Fernando Jáuregui
Una gran noticia
22/03/2006

En principio, y a salvo de que conozcamos mas detalles, el anuncio de alto el fuego indefinido por parte de ETA parece indiscutiblemente una gran noticia. Ya sabemos, o intuimos, que poner fin a más de 30 años de pesadilla tendrá algún coste, porque toda negociación tiene algún coste. Confiemos en que el precio no sea inasumible para la dignidad de las victimas de tanto tiempo de terror y para el conjunto de los españoles.

El anuncio de ETA debe apuntarse, sin sectarismos y sin echar las campanas al vuelo, como un éxito personal de Zapatero, empeñado en una negociación de la que aún, a la hora de escribir este artículo, sabemos muy pocos detalles y desconocemos hasta su verdadero alcance.

Pero éxito es, en fin y hay que achacarlo a una voluntad decidida del presidente del Gobierno por iniciar un periodo decisivo de cambio en muchos aspectos, algo a lo que no puede desconocerse que ha contribuido también la tradicional buena suerte que parece acompañar al actual jefe del gobierno.

Tal vez por eso, son muchos los que hablan de que con Zapatero se habría iniciado una segunda transición.

Hay mucho debate subterráneo acerca de si Zapatero nos está embarcando, o no, en una segunda transición. Un concepto que agrada poco al Partido Popular, que se niega a comparar al actual presidente del Gobierno con Adolfo Suárez, y gusta aún menos a los socialistas, por lo que tiene de definitorio y absoluto. Y, sin embargo, hay muchas, quizá demasiadas, semejanzas entre lo que comenzó a ocurrir en 1976 y lo que está sucediendo en este 2006.

En primer lugar, porque este José Luis Rodríguez Zapatero no está tan, tan, alejado de aquel Suárez que, como ZP, llegó sorprendentemente a la presidencia del Gobierno. Como él, es intuitivo más que reflexivo, temerario más que prudente, algo desarraigado, llegado al poder con las mismas ansias de cambiar (y comerse) el mundo. Como Suárez, Zapatero, llegado al poder a la misma edad que Suárez, no pertenece a los grandes cuerpos de elite ni ha pasado por universidades extranjeras, ni presume de una cultura exquisita. Recuerdo que Suárez decía en ocasiones algo que perfectamente podría atribuirse a ZP: "Si me equivoco, que me manden a hacer puñetas". Y entonces actuaba. No parece que en lo relativo a esa extraña negociación con ETA pueda decirse que Zapatero se ha equivocado. Y lo digo, claro, con todas las reservas hasta que sepamos más, mucho más.

Esperando que se entienda lo que quiero decir, porque en absoluto hablo de comparaciones exactas, sino de situaciones peligrosas, la aprobación del término 'nacionalidad' para la Constitución fue, en su día, tan polémica como la de 'nación' en el Estatut. Y la legalización del PCE, aquel sábado santo rojo de 1977, casi tan contestada como la presencia de ese fantasmal, y para mí aún algo misterioso, Partido Comunista de las Tierras Vascas en el Parlamento de Vitoria. Eso nos lleva a las negociaciones para el proceso de paz con ETA: un golpe arriesgadísimo el de Zapatero llevando a las Cortes la aprobación para emprender esas negociaciones que ahora parecen haber llegado a un término bastante feliz. Porque, como Suárez, Zapatero ha decidido que los cambios que considera imprescindiobles -y que, como Suárez, aún no tiene bien diseñados- hay que hacerlos en la primera etapa y buscando la complicidad de la mayoría parlamentaria, porque, si no, se vuelven imposibles.

Muchos paralelismos más encontraríamos en una disección detallada entre las situaciones de 1976 y la de 2006, desde la oposición de algunas instituciones (por ejemplo, la Iglesia) a ciertos cambios sociales hasta la alarma con la que en algunos círculos económicos se contemplan los intentos intervencionistas del Gobierno (como la opa de Gas Natural, que acaba de sufrir un serio varapalo en un juzgado mercantil de Madrid). El desconcierto de una parte bienpensante de la sociedad ante la rapidez y contundencia con la que se presentan algunos cambios es algo que tuvieron que afrontar ambos jefes de gobierno, lo mismo que la irrupción de nuevos medios (antes, las revistas políticas, la mayor parte de ellas desaparecidas; ahora, algunas web y blogs de Internet) iconoclastas que demandan mayor radicalidad en los intentos regeneracionistas.

Y quedan preguntas flotando en el ambiente, como entonces: ¿hasta dónde los cambios en la Constitución? ¿Está la idea monárquica verdaderamente asentada entre los españoles? ¿Cuál ha de ser el papel a jugar por los partidos nacionalistas, ahora beneficiados por una normativa electoral que habría que empezar a pensar en cambiar? En el fondo, es una cuestión de profundización de la democracia, una profundización que ahora, lógicamente, se reclama mayor.

Si conocer la Historia es imprescindible para no repetirla en sus errores, Zapatero -que, me parece, sí se ve inmerso en algo semejante a esta segunda transición de la que hablo- debería, acaso, repasar la etapa que transcurre entre 1976 y 1978. Una etapa en la que nace y se desarrolla un cierto bipartidismo, pero que es posible, básicamente, porque la derecha y la izquierda renuncian a sus programas de máximos y llegan a un acuerdo para desbloquear la situación y avanzar. Que es, precisamente, lo que en mayor medida diferencia y distancia esta situación de aquella: no se pueden acometer cambios en profundidad sin al menos contar, hasta donde sea posible, con el parecer de quienes representan a varios millones de españoles.

Es el caso del Partido Popular, excluido de manera poco lógica de cualquier negociación sobre el Estatut catalán, sobre el plan de paz con ETA o sobre cuestiones 'mayores' de política exterior o de política social. Acaso debería recordar Zapatero (y probablemente también debería recapacitar sobre ello Mariano Rajoy) que el juego entre Gobierno y oposición, cuando es realmente eficaz, incluye también acuerdos de largo alcance sobre cuestiones que afectarán durante años en temas cruciales a la vida de la nación. Sólo así acaban saliendo del todo bien las cosas.

Pero, de momento, lo de este miércoles ha sido, repito, una buena noticia. Cosa que también habría de reconocer la oposición.