|
Les confieso que estoy hasta el gorro del Mundial de fútbol.
Y eso que no ha hecho más que comenzar.
Con el bombardeo mediático que llevamos a cuestas, es imposible
no haber oído el nombre de algunos de los exóticos países
que lo disputan, aunque sigamos sin poder situar su remota
geografía.
La histeria colectiva no acabará hasta dentro de 31 días,
tras 65 partidos, unas 10.000 patadas al balón y cerca de
200 horas de emisión televisiva. A estas alturas de la película,
digo, con sólo dos partidos disputados, ya he aprendido
los apellidos de algunos de los 736 protagonistas del espectáculo.
Gentes como Andrei Shevchenko, Haten Trabelsi, Jens Lehmann
b Pavel Nedved, me resultan ya totalmente familiares,
aunque no hayamos coincidido nunca en un bar ni en una reunión
de antiguos alumnos del colegio.
Se trata del gran milagro de los medios de comunicación
de masas: convertir en trascendente aquello que es absolutamente
prescindible y hacernos próximos acontecimientos alejados
y hasta ajenos a nuestras preocupaciones vitales. No es
de extrañar, en consecuencia, que el Mundial de Alemania
mueva 30.000 millones de euros y 40.000 putas, por utilizar
tan sólo dos magnitudes perfectamente reconocibles. Ayer,
en Ecuador se declaró festivo el horario de su partido contra
Polonia; y los escolares argentinos harán pellas por decreto
los días en que juegue la escuadra nacional.
Mientras ninguno ignora que el Mundial de fútbol ha comenzado
ya, casi nadie sabe, por ejemplo, que los Príncipes de Asturias
inauguran la espléndida exposición de arte sacro Kyrios,
que durará hasta el próximo noviembre en la histórica Ciudad
Rodrigo. Y poca gente más, aunque no tanta como debiera,
ha conseguido enterarse de la visita a Valencia de Benedicto
XVI dentro de un mes.
Así que, con semejante alboroto futbolístico, tal desenfreno
de pasiones y tanta prima -somos el país con mayor plus
económico a sus jugadores, caso de ganar el campeonato-,
habrá que concluir, como dice nuestro imaginativo himno
para el Mundial, ¡A por ellos!, ¡oe!, ¡oe! Pero ellos son
los nuestros, como no se les ocurra estar a la altura de
tan desorbitadas aspiraciones.
|