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No puede ser esta división de las dos Españas, en la que
tanta culpa tienen la oposición, que grita por las calles
esa desmesura de "Zapatero, cómplice de ETA"
(sí, porque la oposición, con su presencia en las manifestaciones
donde tal se gritaba, avalaba esta barbaridad), como el
Gobierno, que no acaba de actuar con claridad en lo referente
a la negociación con ETA. Claro que quienes se sienten engañados,
recelosos, estafados o, simplemente, quienes abominan de
la estrategia del Gobierno en cuanto a negociar con la banda
del terror, tienen perfecto derecho a manifestarse y a gritar
en esas manifestaciones, más de una veintena este pasado
miércoles en toda España, lo que les parezca procedente.
De la misma manera que nosotros tenemos el derecho a criticar
algunos de estos gritos.
Porque Zapatero podrá ser esquivo, marrullero, débil, sectario,
cicatero u otras muchas cosas en estos momentos de contactos
con la banda, pero, desde luego, no es cómplice de ETA,
y decir eso (y en algún medio informativo se repite cotidianamente)
es, ya digo, una simplificación exagerada que en poco ayuda
al análisis sereno de la coyuntura política. Una coyuntura
que lo menos que puede hacerse es calificarla como preocupante.
Pocas veces habíamos asistido al espectáculo de las dos
Españas expresado con tanta virulencia, con semejante crispación.
Pocas veces, desde que la Transición a la democracia se
puso en marcha, estuvo el Gobierno más lejos de la oposición,
y la oposición más lejos del Gobierno, en cuestiones que
poco tienen que ver con la lucha partidista y mucho, en
cambio, con la necesidad de consenso entre todas las fuerzas
políticas. Y no será invocando memorias históricas que remueven
tantos rencores y agravios, ni convirtiéndose desde el poder
en oposición de la oposición, como se llegará a un consenso
que, por su lado, quienes presionan al principal partido
de la oposición predicando la dureza extrema también tratan
de evitar a toda costa.
Y, así, las voces más templadas, en la política o en las
tertulias radiofónicas y las columnas periodísticas, están
siendo barridas por los vientos de la ira. Virtudes como
la tolerancia o el diálogo son valores que cotizan, hoy
por hoy, a la baja, asaltados por el sectarismo y la munición
de grueso calibre que se lanza desde un bando a otro. ¿Dónde
estaban Rajoy, dónde algunas de las figuras más serenas
del PP, en las manifestaciones que aprovecharon la figura
de Miguel Ángel Blanco para ahondar en las heridas
de la división del cuerpo social? ¿Por qué tampoco escuchamos
la voz del Gobierno consolando el recuerdo de las víctimas?
¿No hubiese sido el momento en el que socialistas y populares,
nacionalistas -sí, nacionalistas- y fuerzas a la izquierda
hubiesen vuelto a lanzarse a la calle para una gran reconciliación
en torno al recuerdo de un mártir de ese terror que no debe
volver? Puede que resulte utópico decir todo esto, pero
seguro que son muchos los españoles que lo piensan, que
piensan en los términos de lo expresado por el alcalde de
Ermua: hay que recuperar el abrazo social de aquellos momentos
de indignación frente a la salvajada perpetrada contra la
persona de Miguel Ángel Blanco para avanzar contra la iniquidad
de los asesinos, para acabar de una vez con ETA.
Y es al Gobierno a quien corresponde dirigir el proceso,
por mucho que a la oposición le corresponda criticar las
que a su juicio pueden ser desviaciones peligrosas en ese
proceso. Oportunidad lamentablemente perdida, pues, la de
esta semana prevacacional, cuando todos saben que se van
a iniciar formalmente, más o menos en las sombras, los contactos
con ese horror, ETA, que durante décadas ha hecho un poco
peores, o bastante peores, o muchísimo peores, según los
casos, nuestras vidas. En esta guerra política de dos bandos
se utiliza la sal gruesa y se hace acopio de todo tipo de
símbolos para ser utilizados por la artillería: desde las
figuras más respetadas y dolientes de las víctimas de ese
terrorismo que nos lleva golpeando desde hace casi cuarenta
años hasta la Historia, que está siendo deformada y estirada
desde ambas partes como si fuera materia moldeable. Todos
estamos siendo utilizados por los talibanes que dicen desear
la paz, pero no la quieren. Y conste, atención, que hay
talibanes en las dos orillas del río. Y cocodrilos, muchos
cocodrilos, nadando en las aguas.
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