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Gorka Knörr
¿Volver a empezar?
23/03/2006

Decía uno de los periodistas "orgánicos" de los alrededores del PSOE lo siguiente, hoy mismo: "en el proceso 1998-99, La Moncloa tuvo un papel secundario. Se basó en un pacto entre los partidos nacionalistas, avalado por ETA..." Y añadía: "la tregua indefinida, que terminó a finales de Noviembre, la rompió ETA no por la conducta del Gobierno de Aznar -interlocutores de ETAbnse reunieron con una delegación gubernamental en Suiza en Mayo de 1999- sino porque consideraron que el PNV había incumplido el acuerdo de avanzar en la construcción nacional".

Curiosa forma, plagada de inexactitudes y falsedades, de construir noticias y la propia historia; claro que se comprende la amnesia, durante aquellos tiempos de Aznar, de periodistas orgánicos que difundían sin hacerle ascos el material que les llegaba del Ministerio del Interior de Mayor Oreja.

Nada más lejos de la realidad eso de que La Moncloa tuvo un papel secundario; tuvo el que tuvo al principio -que se hayan desempolvado hemerotecas con titulares, editoriales y artículos escritos meses después de la tregua del 98 resulta plenamente revelador al respecto-, y dejó de tenerlo porque Mayor Oreja arrastró a Aznar a cargarse la tregua, porque Lizarra representaba un clarísimo peligro: sin ETA, estaban abocados a resolver el conflicto político en claves estrictamente políticas. Ese es el quid de la cuestión. Para cuando se llega a Zurich, las cosas están realmente mal, y los generales de la guerra reforzados por la política de Mayor Oreja.

Y el PSOE calló; respaldó aquella política del gobierno central. Se podría hasta llegar a entender, por aquello que en materia de política antiterrorista dicen que hay que estar al lado del gobierno. Y siguió callando, cuando durante el aznarato, so capa de política antiterrorista, se cometieron las mayores tropelías: desde cerrar un diario en lengua vasca (por cierto, sigue cerrado "cautelarmente" después de tres años...), hasta inventar todo una serie de nuevos delitos penales, instaurar la presunción de culpabilidad, o cambiar el código penal para permitir el procesamiento del Lehendakari Ibarretxe y miembros de la Mesa del Parlamento Vasco, procesando a estos miembros de la Mesa (entre los cuales me encontraba yo mismo), mediante la intromisión del Supremo en el enjuiciamiento de actos legislativos de un Parlamento, cuestión para la cual, obviamente, no tenía jurisdicción alguna (ahora resulta hasta divertido ver cómo algunos protestan cuando el Presidente del Supremo alega que quiere conservar su independencia para no ir al Congreso de los Diputados)....

Es cierto, sin embargo, que el PSOE estuvo al margen de la Declaración de Lizarra. Pero comencemos la misa por el introito, y no por el Credo. La Declaración de Lizarra es producto de una emulación reducida del modelo irlandés y del fracaso del Plan Ardanza, con el cual estaba de acuerdo el PSOE, pero se retiró a última hora, por no dejar solo al PP. Recuerdo una comida con la plana mayor del Partido Socialista de Euskadi, el 8 de Marzo del 2000, justamente 2 semanas antes del asesinato de Fernando Buesa. Los representantes socialistas estaban básicamente de acuerdo con el planteamiento del proceso de paz, y nos mostraron su disposición a emprenderlo una vez ganadas las elecciones generales (que, desgraciadamente para el proceso de paz, ganaría finalmente Aznar por mayoría absoluta); su mayor queja, que repitieron varias veces durante la conversación, no fue sobre aspectos de contenido del proceso, sino el hecho de que el PNV no les hubiera tenido al corriente del mismo.

Hoy las cosas son radicalmente diferentes. ETA tuvo que hacer frente, primero, al gran fracaso de Batasuna tras la vuelta a las armas, en las elecciones de Mayo del 2001. Se ha tenido que enfrentar a una sociedad cada vez más hastiada de su violencia, a un contexto externo que le reduce espacios de comprensión internacional (máxime después del alto el fuego irlandés); a la imagen del terrorismo de corte islamista y a la evidencia de que, tras el 11 de Marzo fatídico de Madrid, cualquier atentado personal sería todavía más inasumible, incluso por los aledaños del MLNV. Razones internas y externas, unidas también a la evidencia objetiva de que las medidas emprendidas en el aznarato, por más que finalmente la Ley de Partidos puede llegar a ser declarada ilegal por las instancias de justicia europeas, han hecho daño a su mundo político.

Las condiciones estaban puestas para que, como algunos hemos sostenido durante estos años, a mediados del 2003 la vía hacia la política se abriera camino en ETA. Es el momento en que ese mundo pide contactos con ERC, que culminarían con la reunión de Perpignan, clave para que el lider republicano Josep-Lluis Carod Rovira acabara convenciendo a los interlocutores de ETA de abrazar las vías políticas. Afortunadamente, Rodríguez Zapatero, conocedor a posteriori de esa coyuntura, decide jugar, arriesgadamente, como en su momento lo hiciera Carod, la baza de emprender contactos discretos con ETA, una vez asumida la presidencia, dando otros pasos como el de la autorización al Partido Socialista de Euskadi para mantener contactos secretos con Batasuna, o el guiño a la misma Batasuna mediante la autorización de la candidatura de EHAK a las elecciones vascas. Los contactos han sido cada vez más fluidos. Nadie en sus cabales podría negar la evidencia, tras haber asistido a meses de declaraciones del propio Zapatero y otros líderes socialistas, o el encuentro entre el máximo líder de UGT del Pais Vasco, Dámaso Casado, y el de LAB, Rafa Díez. Y cuando Pepiño Blanco hace declaraciones en Euskadi tan contundentes de que podemos estar más cerca de la paz, no solo quienes por una razón o por otra estábamos más al tanto de determinados movimientos, sino mucha gente en Euskadi presintió, finalmente, que la declaración de tregua de ETA estaba muy cerca, como así fue.

Alguien dirá que es como volver a empezar. Vale. Pero esta película, más allá de los actores, cuenta con muchísimo más argumento. Se ha hablado desde el centro del poder estatal y se han cocinado también muchos preacuerdos en Euskadi. El proceso está mucho más blindado de que lo que a primera vista parece, lo cual me hace ser bastante más optimista que cuando la tregua del 98. Ahora, como decía hace unos días, toca que los políticos trabajen con el mínimo margen de partidismo posible, con el máximo de responsabilidad, y poniendo el mayor énfasis en la implicación de la ciudadanía. Ya sabemos que habrá que contar con los agoreros de costumbre y el equipo mediático habitual, que repetirán hasta la saciedad aquello del "precio de la paz". Pues bien: trabajemos lo más juntos posible para socializar lo que otros, posiblemente la mayoría, consideramos fundamental, que no es otra cosa que el "valor de la paz". Para que, entre otras razones, no tengamos que volver a empezar.
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