Enrique Arias Vega
¡A por ellos!, ¡oe!, ¡oe!
09/06/2006


Les confieso que estoy hasta el gorro del Mundial de fútbol. Y eso que no ha hecho más que comenzar.

Con el bombardeo mediático que llevamos a cuestas, es imposible no haber oído el nombre de algunos de los exóticos países que lo disputan, aunque sigamos sin poder situar su remota geografía.

La histeria colectiva no acabará hasta dentro de 31 días, tras 65 partidos, unas 10.000 patadas al balón y cerca de 200 horas de emisión televisiva. A estas alturas de la película, digo, con sólo dos partidos disputados, ya he aprendido los apellidos de algunos de los 736 protagonistas del espectáculo. Gentes como Andrei Shevchenko, Haten Trabelsi, Jens Lehmann b Pavel Nedved, me resultan ya totalmente familiares, aunque no hayamos coincidido nunca en un bar ni en una reunión de antiguos alumnos del colegio.

Se trata del gran milagro de los medios de comunicación de masas: convertir en trascendente aquello que es absolutamente prescindible y hacernos próximos acontecimientos alejados y hasta ajenos a nuestras preocupaciones vitales. No es de extrañar, en consecuencia, que el Mundial de Alemania mueva 30.000 millones de euros y 40.000 putas, por utilizar tan sólo dos magnitudes perfectamente reconocibles. Ayer, en Ecuador se declaró festivo el horario de su partido contra Polonia; y los escolares argentinos harán pellas por decreto los días en que juegue la escuadra nacional.

Mientras ninguno ignora que el Mundial de fútbol ha comenzado ya, casi nadie sabe, por ejemplo, que los Príncipes de Asturias inauguran la espléndida exposición de arte sacro Kyrios, que durará hasta el próximo noviembre en la histórica Ciudad Rodrigo. Y poca gente más, aunque no tanta como debiera, ha conseguido enterarse de la visita a Valencia de Benedicto XVI dentro de un mes.

Así que, con semejante alboroto futbolístico, tal desenfreno de pasiones y tanta prima -somos el país con mayor plus económico a sus jugadores, caso de ganar el campeonato-, habrá que concluir, como dice nuestro imaginativo himno para el Mundial, ¡A por ellos!, ¡oe!, ¡oe! Pero ellos son los nuestros, como no se les ocurra estar a la altura de tan desorbitadas aspiraciones.