Fernando Jáuregui
¿Paisaje para después de unas manifestaciones
15/07/2006


No puede ser esta división de las dos Españas, en la que tanta culpa tienen la oposición, que grita por las calles esa desmesura de "Zapatero, cómplice de ETA" (sí, porque la oposición, con su presencia en las manifestaciones donde tal se gritaba, avalaba esta barbaridad), como el Gobierno, que no acaba de actuar con claridad en lo referente a la negociación con ETA. Claro que quienes se sienten engañados, recelosos, estafados o, simplemente, quienes abominan de la estrategia del Gobierno en cuanto a negociar con la banda del terror, tienen perfecto derecho a manifestarse y a gritar en esas manifestaciones, más de una veintena este pasado miércoles en toda España, lo que les parezca procedente. De la misma manera que nosotros tenemos el derecho a criticar algunos de estos gritos.

Porque Zapatero podrá ser esquivo, marrullero, débil, sectario, cicatero u otras muchas cosas en estos momentos de contactos con la banda, pero, desde luego, no es cómplice de ETA, y decir eso (y en algún medio informativo se repite cotidianamente) es, ya digo, una simplificación exagerada que en poco ayuda al análisis sereno de la coyuntura política. Una coyuntura que lo menos que puede hacerse es calificarla como preocupante. Pocas veces habíamos asistido al espectáculo de las dos Españas expresado con tanta virulencia, con semejante crispación. Pocas veces, desde que la Transición a la democracia se puso en marcha, estuvo el Gobierno más lejos de la oposición, y la oposición más lejos del Gobierno, en cuestiones que poco tienen que ver con la lucha partidista y mucho, en cambio, con la necesidad de consenso entre todas las fuerzas políticas. Y no será invocando memorias históricas que remueven tantos rencores y agravios, ni convirtiéndose desde el poder en oposición de la oposición, como se llegará a un consenso que, por su lado, quienes presionan al principal partido de la oposición predicando la dureza extrema también tratan de evitar a toda costa.

Y, así, las voces más templadas, en la política o en las tertulias radiofónicas y las columnas periodísticas, están siendo barridas por los vientos de la ira. Virtudes como la tolerancia o el diálogo son valores que cotizan, hoy por hoy, a la baja, asaltados por el sectarismo y la munición de grueso calibre que se lanza desde un bando a otro. ¿Dónde estaban Rajoy, dónde algunas de las figuras más serenas del PP, en las manifestaciones que aprovecharon la figura de Miguel Ángel Blanco para ahondar en las heridas de la división del cuerpo social? ¿Por qué tampoco escuchamos la voz del Gobierno consolando el recuerdo de las víctimas? ¿No hubiese sido el momento en el que socialistas y populares, nacionalistas -sí, nacionalistas- y fuerzas a la izquierda hubiesen vuelto a lanzarse a la calle para una gran reconciliación en torno al recuerdo de un mártir de ese terror que no debe volver? Puede que resulte utópico decir todo esto, pero seguro que son muchos los españoles que lo piensan, que piensan en los términos de lo expresado por el alcalde de Ermua: hay que recuperar el abrazo social de aquellos momentos de indignación frente a la salvajada perpetrada contra la persona de Miguel Ángel Blanco para avanzar contra la iniquidad de los asesinos, para acabar de una vez con ETA.

Y es al Gobierno a quien corresponde dirigir el proceso, por mucho que a la oposición le corresponda criticar las que a su juicio pueden ser desviaciones peligrosas en ese proceso. Oportunidad lamentablemente perdida, pues, la de esta semana prevacacional, cuando todos saben que se van a iniciar formalmente, más o menos en las sombras, los contactos con ese horror, ETA, que durante décadas ha hecho un poco peores, o bastante peores, o muchísimo peores, según los casos, nuestras vidas. En esta guerra política de dos bandos se utiliza la sal gruesa y se hace acopio de todo tipo de símbolos para ser utilizados por la artillería: desde las figuras más respetadas y dolientes de las víctimas de ese terrorismo que nos lleva golpeando desde hace casi cuarenta años hasta la Historia, que está siendo deformada y estirada desde ambas partes como si fuera materia moldeable. Todos estamos siendo utilizados por los talibanes que dicen desear la paz, pero no la quieren. Y conste, atención, que hay talibanes en las dos orillas del río. Y cocodrilos, muchos cocodrilos, nadando en las aguas.