Luis Peiro
No era cuestión de ideas
06/03/2006


Los líderes del PP han estado mogollón de enrollados en la Convención. Lo mismo se te sentaban tan campechanos sobre la moqueta naranja que departían amigablemente en la zona joven entre los naranjitos, aunque aquí falló el casting y todos y todas no podían negar su imagen inequívoca de niños de Serrano.

Pero no ha sido la imagen lo que ha faltado. Internet y las nuevas tecnologías rodeaban todo el tinglado en el que las casetas de las regiones y nacionalidades ofrecían vinos y viandas de la tierra, en una modernista feria del campo, con murales de pega con graffitis incorporados y hasta posters con chicas enseñando la lengua para exhibir un piercing taladrador. Ya decía Rajoy al empezar que se trataba de hacer un proyecto político para una generación del futuro y ahí los decoradores y estilistas han estado a la última. Y es que los tiempos y los decorados cambian aunque los líderes permanecen: la trinidad presidencial, Fraga-Aznar-Rajoy y el alto estado mayor, Acebes-Zaplana-Pastor.

Era el legado del último Congreso del partido y esta Convención no estaba para cambiarlo. Había, sin embargo, un aire de renovación en las expectativas ante esta magna asamblea del pasado finde. Algo debería salir de la unión de más de 4.000 personas con todos sus dirigentes. Se especulaba con nuevas ideas en esa declaración que anunciaban decisiva ante los nuevos fenómenos sociales que vive el país y la ya irreversible globalización que todo lo envuelve. Se pensaba que seria un guión corregido y aumentado para los dos años que les quedan de oposición y hasta el germen del nuevo programa electoral ante la disputa de los ayuntamientos y 13 comunidades autónomas del país en las elecciones de mayo del año que viene. Bueno pues no hubo tal. La declaración de futuro más solemne la ha realizado en la clausura Mariano Rajoy: “para gobernar en el futuro nos avala la gestión de los Gobiernos de José María Aznar”.

La verdadera declaración de esta Convención no es otra que la vuelta al pasado en todas las políticas: autonómica, antiterrorista, económica, educativa, laboral, fiscal... La misma que rechazaron los ciudadanos mayoritariamente en las elecciones del 14 de marzo de 2004. No hay nuevas ideas que ofrecer al electorado para disputar el poder a los socialistas ilusionando a la sociedad con un programa diferente o al menos no las hay por el momento.

Y es que Rajoy solo juega si lleva cartas, no quiere arriesgar. No lo hizo en la campaña electoral porque se convenció de que estaba ganada y cualquier debate con Zapatero o apuesta innovadora era poner en peligro el triunfo. Y él y Gabriel Elorriaga, su jefe de aquella campaña y hombre de confianza, siguen todavía sigue convencidos de que la estrategia era correcta y que solo les apartó del poder lo que consideran una gigantesca manipulación de la tragedia del 11-M. Ahora Rajoy cree que su oposición de bronca permanente le está haciendo ganar en las encuestas y que siguiendo así el PSOE solo va a poder ir haciendo las maletas en los dos años que quedan de Legislatura. Seguramente por eso no quiere arriesgar: mejor que caiga por su peso como fruta madura el poder socialista. Entonces, ¿para qué esta movida de la Convención en la que ha sido imposible localizar el ambicionado centro reformista en los tronantes discursos de Aznar, Zaplana y Acebes que tanto han encandilado al personal?

Pura cuestión de imagen. Rajoy era en marzo de 2004 un político designado a dedo al que su mentor, José María Aznar, dejaba al frente de un partido de poder abandonado por los ciudadanos en los bancos de la oposición. El Congreso de su partido, ese mismo año, le dio la legitimidad democrática en el PP aunque quedaba estrechamente vigilado por los hombres de confianza del anterior presidente del Gobierno e incluso por el propio Aznar, que ha convertido la fundación FAES en motor y órgano de seguimiento permanente del PP en la oposición. A dos años de aquella reestructuración Rajoy necesitaba que el país viera como todos los dirigentes y cuadros de su partido le aclaman como líder indiscutible del partido. Eso es lo que ha logrado este largo fin de semana en esa inmensa tramoya futurista montada en el pabellón 2 de IFEMA: los suyos le siguen unidos como un solo hombre; en dos años se lo ha ganado. Lo que queda por ver y eso lo dirán los ciudadanos es si para Rajoy, como decía el lema de la convención, “hay futuro”. De momento queda la imagen.