lo de las opas, tan silenciado,
inexplicablemente, en esta convención--, aunque la falta
de imaginación de los estrategas populares no logre definirlas
con precisión. En todo caso, ahora no toca criticar a los
populares, que han hecho una convención aseada, casi aséptica
si prescindimos del discurso de la dureza que aún mantiene
ese Aznar por cuya culpa, exclusivamente, su partido perdió
las elecciones del 14 de marzo de 2004, casi dos años ya.
No: toca emplazar al jefe del gobierno para que se comporte,
en esto, como un estadista, incorporando a la oposición
a las tareas importantísimas que le quedan por delante.
Las encuestas siguen reflejando con claridad lo que los
españoles piensan del comportamiento de sus políticos, tan
chocante en algunos sentidos.
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